diciembre-enero 2023, AÑO 22, Nº 90
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Otro descubrimiento y van...
Voy a hablar de Mockba, un libro de cuentos publicado en 2007 por editorial Entropía, cuyo autor es Diego Muzzio, un poeta que tiene obra publicada, pero que presenta narrativa por primera vez. Creo que Muzzio es un narrador excepcional, alguien a quien es necesario leer, y es entonces que reparo en que ya son muchos los escritores excepcionales que encuentran su lugar en editoriales independientes, pequeñas. La noticia parece haberse desplazado de los autores a las editoriales, es el fenómeno que trajo la devaluación y la buena noticia de la crisis: frente a la dificultad de leer libros impresos en España (que de todos modos comienzan a leerse nuevamente) surgieron emprendimientos que porque saben que no apuntan a las grandes masas se dan el gusto de publicar lo que les gusta, y ahí está su fuerte, se sostienen publicando lo que un pequeño grupo de lectores persigue en las librerías: buena literatura. Otra buena noticia de la crisis es un rasgo tal vez sorprendente que caracteriza las nuevas editoriales: no se desean el exterminio mutuo. Hay tanto escritor, hay tanto por publicar, y es tan costoso en todos los sentidos hacer un libro, que cada una se pone contenta cuando la otra saca algo bueno y lo comenta en su blog. Entre todas están desterrando el cliché de que una editorial independiente debe corresponderse con un objeto desprolijo, mal distribuido y poco visible. Algunos libros, muchos, son preciosos, por lo tanto los libreros los ponen en sus estantes, en particular los libreros que leen. La distribución en la ciudad de Buenos Aires se basa en el contacto personal, en contar qué es lo que están llevando, y es así como las cadenas terminan comprando, porque también quieren tener eso que hay en las librerías. La distribución en otras ciudades del país, y la exportación, es algo que están encarando en grupo, en reuniones, para resolver de manera solidaria. Los medios los reseñan y esto no siempre tiene que ver con que haya algún amigo. En general (al menos me consta esa situación en Entropía, cuyos fundadores “no conocían a nadie”) sucede al revés: con el tiempo terminan conociendo a alguien que hizo una pregunta, que sacó una reseña en contra o a favor, o que se hizo amigo a fuerza de recibir los libros y que le gusten. Y además los suplementos adoran descubrir autores nuevos, valiosos, y quién no quiere ser el primero que hizo una reseña de Cien años de soledad. Es claro que la égloga del locus amoenus editorial que precede podría ser reemplazada por una crónica de penurias económicas o un policial de la serie negra donde se descubran maniobras turbias y traiciones, pero acabo de leer otro hallazgo y cuando comento con Valeria Castro que ya son muchos, me responde que también están saliendo cosas buenas en editoriales amigas.
Entonces, Entropía, una editorial que comenzó publicando primeras obras de autores desconocidos y que logró ganar la confianza de los herederos de Manuel Puig y la de escritores como Daniel Link, Ariel Schiettini, César Aira y Arturo Carrera (los primeros con sus textos, los últimos por el momento con la elección del lugar donde publicar a sus premiados). Lo raro de Entropía es que publica muchas primeras obras: en esto, creo, se diferencia de otras editoriales nuevas, prestigiosas, cuyo catálogo se compone principalmente con reediciones de textos que queremos leer y agradecemos, o perlitas de los autores que ya conocemos y queremos leer. Pero esta editorial en particular, aunque comienza a recibir a algunos consagrados, persiste en el ejercicio de leer manuscritos de autores desconocidos y publicar. Esta es una apuesta a largo plazo, y aunque sólo dentro de unos años podremos saber si fue posible, es en estos días que se está formando el archivo de los que serán los escritores de los próximos años y por eso habría que guardar un espacio en la biblioteca para coleccionar todas estas primeras ediciones. Es que las empresas, que leen suplementos culturales y blogs, pero no leen manuscritos, buscan sus “descubrimientos” entre los autores publicados, por eso Fogwill, que publica en Interzona, recomienda a viva voz a los escritores nuevos que se queden, que insistan. Es la única manera de saber si fue posible, ver qué pasa con el segundo libro.
