julio-agosto 2017, AÑO XI, Nº 62

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Enlaces, desplazamientos, transformaciones
El paisaje interior, de Mirta Rosenberg, Buenos Aires, Bajo la luna, 2012

No es novedad que Mirta Rosenberg es una de las mejores poetas argentinas, pero con la salida en noviembre de 2012,  bajo el sello editorial Bajo la luna, de su libro El paisaje interior ya no quedan dudas.  Aunque los rankings no sean santos de mi devoción, hay que señalar que fue uno de los libros más votados en la encuesta anual que organiza la revista eñe, en medio de una comentada polémica, ya que en el análisis que hizo Mauro Libertella sobre la elección del libro del año, El paisaje interior fue ignorado pese a la cantidad de votos recibida.

Nacida en Rosario, en 1951, Rosenberg publicó: Pasajes (1984); Madam (1988); Teoría sentimental (1994); El arte de perder (1998); El árbol de palabras. Obra reunida 1984/2006  (2006).

El paisaje interior está compuesto por cuatro partes: la primera, “Cosas que se vuelven nombres”, reúne poemas que se erigen de forma especular y como envíos a otros escritores, como Iris Murdoch, Gertrude Stein, o James Fenton; la segunda parte “El paisaje interior”, verdadero corazón del libro, son textos breves que pueden leerse como un único poema;  en la tercera, “Bestiario íntimo”, Rosenberg presenta poemas de una serie que viene escribiendo desde hace tiempo, y en “Conversos” incluye traducciones de poesía en inglés que hizo durante los últimos años.

Hay tres palabras que podrían armar el arco voltaico de este libro: enlaces, desplazamientos y transformaciones. Enlaces que tienden un mapa con diferentes vectores, un entramado hacia adentro de la estructura del libro, otro que dispara diálogos con libros anteriores de Rosenberg, y finalmente otro abierto tanto a la tradición literaria como a los contemporáneos.

El primer vector de enlaces se nutre de múltiples correspondencias desperdigadas en un aparente random poético, pero aquí nada está librado al azar.

Por ejemplo la mujer aludida en el poema “Lo que dijo ella”, perteneciente al Kuruntokai: “Hasta el vasto mundo/ dejó a un lado su furor/ para dormir.// Sólo yo/ estoy despierta”, podría ser la misma mujer que en la segunda parte del libro dice: “Si me das por muerta,/ pese al miedo sigo aquí sentada”. Una de las ideas que subyace en el magnífico poema “¿Será la autobiografía”,  donde en diálogo con Iris Murdoch, Rosenberg se plantea la posibilidad de volver a cierta intensidad, para luego descartarla de plano: “Ay, Iris,¿y si vamos juntas/ a zambullirnos en Leteo, sin arrepentirnos de nada al día/ siguiente?…¿No mejoraría mi poesía, su intensidad? ¿No mejoraría? No,/ en verdad, sería lo mismo aunque peor. Se llenaría de/ adjetivos, de la furia de los sonidos…” podría seguirse perfectamente en la línea de Kay Ryan, que encontramos en “Conversos”: “Deja de pesar sobre nuestros corazones./ Retira tu grandiosidad/ de estas regiones”.

Los años de arder están en retirada, y es una retirada colectiva, compartida y dedicada. Es notable el aire de complicidad que se genera en los textos donde las cosas se vuelven nombres: Gertrude Stein, Iris Murdoch, María Moreno, Olvido García Valdés, James Fenton.

Leer este libro es también leer los libros anteriores de Mirta Rosenberg, en especial Teoría sentimental. Hay una notoria continuidad y reiteración de ciertos tópicos. Los limones del maestro Padeletti que afloraban en ese libro: “pero calma, quedan las palabras y la gracia astringente/ del Maestro, con sus tres limones en el plato. Dorado-verde/ y ácido, como cosas de muchacho”,  también están presentes en El paisaje interior, “la palabra limón,/ tal como mi maestro demostró,/ rima con dragón,/ sobre todo si es dorado/ y parece un lanzallamas”.

