septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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La voz del interior
Ladrilleros, de Selva Almada, Buenos Aires, Mar dulce, 2013

Ladrilleros, de Selva Almada: ¿por dónde empezar? ¿Por la novela o por la autora? Las reseñas publicadas han mantenido un movimiento pendular entre esta novela y la anterior, ubicando a la autora como una celebrada aparición. Es que El viento que arrasa, título premonitorio si los hay, fue ampliamente elogiada por la crítica y un éxito de ventas, un best seller para una editorial independiente como Mar Dulce.
Comencemos por la novela. Ladrilleros cuenta la vida de dos familias, en realidad de una tragedia a lo Romeo y Julieta. Pero también es la historia de dos generaciones y de la imposibilidad de que los hijos comprendan a los padres y los padres entiendan a los hijos. Y sobre el casamiento o la falta de expectativas que en este caso parecen estar en un mismo plano.
           Ambientada en el Chaco hay, en la primera parte, una clara pretensión mimética al desplegar una serie de ritos cotidianos de la vida en los pueblos del interior. Allí se apela a ciertos tópicos del lugar común: el poco afecto al trabajo, el alcohol, la violencia, la tendencia a tener muchos hijos. El peligro de este abanico es que asumiera un perfil declaradamente esquemático sobre lo que suele creerse que es la vida de provincia. Pero si este nivel, el de las acciones, transcurre por caminos conocidos, lo esperable se rompe cuando entran en escena los dos personajes femeninos: Estela y Celina. Allí el narrador elabora una especie de extrañamiento.  No es que las mujeres sean la conciencia y los hombres las acciones, sino que más bien se genera una especie estado de metafísica cotidiana cuando el centro de la escena es ocupado por los personajes femeninos. En varios pasajes son las mujeres quienes asumen y hasta anticipan que el destino para esa historia ya está escrito y nada se puede hacer salvo continuar. No solo se resignan a la vida que les toca, sino que son conscientes de que la suerte está echada. Esto genera un saludable efecto, porque diluye el perfil costumbrista en el que podría haber caído Ladrilleros.

En la segunda parte, cuando la narración se dedica a los personajes más jóvenes, el relato parece mudarse al conurbano. Se mantiene el escenario pero el registro pasa a ser mostrado con “cámara en mano”. Hay algo de “material sin editar”, de fuerza documental televisiva.
Lo que se mantiene a lo largo de toda la novela es la enunciación narrativa, ese tono siempre mesurado –aún cuando lo que se esté contando sea una explícita escena de sexo o la infinidad de situaciones violentas que no escatiman recursos del gore– que permite que Ladrilleros sea un relato límpido, sin estridencias y hasta se podría decir, clásico. Por momentos este narrador regulado le resta vitalidad a la historia, porque si bien los sucesos no se detienen, asoma la certeza de que todo lo presentado esta muy bien amortiguado.

Ahora sí, hablemos de la autora. ¿Por qué Selva Almada se transformó en el último tiempo en una de las autoras más elogiada por la crítica?

Si nos enfocáramos en los aspectos más técnicos podríamos decir que:

a)                 Es una escritora sólida, maneja con solvencia la trama narrativa.

b)                 Construye personajes con espesura, reconocibles, humanos y los incluye en un marco espacial concreto, descripto con precisión, sin abusar de adjetivaciones.

c)                 Tiene una voz narrativa poderosa y personal que se ubica en una clara tradición literaria, pero con la suficiente autoridad para que no se la tome como una mera imitación.

Pero para alcanzar el lugar que hoy ocupa los méritos literarios no alcanzan. Es cierto que los comentarios elogiosos de Beatriz Sarlo significaron un elemento clave.  Hay al menos media decena de escritores nóveles que también cumplen estos requisitos técnicos y que también suelen ser recomendados por Sarlo y que sin embargo no ocupan este coyuntural olimpo. Se podría afirmar que el elemento diferencial, la dosis que hizo Almada sí y otros no, es lo que podríamos llamar “el sentimiento de culpa unitario de la crítica”. Cada época necesita que un escritor de provincia diluya el centralismo porteño. Sea Di Benedetto, Tizón o Saer, el canon necesita en su muestra un botón del interior. No es que la literatura de Selva Almada no merezca elogios, pero el lugar que hoy ocupa se debe más a una pulsión del mercado. En esencia nada cambia porque el centralismo se mantiene, incluso la misma Almada participa asiduamente de eventos en bares porteños donde siempre concurre el mismo elenco estable de 20 o 30 personas. La pregunta es otra: ¿alcanza con que Selva Almada haya nacido en Entre Ríos y que Ladrilleros transcurra en el Chaco para hablar de una literatura federal?

Dios –o el narrador omnisciente– está en todos lados, pero atiende en Buenos Aires.  

 

 

(Actualización septiembre – octubre 2013/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646