noviembre-diciembre 2017, AÑO XI, Nº 64

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Diseño

Rosalía Baltar

En la mesada de disección
Charlatanes. Crónicas de remedios incurables. Selección y prólogo de Irina Podgorny, Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2012

I

 El título del volumen es estimulante y conduce a la disección: tres nombres (charlatanes, crónicas, remedios), un adjetivo para distribuir (charlatanes incurables, crónicas incurables, remedios incurables), sus sociedades (muy sospechosas) y una preposición de explicación, especificidad o de propiedad. Vayamos a la mesada.

 

 II

 Caminos de arena. La dispersión, el desafío que propone entre lo culto y lo popular, las exóticas formas de circulación de sus saberes, son algunas expresiones que caracterizan, nos dice Irina Podgorny, al charlatán, una figura que podría atravesar los valles de varios continentes y recorrer los tiempos antiguos y los actuales. Un rasgo determinante del charlatán es la itinerancia, ciertamente el lienzo en el que se cifra el conocimiento en general. Las huellas de ese saber itinerante se imprimen en la arena: hablan de un espíritu errabundo que escribe poco o nada y que aparece señalado en “libros, ideas, remedios y artefactos”. Algo tienen los charlatanes de ilusionistas que se transforman y cambian a lo largo de los siglos, que van en los carromatos y venden en las plazas, que arman museos con los restos de sus viajes “científicos”, cuyas palabras pertenecen a la ciencia, a los milagros, a los tónicos. Las ofertas de un charlatán son una caja de Pandora, una Biblia, un calefón.

 

 III.

 Charlatán. Una definición precisa y consistente de charlatán aparece en la lengua toscana, a finales del siglo XVI: “un practicante pobre de la medicina que, para publicitar sus productos, debía apelar a la acrobacia, a la recitación, a trucos y juegos de magia, a las artes de hablar, cantar y hacer reír”. Muchos de los charlatanes reunidos en esta antología  tienen en la retórica la fuerza de su existencia: las formas de las polémicas del siglo XIX, los barroquismos decimonónicos y aquellos argumentos fuertes del siglo –el progreso, la fe en la ciencia, las consecuencias del evolucionismo, etcétera– que no dejaron de ser compartidos por sabios, prodigios, mercaderes y estadistas. También, muchos de estos personajes expresan cómo es construida la otredad en aquel siglo: lo otro es un objeto coleccionable, maleable, acumulable, a domesticar, exhibir, dominar y, especialmente, para hacer callar.

 

 IV.

 Crónicas (incurables). Los textos que componen el libro se agrupan en cuatro secciones: 1) Charlatanes y viajeros; 2) Museos, fenómenos, momias, gabinetes; 3) Polvos, tónicos y remedios; 4) “Doctores”, sabios y poetas. Cada sección va con un título y un delicioso acápite al estilo tractatus filosófico o narración de aventureros, pícaros y locos, es decir, de Kant y Descartes a Quevedo y Cervantes: “Donde el Padre Feijoo intenta explicar qué tipo de  mal social acarrean consigo los charlatanes discurriendo sobre la presunta predisposición humana y, particularmente, española, a dejarse engañar por este tipo de tunantes” o “De la universalidad del charlatán. De la ficción. Donde se narran los hechos y donde se preguntan y responden las siguientes cuestiones…” Así van pasando las crónicas, en su doble función de relato fabuloso y voz testimonial, con sus registros epistolares, periodísticos y seudocientíficos, entre ellas, una serie de miradas sobre una escena freak: los enanos aztecas, “objetos” de la charlatanería. Por el hecho de que Podgorny hubiera  antologado en serie esta historia es que podemos recorrer la “evolución” de la crónica, con sus cambios y sus invariantes. En 1854: “Los periódicos ingleses anunciaron con gran alboroto, hace ya algún tiempo, la llegada a Londres de dos niños “aztecas” en torno a los cuales se debaten mil cosas prodigiosas.” Estos dos niños, capturados en México son tomados como seres anómalos, microcéfalos y pertenecientes a un variedad de raza hasta el momento desconocida. El cronista considera, en esta ocasión, que se trata de un infundio, producto de la ignorancia de Europa frente al pasado americano. Se declara escéptico e, invitado a ver a los fenómenos, da lugar a una “razonada negativa” porque “no me agrada alentar a los charlatanes y menos a los mistificadores”. Relata cómo ha sido convocado por la Academia de Ciencias en Francia a disertar, lo que da cuenta de la labilidad de los límites entre las creencias de una época y las prácticas científicas. Un año más tarde, en Berlín, los pequeños aztecas son exhibidos y un nuevo cronista releva el “interés extraordinario entre los naturalistas de todos los lugares donde fueron mostrados”. Se describe la ciudad originaria de los niños, indicando con precisión las coordenadas geográficas, las características de la población y cómo ocurrió el robo de los niños, en 1849, “que eran venerados como ídolos”. El narrador es un médico que se ha ocupado de otros fenómenos y los ha “observado”, por lo que decide, en su crónica, “presentar objetivamente los hechos”. De esa pretendida/creída objetividad surge una descripción de Máximo y Bartola como seres incompletos, retrasados, con deformaciones comunes, “el cráneo es muy pequeño pero completamente simétrico, la cara se proyecta considerablemente hacia adelante y parece tener un tamaño enorme si se compara con la porción cerebral”. Sigue la descripción física, luego la motora, la actividad mental (“intranquila y difusa, lo cual no es raro en niños idiotas”), temperamento (dóciles, hay que acariciarlos), sueño, comprensión. Se los observa, mide, compara, es decir, se los objetiva y somete a un método de experimentación que se cree científico y que los ignora como sujetos (tal método incluye hacerle cosquillas en el prepucio al niño, para vislumbrar la retracción, o constatar que el himen de la niña no ha sido perforado). En la última crónica, de 1901, ya los niños son ancianos, aunque su edad es un dato que se escapa, responden débilmente a estímulos sencillos y han pasado su larga vida en exposiciones, comprados, vendidos, manipulados. Como al hombre elefante, a Chang y Eng o al enano alemán de la maravillosa película Freaks (USA, 1932), en estas crónicas nadie se pregunta por los pensamientos y deseos de estas exóticas rarezas, venidas al mundo para diversión e invención de saberes charlatanes, en el campo del espectáculo y de la ciencia. Las crónicas de los freaks elevan una muralla normalizadora, tranquilizadora, sobre el mundo de los normales, como bien ha analizado Michel Foucault.

