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Graciela Goldchluk
Cuando una doncella sale a enderezar entuertos
Sobre: Saña, de Margo Glantz, Eterna Cadencia,
Buenos Aires, 2010.
En el capítulo V del Quijote, cuando el cura y
el barbero requisan la biblioteca del malhadado caballero, del loco,
se encuentran con la Historia del famoso caballero Tirante el
Blanco, del cual dice el cura: “Dádmele acá,
compadre, que hago cuenta que he hallado un tesoro de contento y
una mina de pasatiempos. [...] Dígoos verdad, señor
compadre, que por su estilo es el mejor libro del mundo: aquí
comen los caballeros y duermen y mueren en sus camas y hacen testamento
antes de su muerte, con otras cosas de que todos los demás
libros deste género carecen.”
Saña se deja leer como una novela de caballerías
ejecutada por una dama, y esto se debe a que está conformada
por una serie de textos que parecen independientes entre sí,
pero que comparten la sensación de conformar pequeñas
aventuras, salidas, y que tampoco terminan de encajar en el rubro
de las Mitologías de Barthes, aunque algunas de
sus entradas lo evoquen. La voz detrás de las voces funciona
también como quien arma una suerte de diccionario de cosas
que vale la pena mirar, que deberíamos mirar. Es que cuando
una dama sale a recorrer el mundo utiliza su mirada como una lanza;
y cuando lo hace una escritora, profesora y crítica literaria,
pone a nuestra disposición la enciclopedia y el avión,
las revistas de modas y los museos y, sobre todo, una colección
selecta de discos, conversaciones y libros con los que compone un
libro que abarca distancias y tiempos, y que reclamamos de caballería.
Margo Glantz sale al mundo y clava su lanza en territorios, historias,
personajes. Con ellos construye una narración que no se priva
del suspenso ni de la repetición. Jamás olvida que
sus personajes –que la mayoría de las veces no son
suyos sino citados libremente de un reportaje, un paseo, una conversación,
una película o un catálogo–, huelen, ansían,
tienen padre o tienen hija, se suicidan, se lavan los pies o miden
cuatro centímetros más que un enano. O menos. Los
orines de la India forman parte de su belleza aunque provoquen náuseas,
o tal vez por ello. La voz de Glantz, que aparece una y otra vez
para señalar un detalle o volver sobre lo que pasó
desapercibido, recomienda a los poetas releer Los hermanos Karamazov
para volver a encontrarse con la escena, sanadora de toda presunción,
en que Aliosha debe taparse la nariz frente al cadáver del
stáretz Zózima, que hiede. Tampoco deja historias
sueltas, no podría, de eso se trata la saña, de volver
una y otra vez sobre lo mismo, para agregar un detalle, otro punto
de vista, para recordar (es decir, para que mantengamos el corazón
atento).
Bacon, Scarlatti, el exterminio de los judíos practicado
por los nazis, Rimbaud convertido en comerciante, los modelos de
belleza femenina, la historia del calzado, la India. Es de ese modo
que la autora introduce la narración y el suspenso. El índice
engañoso nos hace pensar que es posible leer estos textos,
acaso escritos por separado, como microrrelatos o artículos
de costumbre. Sería un uso posible pero no funciona, dado
que los nombres de los capítulos nunca describen su contenido
aparente (en eso traiciona el género de caballerías),
pero la eficacia de Saña, la tremenda eficacia que
nos hizo pensar en el libro que inventó la novela y que no
termina de estabilizarse después de casi 500 años,
está en leerlo tal como fue editado. Únicamente de
ese modo se despliega ante nosotros una historia múltiple
que nos permite avizorar lo insoportable sostenido en tacones de
Blahnik, enterarnos con deleite de la maestría interpretativa
de Glenn Gould, que tose, y dar vuelta la página con curiosidad
y temor: no sabemos si nos espera la mar Oceana vista por Colón,
un horno crematorio o un paisaje de Australia.
Esta concepción de la escritura que sostiene con elegancia
Margo Glantz, la conecta directamente con lo que leemos como nuevo.
Esta profesora miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, ganadora
de casi todos los premios (Villaurrutia, Nacional de Literatura,
finalista del Herralde) y de homenajes en todas las universidades
donde enseñó, escribe como si quisiera reinventar,
cada vez, la literatura. Es posible entender desde ese lugar la
dedicatoria a Mario Bellatin en esta edición argentina del
libro, corregida y aumentada con respecto a la que publicara Pre-textos
en 2007. Ambos, escritor y escritora, ven lo insoportable y el detalle;
ambos, también, se apartan del ruido para escribir en el
intersticio de sus textos y a veces escriben con palabras de otros,
con cortes, con nombres propios. Narran como si estuvieran haciendo
otra cosa, pero narran.
Pero lo que es propio de Glantz, lo que sucede en Saña,
es que esta doncella (si acaso no lo fuera, Dulcinea tampoco podría
serlo) sale efectivamente a enderezar entuertos. No hay alegatos
en el libro, pero sí una obstinación en volver una
y otra vez sobre lo que es humano. Nada más humano que los
excrementos o la pérdida de humanidad endosada a los locos
de La Castañeda que las jóvenes de un colegio privado
visitan acompañadas por su profesora a efectos de realizar
una tarea. El entuerto que Margo Glantz quisiera enderezar mostrándolo,
como el retrato que un pintor construye alrededor del ojo bizco
de su modelo (busco el pasaje pero no lo encuentro entre las innumerables
arenas de este libro), es el de las vestimentas comerciales, políticas,
culturales, que pueden usarse para arropar o para suprimir la condición
humana. Glantz nos cuenta que aprendió de Primo Levi que
los nazis comenzaron por suprimir la humanidad en los judíos,
nombrándolos perros, madera, basura, prohibiendo en todo
momento que se los nombre como personas y encuentra en ese punto,
al que regresa una y otra vez, con una insistencia que por momentos
parece furia, una causa. Las modelos Cindy Crawford y Kate Moss
serán tratadas con la misma deferencia, aunque no con la
misma asiduidad, que Alessandro Scarlatti. Tal vez en esa observación
de lo que tienen de humanos unos y otras, en compartir con nosotros
ese detalle arrancado como un trofeo del mismo modo que Bacon decía
haber arrancado su sombra de la pared, resida la sensación
de cosa viva que sólo puede habitar una buena novela de caballerías.
Aunque parezca raro.
Ante la duda me remito al consejo del cura: “Llevadle a casa
y leedle, y veréis que es verdad cuanto dél os he
dicho”.
(Actualización junio-julio 2010/ BazarAmericano)
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