julio-agosto 2017, AÑO XI, Nº 62

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libros & liebres
Anzuelos y guerras

Como les debe de pasar a miles, a millones, pierdo el anzuelo en Facebook y lo recupero, para volver a extraviarlo en las aguas cochambrosas de la red. El anzuelo es la inminencia: algo está por llegar y si te encuentra desconectado fue, pasa de largo, es para otros. El anzuelo: la tensa expectativa y su reverso, la nada. El vértigo excede la velocidad del mercado y, por supuesto, la de la literatura, que mientras en la superficie prolifera hasta volverse inasible, por debajo es una factoría de experiencias que invitan a llevar adelante un programa acaso inútil, de lentitud extrema confundida con pereza y abandono. Estoy en la red, pierdo el anzuelo, soy el pez en busca del anzuelo y allá voy, busco el anzuelo que me lleve hacia la luz, es un juego sin tiempo ni control que devora mi tiempo. En fin; no hay quebradero de cabeza más ilusorio.

 

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En su muro, el joven escritor uruguayo describe cómo un film puede detonar un programa literario: “Yo estaba en el living en mi última casa montevideana. Le di al play del reproductor Microsonic de VHS. Y luego de ver esta escena comprendí que contar historias era pegar fragmentos, agregarles detalles, hacer crecer a los personajes y, por último, darle una bofetada al público. De lo contrario no valía la pena el esfuerzo. No volví a ver cine de la misma manera. Asimismo creo que tampoco la literatura fue igual para mí, ni para los pibes que andaban conmigo. Ah, claro, estaba la banda de sonido”. Fragmentos, detalles, crecimiento y bofetada: novela. Un programa primario, y por eso esencial. ¿Bofetada? Podríamos pensar un recorrido posible que va de “los libros que encierran la violencia de un ‘cross’ a la mandíbula” a los libros que sin ánimo de desprecio le den una bofetada al público: la violencia de una figura que condensa menos el maltrato que la sorpresa y la falta de reacción, la mandíbula caída, el ingreso a una experiencia que creíamos fuera de nuestro mundo. No hay paz entre un escritor y sus lectores, en la tensión entre la línea escrita y el ojo que la lee.

 

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El otro día escribí en Facebook una entrada que bauticé como “crítica intempestiva”, con la idea de inaugurar una zona de pruebas, argumentos antojadizos sobre libros y literatura. La primera afirmación sostenía lo siguiente: “Reclamarle finales a Aira es como pedirle a un lobo marino que baile la jota aragonesa”. La boutade produjo un modesto campo de batalla: adhesiones y rechazos, briga territorial, labranza. Toma, ocupación. Emplazamientos vagos. Que nos interese o no la obra de un escritor es comprensible y necesario, una regla, esto funciona así. Sin embargo, quienes desestiman la obra de César Aira se enojan, como si estuvieran diciendo por lo bajo “no entiendo por qué les gusta esa literatura, si es que se la puede llamar así”. ¿De dónde viene ese enojo? No me interesa Sabato, puedo vivir sin sus libros, pero no me enojo con los que afirman que es un escritor sensacional. En Facebook, mientras, el chicaneo luce y de inmediato pasa a un segundo plano: se lo lleva, para nunca más volver, la marea bruta del scroll. Por fuera de Facebook es más difícil juntar a detractores y defensores de los libros de Aira. O sí, se juntan, pero nadie, salvo honrosas excepciones, luce la camiseta. Lo que pienso, cada vez que aparece en la escena local esta controversia, es que lo intolerable y el enojo consecuente se forjan en el desdén con que mira Aira a los escritores “de carrera”. Eso nomás para empezar a rastrear los filamentos del enojo.     

 

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Yo, el más inteligente de Facebook, de Aboud Saeed (Mardulce, 2013). La trama política de Siria durante la revuelta contra el régimen de Assad vulnera la intimidad de Aboud Saeed -trabajador en una tornería en Manbedj, un pueblo cercano a Alepo-, cuyos posteos en Facebook fusionan, de manera más o menos voluntaria, las ambiciones personales, el desamor, la relación con su madre y la vida ordinaria con una crónica de guerra civil que construye una figura de escritor “a partir del vacío y la marginación”. Según Gabriela Massuh, “los testimonios de Saeed también se dejan leer como una puesta en abismo de la ficción: el sujeto que escribe aplica todas las fórmulas del género y sostiene un relato al mismo tiempo que lo pone en cuestión”. El mundo real, lo que pasa en las calles, no entra en el mundo virtual, aunque la gente hable, postee videos o fotos. Lo intolerable de la guerra se desnaturaliza y convive con cientos de miles de posteos; Aboud Saeed no deja de criticar a Facebook y sus usuarios al mismo tiempo que usa esa herramienta para denunciar lo que pasa afuera, de un modo diferente: “La muerte: no importa, le das de baja y aceptas la solicitud de quien te espera desde hace meses. La revolución: fue suspendida, su lugar fue ocupado por el Facebook con toda su gente”. Conectarse al mundo es colgarse de un cable maestro para obtener energía eléctrica sin pagarla y convencer a “una chica de la burguesía” para que le pague sus cuentas de internet. Es hacer entrar la lucha en las entrañas de Facebook, en un mundo virtual donde “todos duermen con un arma debajo del perfil”.

 

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Mientras Aboud Saeed escribe en Siria, en Buenos Aires un escritor ve salir su novela al mercado de libros. Da algunas entrevistas, las de rigor, y comienzan a aparecer, a cuentagotas, las reseñas. Dos de ellas resultan desfavorables, hablan de una novela supuestamente “fallida e irrelevante” (en palabras del autor, el “supuestamente” es mío). El escritor lee las reseñas, las postea en su muro de Facebook, se pelea con uno de los reseñadores -que no hace mucho recibió el llamado telefónico de otro autor respecto a los modos de otra reseña “mala leche” que recibió su primera novela- y desacredita al segundo. El coro de amigos en Facebook echa más leña al fuego en el que arde el cuerpo virtual del reseñador. El castigo ha sido consumado. La desacreditación tiene su clímax cuando se critica la indumentaria del segundo reseñador y su aspecto da pie para que el escritor ponga en cuestión la orientación sexual del mismo. Si las reseñas hubiesen sido favorables, el escritor y sus amigos no habrían pasado por las armas discursivas a los reseñadores. Acá extravío el anzuelo, pierdo el interés. El suceso ya fue olvidado, aunque esté fresco; carece de sentido. Podría responderse -de un modo indirecto y antojadizo- con las palabras de un poeta y editor argentino que vive en España: “tratar de dotar a una obra, en sí, de un valor que pueda desentenderse del propio efecto de aquello que está sucediendo (la lectura) como acto y potencialidad, y creer que tiene una única clave desentrañable en términos de eficacia, bondad, punch o ajuste a cualquier esquema previo, me parece bastante disparatado”. Más allá de estas controversias entre el escritor y sus reseñadores quedan los libros, a medias desprendidos de sus cepos contemporáneos. Libro bueno, reseña mala. Reseña mala, libro bueno. ¿El libro se defiende solo? Hablar de bueno y malo en torno a la literatura hace que pierda el entusiasmo. Me voy, antes dejo como salida de columna un párrafo que el escritor de Serodino fijó en su libro La narración-objeto: “Hay un texto de Kafka que se llama El silencio de las sirenas en el cual se dice que hay algo más terrible que el canto de las sirenas, y que ese algo es su silencio; que muchos lograron escapar del canto de las sirenas, pero que muy pocos, por no decir ninguno, son los que lograron hacerlo de su silencio”.

 

 

 

(Actualización marzo - abril 2014/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646