Mario Ortiz
Pequeña teoría del murmullo
Sobre: Ensayos murmurados de Arturo Carrera, Buenos Aires,
Mansalva, 2009.
1- Sin lugar a dudas, tanto para los críticos que abordan
la obra de Arturo Carrera cuanto para los lectores fervorosos de
sus poemas, éste es un libro fundamental porque reúne
un conjunto de ensayos literarios que el poeta escribió o
leyó en distintos ámbitos. Tenemos, entonces, un mapa
posible de sus lecturas y adhesiones, una visita a aquellos autores
o ideas en los que el poeta reconoce una deuda de gratitud y ofrece
el obsequio de su crítica (el potlatch, para decirlo
con un concepto clave que atraviesa su última obra).
Ya el título plantea un interesante cruce de heterogeneidades:
si el ensayo se constituye como la escritura de un sujeto que se
hace cargo de un objeto de reflexión, el murmullo envía
inmediatamente al ámbito de la oralidad (muchos de estos
textos fueron leídos en mesas redondas, congresos y conferencias),
pero además sugiere aquello que se dice a media voz, y también
el cruce de voces: las de su familia, las de otros poetas, que son
otra forma de familia, la del lenguaje mismo, que no cesa de hablarnos.
2- Luego de leer este libro, se me ocurre que puedo comenzar a
partir de dos presupuestos que me sirven de apoyo (decir “marco
teórico” sonaría demasiado formal y pretencioso).
Eliot ya nos había advertido que para un poeta la crítica
no es una actividad subsidiaria con respecto a la práctica
literaria, sino que nace junto al poema, e incluso antes que él,
allí donde se instalan las preguntas iniciales: “¿qué
es la poesía?”, “¿por qué éste
es un buen poema?” y otras similares. De tal modo, si el acontecimiento
inaugural que mueve al pensamiento es la inquietud, el asombro,
la necesidad de respuestas, la crítica y la filosofía
son hechos inevitables en el hombre, concluye Eliot.
Usualmente se sostiene –y ésta es una idea que conviene
bastante al universo del poeta que analizamos– que los niños
son espontáneamente poetas. Basta oírlos. Ante un
auto que tenía un foco roto, una hija mía se lamentaba:
“Mirá, mamá, ese auto está triste porque
le falta un ojo”. Pero no es menos cierto que los niños
son también aquellos seres curiosos y traviesos que desarman
un juguete porque previamente han instalado otra pregunta: “¿cómo
está hecho esto?”. Philip Larkin decía en un
reportaje que exactamente eso era lo que se planteaba ante un poema
que lo había fascinado. La conclusión es evidente:
la crítica es una necesidad que nace en la niñez.
En segundo lugar, Enrique Pezzoni en el prólogo de su libro
El texto y sus voces sostiene que el crítico no
mantiene con su objeto una relación distanciada como si se
tratase de una existencia ajena, sino que al constituirse en sujeto
en y por el texto, despliega ante él sus propias
creencias, afecciones y modos de percibir. Al revelar se es revelado,
afirma; entonces la biografía de la literatura que traza
el comentarista, es una autobiografía; es dar cuenta de los
momentos de intensidad en que ese texto pasa a formar parte del
entramado de nuestras vidas, junto con las circunstancias y seres
queridos de que estamos hechos.
Es en razón de esto mismo que Carrera organiza los ensayos
de este libro de acuerdo a un sistema enteramente personal, que
no respeta la cronología de almanaque, sino los tiempos fuertes
de su propia historia, señalados por una fecha que se antepone
al título de cada trabajo, seguida por dos significativos
puntos. Así, por poner un par de ejemplos, el libro se abre
con una conferencia sobre W. H. Hudson, dictada en 1999 en la Secretaría
de Cultura de la Nación. El año que antecede al título
es “1948”, cuando nació nuestro poeta en Coronel
Pringles.
Autobiografía crítica: escribir sobre Hudson es volver
a los momentos iniciales de la fulguración, de las voces
de los mayores, de las primeras narraciones, las que escuchamos
imaginariamente junto a un fuego, o arropados en la cama antes de
dormir. Dice Carrera: “Y fue allá en el campo, por
las noches, cuando mi padre me leyó a Hudson (…) La
naturaleza entonces recobraba otra fuerza, ahora nocturna, para
nuestras afiebradas cabecitas soñadoras. Y hacíamos
miles de preguntas, miles de comentarios…” Entonces,
podemos pensar que este ensayo se comenzó a escribir cincuenta
años antes de aquella conferencia, y las reflexiones que
despliega posiblemente sean las respuestas que el poeta adulto ofrece
a esas insistentes preguntas del poeta niño.
Por su parte, un texto sobre Juan L. Ortiz leído en Madrid
el año pasado, remite a 1982, año en que se sumerge
en la lectura e influencia explícitamente reconocida del
poeta entrerriano.
3- Si la crítica surge junto con la poesía, la escritura
ensayística de Carrera teatraliza en su lujo verbal ese instante
de alumbramiento mutuo en el doble sentido de esa palabra: una arroja
luz sobre la otra; una hace nacer a la otra. Soberano momento de
indiferenciación: la reflexión crítica es inseparable
de la intensidad lírica. Y entonces, lee en Hudson a un poeta
de la levedad en su profunda admiración por los pájaros,
su atención al viento, los insectos; lee una escritura donde,
“incluso a través de la traducción entrevemos
la materia de una imaginación que se amasa a sí misma.
