noviembre-diciembre 2017, AÑO XI, Nº 64

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En clave Selva Almada, pero urbana
Leche merengada, de Paula Tomassoni, La Plata, EME, 2015.

En agosto de 2011 Luciano Lamberti escribe un imponente prólogo para Cielos de Córdoba de Federico Falco. Parte de lo que dice sobre esa novela puede trasladarse a Leche merengada de Paula Tomassoni: cuando Lamberti asevera que estamos ante un “libro argentino, en el sentido Isabel Sarli de la palabra” se apura en aclarar el alcance de esa tan poco ortodoxa definición, localizada y deslocalizada a la vez; disparatada sin dejar de ser elocuente en su explotación del término en clave femenina. Congruente con esa díscola diseminación, agrega: “Groncho, mersa, peronista, argentino. Uno se ríe leyendo, incluso cuando la situación es dramática o patética o triste o graciosa y triste a la vez (la mayoría)”. Esa tensión con la que Lamberti juega destartalando las construcciones convencionales y ontologizantes del “ser nacional”, recorre la colección de micro-escenas que, separadas por breves subtítulos, compone Leche merengada: “El reinado de las tías”, “Por una cabeza”, “El gen de la maldad”, “Las compras”, “El encuentro de los doctores”, “Males disimulados” son algunas de esas puertas de entrada a las historias que se cuentan mientras se sigue el derrotero de unos días en la vida de Marina y su pequeño entorno.

“Se preguntaba a menudo si todas las familias eran como la suya: un mal necesario”: un comienzo menos auspicioso que aquel del clásico de Tolstoi (“Todas las familias dichosas se parecen, y las desgraciadas, lo son cada una a su manera”). Un comienzo recortado desde el presente de Marina con envíos hacia su infancia y proyecciones hacia la de sus dos hijas, en tránsito entre su casa y la de su ex marido, en vísperas de las fiestas de navidad y fin de año: “A veces fabulaba cuando miraba jugar a sus hijas. Podía ser que Felicitas jugara con la computadora y Máxima armara una casita con los muebles de las barbies, o que miraran algo por la tele. Juntas pero aisladas. Ojalá cuando crecieran fueran compañeras. Las observaba y llegaba siempre a la misma pregunta: ¿habrá heredado alguna, santo cielo, el gen de la maldad?”.

Como en cada entrada, el título de la novela también abre un enigma que poco a poco se irá revelando: entre la seriedad y el chiste, se remite a una presumida genealogía familiar que, rasgando un poco, va dejando entrever no sólo turbios negociados sino pequeños infiernos internos ligados a vínculos imposibles, a rencillas y celos que afloran ante los avatares de la cotidianeidad. El cuidado contraste entre lo que se dice y lo que se calla deja entrever estos conflictos tratados con ironía y con humor sin que ello aliviane los desgarramientos: “La tía se sentó enseguida: le preguntó a Marina por las nenas, si habían pasado de grado, si ella había terminado las clases, si se iba de vacaciones y, a modo de conclusión, le preguntó si había engordado mucho, porque notaba su cara redonda como una granada. Marina sonrió, pensando que las granadas no eran redondas, pero comprendiendo al instante que no se refería a las explosivas, sino a las frutas. Y deseó verdaderamente tener una de las otras para sacarle el seguro y dejarla ahí, bajo la mesita de vidrio, e irse caminando por la calle mientras silbaba Baby I love you de Los Ramones hasta escuchar la explosión. Demoró unos segundos pensando si llevaría o no a su madre consigo. No pudo respondérselo”.

Las descripciones también traducen el desapego de la protagonista respecto de los exigidos espacios de socialización ligados a rutinas familiares a las que responde, más por inercia que por convicción: “Su prima política tenía una cara extraña, como inarmónica, como si fueran partes de distintas caras, ensambladas en una. No era fea, sólo rara. Asustaba un poco su sonrisa inmóvil, tan tensa que tenía forma rectángula”.

Marina parece arrastrada por los preparativos para las fiestas y sus reglas prácticamente inconmovibles: otro logro de la escritura que por momentos pareciera ponerla fuera de cuadro. Una posición que contrasta con el entusiasmo del que participa de una despedida del año con amigas. Ritual desacralizado a partir de una asunción de género que arrebata a los muchachos el dominio de ciertos temas: provocativamente el subtítulo elegido para esta escena es “Malbec”.

Otro logro del texto es la estratégica construcción del registro para cada personaje. Un habla que logra verosímiles marcas de tiempo y de clase: “¿y? ¿lista para la pichicata?”, recuerda que le preguntaba Yolanda, la enfermera que la asistía en las gripes cuando niña. “Vos que sos maestra y escribís tan lindo unas palabras que emocionen pero no entristezcan”, le pide su madre a propósito del entierro de dos tíos muertos en un accidente.

Hace unos días leía en voz alta uno de los pasajes de Leche merengada que incluí en estos apuntes. El destinatario de mi misteriosa selección (había mantenido en reserva el nombre de la autora) me interrumpe: “¿es Selva Almada?”, me pregunta. No es Selva Almada, pero el libro tiene algo de su tono (además de la contundente contratapa con su firma: quienes leímos y escribimos y enseñamos a Selva cuando aún no era Selva, celebramos este envío y fantaseamos con el armado de una serie que pareciera reunir, entre otros, a los escritores que caen juntos, no sólo sintomáticamente, en estas notas). Ese tono descarnado y realista, atravesado por algo de humor y de sarcasmo y por ese uso económico y estratégico de la lengua. Ese tono calibrado desde una mirada que, desde el mismo modo de nombrar, no se cuida en ocultar prejuicios ni en desnudar estereotipos mientras cuenta historias que recrean, en especial, los andares de muchachos y “chicas de provincia”: ese es el lugar imaginario y constante de enunciación de Almada.

Algo de eso se trae en esta primera novela de Paula Tomassoni, en clave Selva Almada, pero urbana.

 

(Actualización marzo-abril 2016 / Bazar Americano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646