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Hernán Pas
“¿La variación caótica del todo
o la lógica del sistema?”
Sobre: Fogwill, En otro orden de cosas, Buenos Aires, Interzona,
2008; 200 páginas.
“… cuando todos los documentos estuviesen integrados
al sistema de procesamiento de datos, no sería difícil
detectar quiénes y para qué están usando determinadas
palabras.”
Hay una palabra para calificar aquello contra lo cual las procaces
invectivas de Fogwill, en ésta como en sus últimas
novelas, parecen complacerse en demasía: sistema. El universo
del sentido común –furiosamente el de los mass
media, la televisión en este caso-, el de la praxis
política y el destinado a insuflar morbosamente los distingos
de clase son, en sí mismos, no mundos cerrados sino partes
del todo, como invita a pensar, desde un prisma poético
diverso, el título de uno de sus libros de poemas. Para ver
cómo funciona un sistema hay que describir sus enlaces, la
lógica gregaria que lo hace posible y lo sostiene. En
otro orden de cosas narra la impávida transición
de las partes al todo y viceversa y pretende hacerlo con la ecuanimidad
de lo indeterminado: casi ninguno de los personajes, ni siquiera
el protagonista, llevan nombre en esta historia; se los pro-nombra,
o se los identifica por atributos genéricos –el “Pelado”,
la “arquitecta”, la “médica”, los
“masónicos”, etc.-. Y es que las nominaciones
en este relato sitúan, pero no describen, son andamios codificados
del referente histórico que sirven para emplazar el pasado,
pero no la memoria.
La novela divide doce años en doce capítulos, de 1971
a 1982, y narra en ese lapso, situado en Argentina, la crónica
de “una penosa biografía, construida con la mezcla
arbitraria de la biografía del autor, de otras que conoció
y de la del propio personaje”, -como dice la nota introductoria-;
biografía de quien, con el mismo tenor impávido, supo
pasar de militante revolucionario a cumplir tareas de obrero, de
técnico, de maquinista en la empresa constructora de autopistas
en Buenos Aires hasta recalar en las congraciadas prebendas del
directorio de la empresa. Es decir, el protagonista “hace
carrera”. Aunque esto último forma parte de una convención,
porque ese otro orden de cosas no está allí,
en los resquicios de esas peripecias, sino en lo que, amparado en
la totalidad pugna infructuosamente por manifestarse. Y lo hace
del único modo posible: en la inevitable insuficiencia de
las parcialidades –¿de allí el carácter
“penoso” de esta biografía?-, en el sesgo cosificado
de los roles: “Ven que nunca se nombra gente ni personas,
siempre se refieren a ‘actores’, y si alguna vez necesitan
evitar la repetición de la palabra, la sustituyen por ‘interlocutores’”,
dice el protagonista al explicar a los directores de la compañía
los subterfugios retóricos de un informe enviado desde España
con el fin de multiplicar, sin más visos éticos que
el de la propia multiplicación, las ganancias de la empresa.
Si hay razones para celebrar la reedición por Interzona de
esta novela del 2001, ellas deben buscarse en el concierto de voces
que durante la última década vienen ensayando, desde
el campo literario, distintas variantes de codificación tanto
de lo que se suele llamar “pasado reciente” como del
traumático legado que ese pasado, el de la última
dictadura, ostenta en el presente. Disímiles y acaso polémicas
más por los modos que por la propia elección de la
materia, esas voces, para apenas insinuar un panorama, podrían
acaso estipularse desde la minuciosa elaboración formal de
novelas como Ciencias morales de Martín Kohan –o
Dos veces junio, esa conjuración formidable de las
ideologías represivas- o la más reciente Historia
del llanto, de Alan Pauls, hasta los ejercicios más
o menos especulares y cuasi panfletarios de narraciones tales como
A quien corresponda, de Martín Caparrós. En este
arbitrario panorama, En otro orden de cosas compone un
cuadro heterogéneo, una nota discordante. Más el relato
de una lógica extrema que el de las experiencias o sus percepciones,
más la crónica de un movimiento tan impasible como
aparentemente inevitable, el relato de Fogwill dispone la impronta
holística de los acontecimientos. Todo es una cuestión
política, dice el protagonista y ese dicho, que parece replicar
al son de las frases huecas lo más común de la opinión
común, cobra sin embargo en la economía del texto
la contundencia de un axioma. Las preguntas, a primera vista desconcertantes,
“¿qué es el amor?” y “¿qué
son los sentimientos?”, que abren y cierran aproximadamente
el relato –desconcertantes porque insumen una reflexión
destinada a evaluar los comportamientos sentimentales de pareja,
en un cuadro por demás segregado por lo concreto de la materia
y sus resultados– aparecen como inflexiones arteras encaminadas
a rubricar los alcances de esa misma sentencia. Cuando la energía
de la militancia política –“el ritmo de la revolución”-
es desarticulada por la avanzada de la represión estatal
y muchos de los compañeros pasan a trabajar directamente
con el enemigo, lo que se indica, con la displicencia de lo neutro,
es que “hay mucho amor en esa ley”, porque esa ley es
“una fuerza”, la de servir, que parece más bien
física antes que moral, y menos dócil que la voluntad.