Y donde todo, pues se trata de una materia sonora llevada por la
saeta del viento, es sonido pasajero, levísimo, como en fuga,
retirada.”
Observemos la última oración: la fragilidad de ese
sonido escurridizo y evanescente del que da cuenta el naturalista
se reproduce en la afirmación de una imagen contundente (“materia
sonora llevada…”) que se prolonga hacia el final en
una sintaxis que se fragmenta y parece deshacerse en la acumulación
de períodos cada vez más cortos, hasta concluir en
una sola palabra. ¿No reconocemos aquí la escansión,
el ritmo propio de muchos momentos en la poesía de Carrera?
Elijo, casi al azar, un fragmento de Animaciones suspendidas:
“Tocarla, reconocerla, / como en la cama un pie, en la luz
/ un fruto: la secuela tornasol y / la exquisita fragancia de un
vapor / de un fruto: // ¿una escritura?”
Sólo a partir de ese punto de indiferenciación, la
crítica puede abordar el texto del otro y hacerlo vibrar
en la frecuencia de la propia voz, ese efecto físico conocido
como resonancia: entonces, los textos de Hudson aparecen como “sonidos
que evocan instantáneamente imágenes sin gravedad,
desplazamiento minucioso de instalaciones aéreas, eficaces.”
4- Encuentro en estas páginas la confirmación de
algo que ya percibía en los poemas de Carrera o algunas de
sus declaraciones, y es una suerte de feliz paradoja: el poeta de
la intimidad lírica, de la infancia, el que realiza la fundación
mítica de Pringles, es al mismo tiempo un poeta atento a
la ciencia y a la naturaleza física del mundo. Ese interés
sin dudas es similar al que, según confirma aquí el
propio Carrera, tenía Juan L. Ortiz por unos extraños
libros de botánica en los que se desarrollaba “exposiciones
fascinantes acerca de las relaciones físicas, emocionales
y espirituales entre las plantas y los hombres.” Es, claro,
el mismo Juanele que lee los tratados sobre las flores y sobre las
hormigas de Maeterlinck como extensos poemas científicos
en donde se entablan insospechadas correspondencias entre pensamiento,
vegetales y artrópodos.
Ya sabíamos que en El vespertillo de las parcas un
paper de Cristina Bayón y Gustavo Politis sobre las pisadas
prehistóricas en la zona de Monte Hermoso era recuperado
como metáfora de las imágenes impresas que dejan los
mayores en la memoria del niño Arturo, las vacaciones en
la playa, las huellas que el hijo y el padre dejaron sobre la arena
húmeda.
En estos ensayos, un artículo científico publicado
en Libération sobre nuestra percepción de
las cosas, y un reportaje a Miguelina Guirao, una investigadora
argentina, se convierten en motivo de una serie de reflexiones,
una suerte de tratado de las sensaciones sobre el asombro
que nos producen los objetos cotidianos cuando se los aborda con
los sentidos en estado de alerta y se les otorga la palabra. Y por
este costado, nos encontramos con la recuperación de un escritor
que en principio consideraríamos lejano a la poesía
de nuestro autor: Francis Ponge.
El poema –afirma en un ensayo clave– se configura como
una función entre el asombro de un sujeto y la cotidianeidad
de las cosas, un entramado de palabras donde lo real deviene “el
centro de un éxtasis”, allí donde finalmente
son las cosas, los acontecimientos mismos quienes hablan por el
poeta. Allí se afinca el “misterio” (otro concepto
clave en Carrera): “Si la poesía es lo cotidiano perdiéndose
en lo extraño, como afirma Georges Bataille, podemos incesantemente
acudir a ese continuo. Lo cotidiano tiene la forma, el misterio
de las sensaciones.” Y en este mismo punto, pienso, se produce
la diferencia con Ponge (quien no se sentiría cómodo
en medio de unas concepciones poéticas de reminiscencias
religiosas) y la proximidad con Juanele, sobre todo en ese poema
que cita en página 76: el poeta sólo puede dar cuenta
del río cuando él mismo siente una frescura en su
interior y comienza a fluir.
Ensayo clave, dije. Se llama “Cómo escribo un poema”,
y aunque fue publicado en Clarín en 1998, la fecha
biográfica que aparece junto al título también
es significativa: 1972, año de la publicación de Escrito
con un nictógrafo, su primer libro.
5- La crítica también como una forma de intensidad
amorosa. Cito a Carrera citando a Deleuze: “Cuando escribo
sobre un autor, mi ideal sería no escribir nada que pueda
entristecerlo o, en caso de que haya muerto, nada que pueda hacerlo
llorar en su tumba: pensar en el autor que se escribe.
Pensar en él con tanta fuerza que ya no pueda ser un objeto…
Devolver a un autor un poco de la alegría, de la fuerza,
de la vida amorosa y política que él ha sabido dar,
inventar.”
(Actualización junio-julio 2010/ BazarAmericano)
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