Escalar el monte de las rosas (Rosenberg en alemán significa monte de las rosas); es decir escalar el yo, que ya se manifestaba en Teoría sentimental: “Aquí llegué, lo sé, para escalar esta altura consecuente,/ este lingam de blindada superficie, este monte de las rosas,/ arrasado, que en mi padre es punto de partida y en mí,/ punto de caída. Te amo: sólo el vacío es exacto,/ punto de giro”, parece haber alcanzado la cumbre en este último libro: “Saber dominarse./ sentada con la cabeza/ en las nubes, contemplar/ cómo pasan, altas, feas,/ disciplinar las ideas, las palabras de un ejército/ que va de acá para allá/ bajo órdenes del yo/ da pelea, le va mal”. Y el primer poema de su primer libro Pasajes: “La pasión más fuerte/ de mi vida/ ha sido el miedo.// Creo en la palabra/ (dilo)/ y tiemblo”  contiene, como en un círculo virtuoso,  el germen de todo lo que vendrá después, como en este verso de su último libro: “Sentarse a ser pobre./ Tener miedo.”

El paisaje interior es un libro de transformaciones que excede la casuística de la transnominación metonímica. Las cosas vuelven a nombrarse, se desplazan, devienen otra cosa: “haciendo del error virtud//…haciendo de virtud verdad…” e incluso se convierten en personas.

En la primera sección del libro: “Cosas que se vuelven nombres”, encontramos un vaso verde: “en su vaso de vidrio verde, pasa a llamarse Jaime/ en cuanto traspone la puerta de mi casa./ Jaime me recuerda eso que se pierde…”  que luego se transforma, en la segunda parte del libro, en el florero de papá: “Ahora gravito más/ más cercana/ a la raíz que al capullo/ del cerezo ornamental,/ (se está floreando una rama/ en el florero que era de mi papá)…” y se reencuentra en el poema de Fenton, traducido en “Conversos”: “encuentro un jarrón verde y meto adentro/ unas anémonas que crean buen efecto./ Nada de esto me engaña ni un momento…” Un mismo florero que va mutando poéticamente, ya sea convirtiéndose en una persona, en un símbolo o en una función.

 

Elogio del refrenamiento

Todo lo que gana este libro, lo gana perdiendo. Su divisa es la restricción, acotar y podar lo frondoso para ganar altura.  En esta apuesta de ponderación de lo mínimo cada palabra es necesaria, ya que conforma la estructura inescindible del poema, y no un mero decorado.

            En modo alguno esta poética deja de lado el pathos, todo lo contrario, pero la forma de exhibirlo es a través del refrenamiento, tal como lo expresara Chikamatsu Monzaemon: “Considero que el pathos es enteramente una cuestión de refrenamiento. Cuando todas las partes de un drama están controladas por el refrenamiento, el efecto es más conmovedor”.

No en vano la segunda parte del libro lleva una cita de José Watanabe: “y si mi cuerpo sigue siendo la parte blanda de la montaña/ sabré que aún no soy la montaña”. El poeta peruano escribió un artículo en forma de carta, titulado  “Elogio del refrenamiento” dedicado a su hija, Issa Watanabe: “Creo que el refrenamiento, la contención, es el aspecto que más aprecié de mi padre, el que más me impresionaba. Mis hermanos y yo terminamos por controlar nuestras expansiones ante él. Nunca nos lo pidió, pero de alguna manera supimos que él siempre esperaba de nosotros un comportamiento más discreto, más recogido de maneras. Era una forma de represión, sí, pero no castrante, sino para estar más cerca del orden natural. La naturaleza, aún cuando es violenta, no hace aspavientos. Cuando somos aspaventosos estamos haciendo comentarios agregados e innecesarios a nuestros actos, que son naturales, todos.”

