Matías Moscardi.
Solía escribir con su skate en el aire.
Sobre: Equilibro en las tablas, de Jonás Gómez.
Editorial Mansalva. 2010.
Quitas los pies de la lija/ quitas tu vida del mundo.
“Diferentes maneras”, Massacre Palestina.
Equilibro en las tablas es el libro de poemas de Jonás
Gómez, que ganó, el año pasado, el premio Indio
Rico, de Estación Pringles, y acaba de ser publicado por
la editorial Mansalva. El libro narra, en tres breves cantos de
gesta, el entrenamiento épico que un skater porteño
lleva a cabo para enfrentarse a su enemigo, un brasilero implacable
–Sebastiao, Ninja de las tablas– en una competencia
latinoamericana. Hasta acá el relato, la media tubería
por la que corren los versos de Jonás.
El skater es un espartano, un guerrero Jedi, un argentino. La tabla
hace del cuerpo algo transitivo: el esqueleto de un brujo que se
desliza por las cosas, sin apoyarse. No hay quietud, no hay estática:
sólo energía en movimiento, ejecución de una
Física urbana, puesta en funcionamiento de una técnica
de proporción y balance. El skater mantiene un vínculo
vial con el mundo: choca, raspa, roza, avanza, salta; en definitiva:
circula. Es puro impulso, literalmente. “En toda disciplina
hay repetición”, leemos. Por eso, el entrenamiento
del skater mixtura el ritmo del escriba, del poeta, aunque solapadamente,
negándolo: “No soy filo ni escriba/ pero leí
algunos tomos”.
El skate hace de la escritura poética un espacio de “circulación
pública”, una calle. “La tabla (…)/ es
la llave/ para reinterpretar el espacio público”. Porque
no hay que olvidar que Equilibro en las tablas es, antes
que un libro de poemas sobre el skate, un libro de poesía
a secas, neto, potente. Y como todo buen libro de poesía,
autogenera internamente su propia forma de ser leído. Digamos:
en Equilibrio en las tablas no escribe un “skater”
sino que se escribe con el skate: “No soy uno con el universo/
soy uno con la tabla/ y a través de la tabla estoy unido/
a los elementos sólidos que se proyectan bajo las ruedas/
sea plaza, circuito de práctica/ o las escaleras de una escuela”.
O en otro lado: “Soy mensaje:/ voy en tabla en contacto con
la tierra y la gravedad/ de los cuerpos cuando transitan curvas”.
El skate aparece como objeto que marca el mundo, trazando signos
en las cosas: como aquél que en el poema de Vallejo “solía
escribir con su dedo grande en el aire”, pero con el skate.
En su recuperación de la épica (porque todo el libro
está atravesado por un tono heroico que va más allá
de la parodia), el libro se vuelve –como en un giro imprevisto
por el lector– clásico, ancestral. “Apoyo la
cabeza en el suelo/ pienso en hombres que se enfrentan/ pienso en
la duda de los soldados/ y caigo en una conclusión:/ es inevitable/
para triunfar/ hay que ir a la guerra”. El skater entra en
competencia “con el sello de Esparta en la frente”.
El héroe finalmente triunfa, no hay vuelta de tuerca en esto.
Lo paródico recae en la relación con el enemigo: “El
brasu está que trina/ putea en todos los idiomas que conoce/
pero así y todo nos damos la mano/ hay que apostar a la unidad
latinoamericana”. El problema reside en distinguir cuál
de las dos –la épica o la unidad latinoamericana–
están parodiadas.
Jonás Gómez escribe la Ilíada del skate, en
un cruce que demuestra que, a veces, los mundos alternativos, que
en general son desplazados hacia el margen del campo intelectual,
pueden invertir el orden de relaciones y transformarse en enormes
dínamos imantados que atraen o seducen, con fuerza bélica,
las voces de las musas, la misma voz que le dicta al poeta, antes
de lanzarse con su skate al vacío: “Ares favorece nuestra
causa”.
(Actualización junio-julio 2010/ BazarAmericano)
|