“Era parte de la lógica del movimiento general”,
se dice en el texto. En esa lógica, los cuadros políticos
que no pasaban a servir al enemigo buscaban en los hitos privados
la irreprimible ocasión de la sobrevivencia: “Pensó
en los jefes que habían sobrevivido a la contrarrevolución:
estaban yendo y viniendo, ajetreados en la política, haciendo
cálculos sobre cómo invertir sus ahorros o con quien
valdría la pena alinearse en el nuevo escenario”. Que
el protagonista sea uno de los tantos que adoptaron ese pasaje –aunque
en su caso no para servir a las filas del enemigo, sino a las del
orbe capitalista que, visto desde la ideología de esos mismos
cuadros, no resulta menos claudicante- es uno de los puntales por
los cuales la narración, sencillamente, incomoda. Y, ciertamente,
esa incomodidad es un logro que debe atribuirse a la sapiencia del
prestidigitador. La sucesión impertérrita de aquello
que la voluntad nunca logra domeñar, como los precisos mecanismos
de una máquina, barre –afortunadamente- con todo atisbo
de melancólica epicidad, y, también, con su deplorable
remiendo: el párvulo hospicio del reniego.
Hay visibles aciertos, componendas del buen hacedor, para que esto
suceda. Los hechos históricos más conspicuos de la
época, por ejemplo, se narran con la compulsiva avaricia
de lo accesorio, apenas un dato: “El presidente había
dicho que Perón no se atrevería a volver. Otro día
anunciaron que volvería Perón y Perón volvió.
Después se volvió a ir y se había llamado a
elecciones”. Lo mismo ocurre con la muerte de Perón
y la avanzada de la represión estatal, la acción militante
y guerrillera, la premeditada consagración del mundial 78,
la guerra de Malvinas. La concentración, en cambio, aparece
para señalar la hegemonía del poder financiero. Como
un monstruo destinado a devorar las entelequias políticas
e ideológicas, el potencial económico rige el tono,
pero también el ritmo, de los acontecimientos (algo de ese
potencial, de ese flujo virtual que mueve moles reenvía sesgada
e inevitablemente a cierta zona de la teoría imperialista
de Hardt y Negri). La frase “convulsión exonerativa”,
una cláusula proveniente de la psicopatología, que
ciñe el informe de los inversores europeos, explica el modus
operandi del capitalismo posmoderno: refiere “la tendencia
a producir catástrofes para ocultar con ellas pequeñas
faltas”. Es decir, no se explotan mercados, se crean de la
nada, se inventan. La nada, sin embargo, no es la nada: el costo,
por más insignificante que en la balanza de esa empresa resulte,
puede ser terrorífico: “lo que convierte a la nada
en un mercado es un poder de decisión. Nuestra herramienta
es el poder de decisión”, brega el informe. Desde esta
perspectiva, los años de plomo de la década del setenta,
como ya insinuaba Walsh en su carta a la Junta, no son otra cosa
que la necesaria contraparte para que el verdadero proyecto se instituya,
una mascarada. El poder de decisión, en esta visión,
siempre responde al estímulo de la prebenda. Ahí está
el protagonista, accediendo a lo “representativo” –al
auto, al departamento céntrico- como a la cadena de corruptela
que repica, en forma doméstica y ramplona, el viejo adagio
yanqui: “time is money”, y parece demostrar que la voluntad
no es otra cosa, a fin de cuentas, que una cantante y sonante moneda
de cambio.
“‘¿Qué es todo?’, se preguntaba.
Tal vez se equivocara, pero estaba seguro de que para muchos de
los funcionarios de su piso, igual que para la mayoría de
sus jefes instalados en el piso veintidós, la idea de ‘todo’
no alcanzaba más allá del cheque y la planilla de
liquidación de sueldos que recibían en vísperas
de fin de mes”. En esta reflexión, la idea del “todo”,
parcial, porque presupone cierta representación, emerge acompasada
por el flujo de las decisiones (y ya se sabe lo que implica una
decisión en este cuadro); la televisión, por ejemplo,
resulta el barómetro que mide y globaliza los estilos: “era
tan frecuente oír ‘bajón’, ‘trucho’
o ‘zarpado’ en ámbitos ajenos al submundo marginal
como encontrar que un chofer de taxi hablara de sus ‘objetivos
de la vida’ o se manifestara ‘paranoico’ por la
nueva reglamentación de multas de tránsito. La televisión,
pensaba, debía ser responsable de estas modas del lenguaje”.
