septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Lo que puede ser importante para alguien
Guía para perderse en la ciudad, de Víctor López Zumelzu, Bahía Blanca, Vox, 2012

“Perderse… en una ciudad como quien se pierde en el bosque, requiere aprendizaje”

Walter Benjamin

 

En Guía para perderse en la ciudad de Víctor López Zumelzu la experiencia de pérdida es un punto de inicio y se asocia, también desde el principio, al deseo de ser parte de una ciudad, un deseo que ya se delineaba en su libro anterior, Los surfistas: “a veces me detengo en la esquina abandonada de una ciudad para poder ser parte de algo más que la niebla”. Los poemas, sin embargo, recorren una idea de aprendizaje que no está asociada a un saber sino más bien a la posibilidad de perderse en la ciudad, en la escritura, como un modo de inventarse e inventar un mundo.

Guía para perderse…  oscila entre un registro lírico que por momentos se vuelve autobiográfico, por otros anecdótico y por otros filosófico. Pareciera que estuviese siguiendo los consejos de Rilke en las Cartas a un joven poeta: “Describa...valiéndose, para expresarse, de las cosas que le rodean....Y de todo cuanto vive en el recuerdo...¿no le quedaría todavía su infancia...? Vuelva su atención hacia ella.”. Pero en estos poemas de López Zumelzu no se trata solamente de volver la atención hacia la infancia, sino de hilvanar el recuerdo:

 

Los recuerdos ya no son así de claros

el tiempo se ha plegado sobre ellos dejando entrever

una grieta oscura.

 

Si la memoria es determinado conjunto, determinada ordenación de signos, de rastros, aquello que recordamos es tan azaroso como aquello que no recordamos. Pero el sujeto insiste en pensar en “aquello que es difícil de recordar” como si quisiese descubrir la lógica que se oculta detrás del recuerdo. El poeta no intenta reconstruir fielmente el recuerdo sino mostrar imágenes que armen un sistema, una especie de constelación. Por eso dirá: “No nos olvidemos que este texto / se compone de imágenes”. Así, el orden de evocación es caprichoso y el yo que enuncia pareciera ir en contra de la frase que cita de Joseph Brodsky acerca de que “las cosas/ se endurecen en la memoria/ para que uno no pueda mudarlas de lugar”.

Podría pensarse que la poética del chileno Víctor López se inscribe dentro de la generación que supo “entender” la propuesta de Enrique Lihn. Ya que lo que Lihn pone en escena es la imposibilidad de lo confesional en la poesía; la puesta en acto de la ficción, de la poesía como un proceso ficcional de invención de sí mismo. Entender a la literatura como un espacio donde lo autobiográfico adquiere su carácter de “invención”. Veo en él y en otros poetas de su generación una forma consciente de colocarse en esa tradición: Si Lihn afirmó en su momento “Porque escribí estoy vivo” no es casual que los versos finales de este libro sean:

 

si las cosas que estaban alrededor mío

no estaban escritas en alguna hoja

mi vida no habría valido la pena.

 

Vemos de qué modo lo biográfico no pretende mostrarse como fiel a los hechos sino todo lo contrario, arriesga a internarse en el desvío, a perderse en el jardín mental. Lo que se pone en escena es una representación de lo vivido ya que la lírica familiar que se describe es de por sí una fabricación narrativa. El sujeto se cuenta a sí mismo a través de la rememoración y en la medida que eso ocurre se inventa a sí mismo. Porque lo importante no es sólo lo que se cuenta sino lo que se deja afuera. Se trata de reescribir la novela familiar según el modo en que se organizan las imágenes en el recuerdo, pero estos recuerdos sólo pueden ser ficcionales, el libro es una reconstrucción imaginaria selectiva y engañosa:

 

una ventana rota

quiere decir que las imágenes se pueden dividir

pero siempre cargan

el mismo concepto.

 

El personaje que narra no aparece en los recuerdos sino en el presente de evocación, siempre preguntando por todo lo que sucede:

 

Yo necesitaba saber si lo que escribía

era realmente mi experiencia

y no una acumulación de recuerdos

que se desvanecería como hielo al tacto

una acumulación de recuerdos para los que tuve

que crear un estante.

 

El artificio aparece en el estante que es creado, que también cuestiona el significado de las palabras y muestra la desconfianza hacia la capacidad del lenguaje para evocar los recuerdos.

Dentro de esta rememoración, las imágenes se centran en lo doméstico y pueden incluso volverse surrealistas: “el pasado es un camino angosto repleto de aves muertas”. Porque lo que en verdad ocurre es que Guía para perderse en la ciudad busca mostrar el tiempo de la intimidad: una vez que se entiende la precariedad del lenguaje, se trata quizá solamente de yuxtaponer imágenes. En sus palabras:

 

todo lo que puede ser importante

para alguien

cabe dentro de una bolsa o simplemente

en un carro de supermercado.

 

Y es que para perderse hay que llevar pocas pertenencias. Por eso lo que puede ser importante para alguien es algo que se puede llevar encima, que le permite mantenerse liviano. Lo paradojal del título consiste en que no se puede tener un manual o una guía para algo que en apariencia, es común y suele suceder: cualquiera se pierde. Sin embargo, el verdadero “perderse” implica quizá una salida de si, un extravío en el que la ciudad adquiere otro significado, otro sentido. Elegir querer perderse implica saber que lo que importa no es a dónde se llega, sino el viaje, ya que, paradójicamente, cuánto más se pierde uno más termina explorando el territorio. Y finalmente, así como el recuerdo termina siendo ficcionalizado, la ciudad también se inventa, y el mapa o la guía para perderse en ella se vuelve caprichoso, azaroso y profundamente poético.

 

(Actualización marzo - abril 2013/ BazarAmericano)

 

 

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646