noviembre-diciembre 2017, AÑO XI, Nº 64

logo.png

Editora

Ana Porrúa

Consejo editor

Osvaldo Aguirre  /  Irina Garbatzky
Matías Moscardi  /  Carlos Ríos
Alfonso Mallo

Columnistas

Paulo Ricci
/  Ezequiel Alemian

Nora Avaro
/  Juan José Becerra

Gustavo Bombini
/  Miguel Dalmaroni

Yanko González
/  Alfonso Mallo

Marcelo Díaz
/  Jorge Wolff

Aníbal Cristobo
/  Carlos Ríos

Rafael Arce
/  Ana Porrúa

Antonio Carlos Santos
/  Mario Ortiz

José Miccio
/  Adriana Astutti

Esteban López Brusa
/  Osvaldo Aguirre

Federico Leguizamón
/  David Wapner

Julio Schvartzman

Colaboran en este número

Matías Moscardi
/  Nora Avaro

Carlos Ríos
/  José Miccio

Marcela Zanin
/  Ulises Cremonte

Flavia Garione
/  Cristian J. Molina

Federico Leguizamón
/  Rodrigo Montenegro

Juan L. Delaygue
/  Juan Ariel Gómez

Luciana Sastre
/  Sebastián Bianchi

Sergio Raimondi
/  José Fraguas

Guadalupe Silva
/  Emilio Jurado Naón

Analía Capdevila
/  Lisandro Parodi

Camila Pastorini Vaisman
/  Ariel Gurevich

Curador de Galerías

Daniel García

Diseño

Martín De Mauro Rucovsky

Mirada de la vaca y precariedad animal
De ganados y de hombres, de Ana Paula Maia, Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2015. Traducción de Cristian De Nápoli.

 

Si un animal está vivo,
es porque se comió a otro.

Carlos Busqued

Publicado en 2015, De ganados y de hombres de la brasilera Ana Paula Maia (Nova Iguaçu, 1977) nos coloca ante el matadero “Touro do Milo” y un clima social en descomposición. Desde la vasta tradición de literatura brasilera y en la que a Paula Maia se la vincula con Rubem Fonseca y Nelson Rodrigues, De ganados y de hombres se inserta, no sin cierta fricción, en la larga estirpe de relatos contemporáneos sobre mataderos y vacas: entre ellos, El matadero de Martín Kohan, El naturalista de Alberto Muñoz publicado en 2010, Bajo este sol tremendo de Carlos Busqued, el inclasificable Cuaderno de campo de Carlos Ríos de 2014, el poemario De cemento de Pablo Castro publicado en 2015, ¿Alguna vez te miro una vaca de frente? de  Iñaki Echeverria y  Esteban Castromán en 2015 y tantos otros.

Hablamos de un chivo expiatorio, un mártir y un animal rumiante. La vaca es eso, una figura paradigmática que se produce al interior de esa máquina de lectura que es el frigorífico, es decir, un territorio, zona expansiva o universo del matadero que pone el foco sobre el amontonamiento de carne, cuerpos, cadáveres. El matadero y el campo de concentración comparten un mismo espíritu alegórico, dice Agamben: “fabricar cadáveres”. Tal es la insistencia de esa analogía que bien puede leerse en distintos materiales estéticos, desde el imprescindible Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt, incluyendo Primavera de café de Joseph Roth, la película ganadora del Oscar Son of Saul del húngaro László Nemes o el análisis de Wolfgang Sofsky en La organización del terror.

La pregunta es válida, ¿otro relato más sobre mataderos? Una clave que De ganados y de hombres explora es una línea ambiental alrededor del matadero en donde la gestión política del medio ambiente afecta directamente la vida y la supervivencia de los cuerpos. Modo de afecto con el ambiente y sus componentes que permite rastrear, a partir de la geografía corporal que dibuja el matadero “Touro do Milo”, una zona de interdependencia corporal entre cuerpos, territorio, medio ambiente y recursos tecno-naturales. Si el matadero construye una frontera -siempre inestable- entre vida y muerte animal, en el relato de Maia son la sangre y las vísceras animales las que se expanden por todo el territorio hasta contaminar los ríos próximos al matarife.

El matadero, en tanto máquina de lectura biopolítica, trata de una geografía fallada, una limitrofía (el término es de Derrida) de la muerte que se encuentra expandida por todo el territorio. Alrededor del matadero “Touro do Milo” se matan vacas, operarios del frigorífico, gente en la ruta, y es así como De ganados y de hombres construye un paisaje corporal y un particular clima social cargado de muerte y asesinatos. En el centro de ese paisaje, la escritura de Paula Maia escenifica una nueva proximidad con el cuerpo y la vida muerte del animal, en donde muerte animal y muerte humana resultan, finalmente, indistintas. Matadero y cuerpo vacuno gravitan en torno a la muerte de animales y la indistinción de cuerpos humanos-animales.