O también: “los personajes que habían compuesto
la abogada y su arquitecta se ajustaban mejor a lo que la televisión
indicaba que debía ser una mujer: el equilibrio justo entre
una carrera de éxitos y una meta de imbecilidad”. ¿Pero
qué es el todo? O mejor dicho, ¿cómo está
tratada esa idea del todo? Existe un momento fundamental en el relato
en el que cede la sospecha: la mesurada retórica del informe
es una jerga, la del lenguaje de los curas; leyendo el informe el
protagonista recuerda a Luis, un jesuita revolucionario capaz de
argumentar a favor de la creencia por la creencia misma, a quien
terminarían llamando “el cura mentiroso”. Y,
nada casualmente, la novela se inicia con la discusión acerca
de una frase atribuida a Perón: “Se puede decir una
mentira, pero no se puede hacer una mentira”. Y aquí
Fogwill parecería haber desgranado el potencial simbólico
de esa frase, que ya había aparecido en Vivir afuera,
su novela de 1998. ¿Por qué la insistencia en esa
frase? El hacer o el decir –sea una mentira, una revolución
o una maqueta de una autopista- parecieran disputar y tensionar
la única parte que engloba al todo: lo real. Y aquí
es donde la incisiva mirada escéptica se perfila con más
resolución: lo más verdadero, para el protagonista,
será trabajar en la obra, aquello que hace y a la vez lo
hace, lo constituye. Si la máquina es constituyente las creencias
o las ideologías, en cambio, evanescen. Sobre el final del
relato, el resultado totalitario de esa ecuación llega a
administrar las tareas del intelectual: un congreso para intelectuales
y pensadores de distintos países estipulado por la compañía
prevé que “hasta la intervención más
disidente puede convertirse en un mensaje positivo como prueba de
que en el evento se han escuchado todas las voces”. Porque
aunque lo que se pueda decir no sea controlable, “la infraestructura
del evento puede controlar en alguna medida la manera” en
que se dice y el clima en que se escucha eso que se dice. ¿Visión
imparcial, arrobo de diagnóstico? ¿Ironía o
cinismo? Hay un poema de Sergio Raimondi, “Proyecto Mega”,
que parecería consustanciarse con esa descripción
–aunque, bueno es decirlo, en el poema no se habla de intelectuales
sino de maestros- y no parece meramente casual que ambos libros,
el de Fogwill y el de Raimondi, se hayan publicado en el 2001. También
en Poesía civil, el libro de poemas de éste
último, existe el intento de, al menos, indagar una idea
de la totalidad, los engranajes o enlaces de los distintos niveles
que la componen. Pero a diferencia de Raimondi –la cuestión
genérica no es determinante aquí-, lo que parece obturar
esa posibilidad en el relato de Fogwill es la asimilación
fortuita de una lógica, la del Sistema (con mayúscula),
que ejerce en negativo su potestad sobre lo más categórico
del propio relato: lo menos asimilable a la “recta línea”
de la corrección ideológica. “Volvió
a pensar en la obra y en la revolución: eran dos pruebas
de que se usa el hacer, y no el destino de uso que se asigna a lo
que se está haciendo”, dice el narrador. Ocurre con
esta frase lapidaria algo similar a lo que suele pasar con las versiones
desmitificadoras de los relatos modélicos: la desmitificación
termina por imponer su propio montaje. Así, entre las miradas
más descarnadas que vuelven sobre los llamados años
de plomo, si En otro orden de cosas afortunadamente logra
incomodar peca por momentos de una confrontación imprevista:
aquella que presupone únicamente actores en lugar de sujetos,
ideologías como herramientas que habilitan a hablar de triunfo
o derrota, como si, en el lenguaje homologado entre empresa y revolución,
de éxito o fracaso se tratase. ¿Es la voluntad una
variación caótica del todo, criatura del sistema?
Spinoza escribió que una piedra lanzada al aire por efecto
de un choque pensaría, si tuviera conciencia, que volaba
por su propia voluntad. Schopenhauer, a quien se reenvía
indirecta y presurosamente en este relato, añadió
que la piedra, simplemente, tendría razón.
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