 

Construcción del paisaje: el valle de las sextinas.

¿El paisaje se construye? Sí, el ojo lo hace, y el oído hilvana los fragmentos. Lo real bordado por el ojo humano. No las cosas tal como son (fantasía esencialista), sino cómo las recuperamos.

Está claro que en Rosenberg el rigor y la exactitud formal son una ética. Una palabra aislada atrae grupos magnéticos de melodías y armonías.

Su labor poética viene a actualizar una de las polémicas más recurrentes en el flaco y árido espacio de la crítica.  La vieja disputa entre verso libre vs. verso medido se avivó en los últimos años en diferentes medios. ¿Escribir en la actualidad un soneto o una sextina, es anacrónico?

Por ejemplo, Pablo Anadón en su blog, responde a un texto de Jorge Aulicino: “La defensa de la rima”, que a su vez responde al ensayo de Anadón “Nuevas aproximaciones a la traducción de poesía en la Argentina”, que se publicara en la revista Fénix. También se puede mencionar la recopilación de artículos con esta temática en el libro El verso libre, Ediciones del Dock, que dio lugar a algunas críticas, como la registrada en la revista Planta. Por otra parte, en Brasil hubo una polémica similar, recogida por el poeta Ricardo Domeneck, en su “Aritmética sem bom manejo”.

Las redes sociales tampoco fueron ajenas a este malentendido; por ejemplo en Facebook, donde el poeta Marcelo Leites subió un fragmento de un texto de Denise Levertov que dice: “Sobre la métrica regular y el verso libre: creo que el uso ‘nostálgico’ de una forma para poner orden donde aparentemente no lo hay, no es poesía. Creo que debemos registrar el caos en el que vivimos y lidiar con él; las formas abiertas pueden permitirnos explorar el caos y ver qué puede ser descubierto allí”. Se generó allí un interesante debate, en el que  por ejemplo Ezequiel Zaidenwerg manifestó: “Mi argumento, para que quede claro, es que existe excelente poesía tanto metrificada como en verso amétrico, y que es un sinsentido declarar sin más que toda poesía métrica es obsoleta, nostálgica, etc”.

Lo cierto es que Rosenberg desde hace tiempo se viene sirviendo de lo mejor de ambos mundos; ya sea formas fijas o regulares como libres, de acuerdo a lo que cada poema o libro necesita. De hacho, en El paisaje interior recurre con frecuencia a la rima tradicional, ya sea asonante o consonante, como a la rima interna. También explora formas métricas tradicionales como la sextina. Rosenberg comprende como nadie el carácter fundacional de la cuestión rítmica, como dijo Olvido García Valdés: “eso que la hace reconocible entre muchos: su estilo es ritmo, y su estilo es alguna clase de fe”.

La primera sextina Lo ferm voler qu'el cor m'intra fue creada por el trovador provenzal Arnaut Daniel, y es una de las formas más difíciles y sofisticadas. Ha tenido ilustres cultores, como Luís de Camões, Dante Alighieri, Ezra Pound o Elizabeth Bishop. Se compone de 39 versos, por lo general endecasílabos, estructurados en seis estrofas de seis versos y una contera final, de tres versos. En vez de recurrir a la rima tradicional, trabaja con una “palabra-rima” al final de cada verso, exigiendo la aparición de esas mismas palabras en una secuencia específica: 123456 - 615243 - 364125 - 532614 - 451362 – 246531. Este tour de force técnico produce un ritmo muy especial, una suerte de dislocación del ritmo, pero una dislocación que obedece a un patrón de desplazamiento y reubicación.

Rosenberg utiliza la sextina en los poemas “Manuel”, y  “Con Olvido”, “pero siempre introduciendo algún elemento de distorsión que las vuelve imperfectas, deliberadamente”, tal como declarara en el reportaje que le hiciera Osvaldo Aguirre. Estas dos sextinas dialogan con la traducción de “Un milagro para el desayuno” de Elizabeth Bishop. En ningún caso esta destreza técnica es exhibida con vano alarde, sino que la comprensión de la forma define su universo semántico.