El libro negro
Los libros de Entropía tienen fotos en la tapa, una solapa que muestra al autor mientras lee, y un color que distingue cada libro. Mockba es negro, anuncia que son cuentos, se ve un edificio ruso, un paseante que lee y un cementerio. Todos los cuentos tienen que ver con muertos, o con el cementerio —Chacarita o Recoleta— o con la cremación o exhumación de cuerpos. Es decir, la muerte en su materialidad, pero también la muerte. Cada cuento responde a un esquema más o menos tradicional, e incluso podríamos reconocer en cada uno de ellos la cita a un autor argentino: en “La soledad de los animales” a Mujica Láinez, pero también algo de Saer en su acercamiento al siglo XIX; en “Albino” a Roberto Arlt pero más a Laiseca, único apellido ilustre que aparece tangencialmente en el libro; algo de Walsh, pero sobre todo el Lugones de Las fuerzas extrañas en el maravilloso (que no es tal) “Poker de ases”; una finta hecha a Cortázar en “Mockba”, que vuelve a aparecer de refilón en “Zacarías y Jeremías”; el Ricardo Piglia de sus primeros cuentos en mi preferido “El correo del zar”; y nuevamente un tratamiento estilo Piglia para homenajear a Borges en el cuento que cierra el volumen “El Cementerio Central”.
En lo personal, lamento la presencia tan evidente del homenaje a Borges en el último cuento que me hizo revisar todo el libro como si, además, la literatura argentina fuera un cementerio sobre el que edificar la escritura de estos días. Los otros autores nombrados sólo aparecen a la luz de ese cuento, pero la buena noticia es que no se trata de parodias en el sentido que quiera dársele al término, ya que no son reescrituras sino escritura propia en el suelo fértil que queda cuando se remueve la tierra. Eso es lo que sorprende y se agradece: una (o uno, lo mismo da) está leyendo y de pronto no entiende por qué esto, que no es rupturista, es diferente. Qué hay en esta escritura, en este autor, que impulsa a querer saber si va a seguir narrando, porque queremos que nos cuente algo más. Si tuviera que arriesgar, me inclinaría por decir que lo que me seduce de esta escritura es la seriedad. Es decir, Muzzio escribe en serio, y esto no tiene que ver con la trascendencia o la metafísica, que en su sistema narrativo serían chistes que se le hacen a la muerte. El libro inventa un universo de personajes que en algún momento son tocados por la muerte, pero lejos de ensayar la risa nerviosa de los velorios, se queda perplejo mientras sus personajes siguen con sus vidas, o no. De ese modo nos pone a las puertas de la filosofía, pero no entra ni nos invita a entrar.
Un nuevo intento por explicar qué es lo fascinante de este libro negro sería el tono desentendido con respecto a las corrientes por donde navega la literatura argentina actual, incluso la mejor literatura. Tal vez tenga que ver el hecho de que, entre los autores antes nombrados, el que refulge es Cortázar. Sorprende ver el modo en que Muzzio cita algunos tópicos cortazarianos (los dobles, la ciudad Lejana, el niño con el hermano raro, la simpatía por el boxeo) y los descoloca: si para el genial cuentista argentino que vivió en París estos elementos servían para pasar “al otro lado”, para Muzzio, este nuevo cuentista argentino que vive en París, son cosas “de este lado”. Nuevamente, lo que no hay es un más allá. También como Cortázar, Muzzio se plantea cómo tienen que hablar los personajes, pero, como si hubiera aprendido una lección, nunca llega a la caricatura. Cuando en “Albino” aparece un narrador como este: “Cargaba un cajón en el carro, lo empujaba hasta el camión, y después volvía trotando al lugar donde estaban amontonados el resto de los cajones, como si alguien le habría dicho que había que terminar de cargar antes del mediodía”, no lo podemos resolver, como lectores, identificando socialmente al personaje. Tampoco se trata específicamente de un registro de la oralidad, problema que hubiera debido convocar a Puig —estrella de los nuevos escritores y ausente de la lista de preocupaciones de Muzzio—. Lo que registra esta expresión es un estado de la lengua a punto de desmoronarse. La diferencia entre fijar a un personaje por un uso peculiar del lenguaje y registrar un momento en que la lengua cruje, hace de Mockba un libro que vale la pena leer. Además están los lugares exóticos concentrados en un terreno acotado, porque bien mirado, un cementerio es también un parque temático.
(Actualización diciembre 2007 - enero febrero marzo 2008/ BazarAmericano)