 

 V.

 

Y al ver pasar un gazapo

corriendo a todo correr:

-¡Doctor!- exclamó Guillermo

con rabia mal reprimida-

¡Ahí va un enfermo! ¡un enfermo!

Y ¡pum! ¡Lo mató enseguida!

 

Remedios… que engañan, que curan; placebos, hierbas curativas, tónicos para el cabello. Lo incurable es el deseo de creer que existe la cura, que podemos hallar alivio; lo incurable es la necesidad de ser reconfortado, de verse joven, el anhelo de no morir. En 1875, sale un aviso publicitario en el diario La esperanza, de Corrientes. El “bálsamo milagroso de la hermana Teresa” “Cura radicalmente toda clase de úlceras, llagas, tumores, granos, erupciones, empeines, herpes y demás enfermedades de la piel y tejidos subcutáneos”. Un bálsamo de amplio espectro, diríamos hoy. Para sustentar su eficacia se presentan exotismos: hombres lacerados en la guerra de Crimea, aquejados de enfermedades sifilíticas han sanado sus heridas y han podido escapar al cuchillo del cirujano. Corre 1918, es en Colombia y un matrimonio cura todo tipo de enfermedades y la curación es garantida por un “sinnúmero de personas honorables de toda la república, que atestiguan la curación.” En los relatos de remedios y droguerías, de boticarios y hombre detrás de un mostrador oscuro y alto, advertimos la hibridez entre la ciencia, la creencia, la honorabilidad, la estafa. No por nada, el médico –como el cura– es un personaje difuso en la historia, vapuleado por los poetas, llamado “matasanos”, cuestionado, hoy y siempre, en su saber imperfecto.

 

 VI

 De. La compilación de Irina Podgorny (que, dicho sea de paso, leí de un tirón) trae y lleva, como sus charlatanes, escenas de toda laya, que invadieron mi cabeza desde el principio, en especial, la escena del coleccionista y la del freak, que ya comenté. En ambas figuraciones aparece la cuestión central del libro: las relaciones entre lo que se considera legítimo, normal y científico y otro tipo de prácticas, formas y saberes. Más allá del mundo semiótico que abre el texto, la antología me condujo a pensar en las múltiples charlatanerías que nos atraviesan culturalmente y que, en un punto, Irina Podgorny también ha estudiado en otros ámbitos y desde otras perspectivas, cuando se ha referido, por ejemplo, al tráfico y las transacciones como parte de una historia de “rutas del saber” o al recorrer todo el siglo XIX  buscando el detalle de las marcas que ha dejado “el sendero del tiempo” (Prohistoria, 2009) o ha pensado la relación entre la configuración de los museos y la historia natural (El desierto en una vitrina. Museos e historia natural en la Argentina, 1810-1890, Limusa, 2008).

 

 VII

 Quienes fueron “mercaderes del pasado”, como Podgorny los denomina, han armado colecciones y comerciado con huesos y mapas. Un caso conocido es el de Pietro de Angelis, un personaje de la mera historia de las letras, traficante de mastodontes, cartas marítimas y manuscritos. Pedro fue tildado en su hora de charlatán por nuestro ingente poeta menor, Esteban Echeverría. Ahora bien, para esa impugnación, Echeverría puso en juego la figura del charlatán desde sus lecturas, lo que revela apariciones de otros mundos y de otras letras.

En la saga shakespereana referida a los Enriques –los dramas históricos Henry IV, 1597, Henry IV (segunda parte, 1598) y la comedia The Merry Wives of Windsor, 1599–,  el personaje principal (en el sentido de que es el que ha trascendido en el tiempo) es John Falstaff, un sabio juerguista y borrachín, rodeado de personajes estrafalarios y reputado de gran charlatán. En 1817, el poeta Thomas Moore escribe su poema Lalla Rookh en el que aparece un servidor de la princesa, también borrachito y charlatán, opinador de historias e inventor de moralejas. En el Río de la Plata, entonces, Echeverría utiliza estas imágenes de habladores para caracterizar  al coleccionista, Pedro de Angelis, bibliófilo, erudito, extranjero, políglota y pangloss. Es charlatán porque, como coleccionista, forja su identidad en otros saberes, no en los propios; y, para completar sus colecciones, como los tantos personajes de Charlatanes, gestó su reputación en la crónica, en el salón, en el museo.

Es este un ejemplo propio de cómo puede interactuar este libro con la biblioteca personal de cada lector, quien encontrará, a cada paso, imágenes de charlatanes, endiosados o desestimados, que han poblado, pueblan y poblarán la faz de nuestra (¿plana?, ¿redonda?, ¡geoide!) tierra.

 

 

(Actualización marzo – abril 2013/ BazarAmericano)

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646