 

Devenir animal

Como parte de las transformaciones señaladas, encontramos una metamorfosis especial en el bestiario que integra la tercera parte del libro: “…Bestiario es algo que vengo escribiendo desde hace más de dos décadas. De tanto en tanto escribo un poema sobre un animal, que sirve como recordatorio de algún hecho importante de mi vida, una suerte de calendario privado que pienso seguir incluyendo en lo que publique, en la medida que aparezcan nuevos poemas…” manifiesta Mirta Rosenberg, en la entrevista que le realizara Ezequiel Alemian para la revista eñe.

Desde la levedad del gato que sabe de antemano que nadie lo querrá como querría, a la voracidad de la morena carnicera. Desde la risa inexplicable de la hiena o la imaginación de los perros, se pone en escena aquello que Deleuze denominaba devenir animal.

La relación entre animal y humano no funciona en El paisaje interior como oposición sino como simbiosis. Es una reflexión acerca de lo que significa esta simbiosis como imagen de lo que podríamos pensar como el “alma” humana: de nuestro ser, al mismo tiempo animal y humano. Un devenir-animal.  Lo que importa no es la diferencia entre animal y humano, sino la relación. Se trata de aprender a pensarse como una afinidad, más que como identidad o mimesis; una afinidad que además se ancla ya no en la mismidad sino, al contrario, en la pluralidad;  este vínculo, la potencia de esta relación o su proyección hacia el devenir, hacia la propia transformación con y a través del otro, en el tiempo: “Si alguien querría ser una tortuga/ sería yo:/ hacer de una sección cónica/ mi propia sede prehistórica/ alojada en la espina dorsal”.

 

Ultimar la biografía

El título del libro proviene del término inscape, acuñado por Gerard Manley Hopkins y que suele traducirse erróneamente por esencia, entonces Rosenberg optó por traducirlo literalmente, y eso es el paisaje interior. Es una mirada que viaja y atraviesa el yo, pero no para reponerlo intacto, sino para suturar la herida, y esa herida es la escritura misma. Ya lo dijo Mandelštam: “El poeta, en cuanto contemporáneo, (...) es lo que impide al tiempo formarse y, a la vez, la sangre que debe suturar la ruptura”. 

Una poesía como condensación de sentido y como acción de vaciado (no el vacío). Una poesía que se despliega extraterritorialmente para luego buscar adentro, en el inscape, algún tipo de anclaje frente a la intemperie de la lengua materna. Por eso Rosenberg arma, como nueva esperantista, una casa bilingüe.

La columna vertebral del libro es la segunda parte, donde lo corpóreo tiene un protagonismo absoluto. La posición y posibilidades del cuerpo definen la concepción espacial y establecen un nuevo punto de vista,  donde la cabeza reina y disciplina al yo “obstinada en ganar altura,/ acontecer allá arriba,/ gobernar. El paisaje/ interior, Manley Hopkins,/ sangra por la herida,/ sutura el yo…”.

La cabeza está en alto, pero en cada poema la orden es sentarse.  Una inmovilidad que obliga a bajar el centro de gravedad, “más cercana/ a la raíz que al capullo/ del cerezo ornamental” para terminar en una casa tan chica “que es mi casa de las palabras”. En esa casa se teje la autobiografía para disciplinar el vicio del yo. Obedecer, sentarse y al último acto.

Rosenberg nos ahorra el murmullo previo del poeta, los prolegómenos y los apuntes preparatorios para ir directo al corazón del asunto. Se distancia de lo real, y a través de enlaces, desplazamientos y transformaciones, propone a lo real nuevas posibilidades de ordenamiento.

 

(Actualización mayo – junio 2013/ BazarAmericano)

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646