Ana Paula Maia no se contenta con una detallada escritura sobre el funcionamiento del frigorífico bajo las coordenadas propias de la “nueva razón del mundo” neoliberal; su texto gravita alrededor de un suicidio colectivo de vacas y ese argumento es el que anuda el relato. De ganados y de hombres nos recuerda cómo la maquina antropocéntrica se sostiene sobre una producción alimenticia que se realiza como economía del asesinato animal o como lógica del “hay que comer” (esquema carno-falologocentrismo en palabras de Derrida). Resuenan, en este sentido, las palabras del Chef brasilero Alex Atala “Detrás de cada plato hay muerte. Y la gente cierra sus ojos ante ella”. Profecía de la tradición nacional argentina: todas las vacas serán, tarde o temprano, carne a la parrilla. Y esto tiene una consecuencia decisiva: no hay salida posible a la fábrica de muerte sino acaso interrupciones o cortocircuitos temporarios. Y el suicidio vacuno, que bien nos remite a "El matadero" de Rodolfo Walsh, será la figura que demarcara esta línea de fuga.

Entretanto se expone un procedimiento, una curiosidad del relato: el sistema de faena judío -llamado corte kosher- que produce una escena digna del campo de batalla entre vacas libanesas y vacas judías. Antagonismos económicos, religiosos y culturales que se animalizan, o deberíamos decir, se trasladan al corral vacuno. Ocurre que vacas libanesas y judías se mezclan por descuido, “porque a las vacas israelitas les gusta pastar en terreno libanes” –se lee en la novela–, entonces surge un problema de cuño epistemológico -¿cómo distinguir vacas enemigas entre sí?- 

Ese mismo espacio de cercanía entre cuerpos humanos-vacunos se produce en el interior de una industria en declive y desde allí se hace explícito un desplazamiento de la figura del trabajador y el pobre. Marcado por el ritmo de la sociedad neoliberal, alrededor del frigorífico emerge una nueva gramática de los antagonismos sociales y un reordenamiento de cuerpos y temporalidades colectivas, que no se miden, de modo exclusivo, en el mundo del trabajo. O en otros términos, se trata de un solapamiento de temporalidades o yuxtaposición de universos simbólicos que gravitan alrededor del matarife y su contemporaneidad neoliberal. De un lado, el trabajador –figura humanizante y redentora– y el pobre –alteridad radical que se biologiza y ubica en el borde de toda especie– y por otro lado pero ensimismado, el precario –revés del humanismo proletario, figura de bordes inestables, contagioso y excesivo–. Edgar Wilson es quien se encarga de aturdir a los animales en el umbral próximo a su procesamiento industrial. Ex minero y sobreviviente, el transcurrir de Wilson se parece a Zamorano (en Cuaderno de campo de Carlos Ríos), personaje cabizbajo y tosco, marcado por una cadencia melancólica.  Tal es la relación que Edgar Wilson mantiene con las vacas y sus colegas en “Touro do Milo”:

Edgar Wilson conduce con el pensamiento fijo en la oscuridad de los ojos de los rumiantes, esforzándose por tramar algún leve signo que logre revelarlos. Pero todo el esfuerzo puesto por su imaginación resulta incapaz de arrojar algo de luz en la oscuridad: ni en aquella que los insondables ojos bovinos proyectan, ni en la penumbra que lo acompaña a él mismo y recubre su propia maldad.

En esta escena, los ojos y la mirada no permiten leer rostro alguno o semblante, tal como señalara Derrida sobre Levinas. Los ojos de las vacas están cubiertos de neblina y oscuridad, asegura el aturdidor. A diferencia de Zamorano, la vaca le es opaca a Wilson, éste no se ve reflejado en sus ojos. El aturdidor es incapaz de revelar la mirada bovina porque ésta es una mirada tan profunda y abismal que resulta indescifrable. No obstante, el animal y más aun la muerte del animal, se vuelven contagiosas y magnéticas. Wilson descubre en la vaca y su mirada una instancia de reconocimiento de un espacio común, zona de adyacencia, entre cuerpos vulnerables o entre vivientes. La vaca, ese cuerpo en tránsito indefectible a la muerte –o deberíamos decir a la parilla–, se vuelve demasiada cercana y entonces ilumina una condición compartida (que Gabriel Giorgi denomina precariedad animal):

Edgar se siente tan en sintonía con los rumiantes, con la mirada insondable que tienen y con la vibración de la sangre en sus venas, que a veces se pierde en su misma conciencia al preguntarse quien es el hombre y quien el bovino.

 

Libros citados:

Agamben, Giorgio (2006). Lo abierto. El hombre y el animal. Buenos Aires: Adriana Hidalgo

Derrida, Jacques (2005) “Hay que comer» o el cálculo del sujeto”. En revista Confines,          nº 17, Versión castellana de Virginia Gallo y Noelia Billi. Revisada por Mónica Cragnolini  Buenos Aires, diciembre de 2005.

Derrida, Jacques (2008) El animal que luego estoy si(gui)endo. Madrid: Trotta

Giorgi, Gabriel (2016) “Precariedad animal”. En revista  Boca de sapo N 21. Era digital, año XVII, Abril 2016.

 

(Actualización julio – agosto 2016/ BazarAmericano)

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646