noviembre-diciembre 2017, AÑO XI, Nº 64

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Premios literarios en la Argentina
(preparada por Osvaldo Aguirre)
Responden: Laura Cardona (Tusquets), Mercedes Güiraldes (Emecé), Marcos Mayer (Letrasur) y Jorgelina Núñez (Clarín); y el escritor Leopoldo Brizuela.

Los premios literarios constituyen uno de los mecanismos de promoción y consagración tradicionales de la industria editorial. Para conocer su organización y el modo en que las editoriales los planifican y conciben Bazar Americano convocó a los coordinadores de los premios literarios más importantes de la Argentina. Así, contestan esta encuesta Laura Cardona (Tusquets), Mercedes Güiraldes (Emecé), Marcos Mayer (Letrasur) y Jorgelina Núñez (Clarín); también fue consultada Julia Saltzmann (Alfaguara), quien no respondió al cuestionario. A la vez, se incluye una entrevista con Leopoldo Brizuela, a propósito del trabajo de los jurados en los concursos literarios.

 

 

Las preguntas

 

-¿Cómo surge el premio que usted coordina y cuáles son sus objetivos?

 

-¿Cómo se organiza la lectura de los manuscritos? ¿Con qué criterio se elige a los jurados y qué instrucciones reciben?

 

-En los últimos años hubo algunas polémicas en torno a premios literarios, sea por casos de plagio como por presunta falta de transparencia en la premiación. ¿Cuál es su opinión al respecto?

 

-¿Un premio significa una consagración literaria o es simplemente una forma de promoción comercial?

 

Las respuestas

 

 Laura Cardona

(coordinadora Premio Tusquets en Argentina)

 

El premio Tusquets de Novela surgió por el deseo de los directores de la editorial de buscar, premiar y dar a conocer obras literarias de calidad. Se convocó por primera vez en el año 2005. Fue declarado desierto en dos oportunidades.

 

En cada una de las tres ciudades donde se reciben los ejemplares (Buenos Aires, México y  Barcelona) hay un coordinador del premio que se encarga de la lectura de las obras que llegan y de la primera selección para derivarlas luego a lectores elegidos por su idoneidad –quienes tendrán a su cargo la lectura y escritura del correspondiente informe–. Los informes son leídos por los coordinadores, quienes a su vez vuelven a leer las obras y realizan la última preselección para enviarlas al jurado. El jurado está compuesto por Juan Marsé, en calidad de presidente; Almudena Grandes y Juan Gabriel Vásquez, dos escritores de reconocida trayectoria; por el ganador del premio del año anterior (este año es Fernando Aramburu, ganador del premio en 2011); y Beatriz de Moura, en representación de Tusquets Editores. Los jurados no reciben ninguna instrucción más que evaluar y votar por la obra que consideren que reúne cualidades para ser premiada o no, ya que el Premio, como dijimos, también puede ser declarado desierto.

 

Cada editorial conoce los criterios y objetivos que rigen los mecanismos de selección del premio que lanza públicamente. Cuando se considera que el premio  es “espúreo”, se socava la credibilidad de los participantes y del público en general y se tiende a desvalorizar a todos los premios. De todos modos, esto no disminuye la participación de escritores, consagrados, conocidos o desconocidos.

 

Un premio significa las dos cosas (consagración literaria y promoción comercial). Cuando se elige un libro para publicar siempre se piensa en su potencial venta, y más si se trata de un premio.

 

Mercedes Güiraldes

(coordinadora Premio Emecé)

 

El Premio Emecé surgió hace 62 años, por iniciativa de los entonces dueños de la editorial. Actualmente, tiene por objetivo dar impulso a la literatura en nuestro idioma a través de un premio que ha logrado conservar y acrecentar un fuerte prestigio. Recibir el Premio Emecé es siempre un espaldarazo importante para la carrera de un escritor, ya sea publicado o novel.

 

Se organiza un jurado de preselección, que lee todos los originales que recibimos y elabora informes de cada uno de ellos. Luego se hace una selección más acotada, que se entrega a un jurado compuesto por tres escritores reconocidos. También les entregamos los informes de todas las obras, de manera que el jurado puede pedir leer cualquier obra, aunque no forme parte de las preseleccionadas. El jurado no recibe ninguna instrucción especial, salvo los plazos que tiene para pronunciarse.

 

La cuestión de los plagios o supuestos plagios es interesante y da para profundizar, pero creo que excede el tema de los premios y se extiende al arte moderno en general.  Puedo decir que el Premio Emecé es valorado como un premio claro y transparente, lo que se garantiza mediante la metodología antes descripta y la total libertad con que trabaja el jurado, sin interferencias por parte de la editorial. Hay múltiples testimonios que pueden avalar mis palabras. Nosotros damos libertad a los autores de presentarse con su propio nombre o con seudónimo, y solamente abrimos, en presencia del jurado y de un escribano, el sobre que resultó ganador.

 

Marcos Mayer

(premio Letrasur)

 

El premio Letrasur surge de una iniciativa conjunta de Editorial El Ateneo y el grupo Jornada de Chubut, como una forma de promover la producción literaria en regiones que no suelen acceder a concursos.

 

Hay un jurado de preselección que elige diez finalistas que se hacen llegar al jurado de honor, que da su veredicto. Los jurados se eligen con dos criterios: por su trayectoria y tratando de que haya una diversidad estética. No se da ninguna clase de instrucciones.

 

No tenemos opinión (sobre las polémicas por plagio o falta de transparencia) porque no hemos tenido problemas a ese respecto. Con gente idónea y un sistema de selección equilibrado esos inconvenientes no se producen.

 

Un autor premiado (que suele ser inédito) recibe el espaldarazo tanto de un jurado importante como del hecho de haber sido seleccionado en una cantidad importante de competidores. Para las editoriales el premio significa una forma de promoción que es más institucional que comercial.


 

Jorgelina Núnez

(coordinadora premio Clarín)

 

El premio Clarín de Novela surgió en 1998 y desde entonces pretende ser un incentivo a la producción y la edición de ficciones en castellano, un impulso al desarrollo de nuevos talentos y registros de escritura, y una convocatoria a la diversidad desde el momento en que llegan obras de toda la Argentina y, de manera creciente, del extranjero, en especial de los países de habla española. En este sentido, la cantidad de obras que se reciben es masiva. Quienes mandan sus obras saben que no es requisito ser escritor ni tener algo publicado. Prueba de ello son varios de los ganadores, que iniciaron su carrera literaria a partir de este premio.

Por otra parte, otra idea que lo animaba era instaurar un premio independiente de las empresas editoriales que, hasta el momento, eran las que otorgaban este tipo de galardones. Si bien la novela ganadora se publica a través del sello Clarín-Alfaguara, esta editora tiene a su cargo solamente el proceso de publicación de la obra.

 

Las obras se envían con seudónimo y en sobre cerrado los datos de los autores. A medida que van llegando, el jurado de preselección lee el material y separa las obras que considera tiene los requisitos necesarios (correcto nivel de escritura, interés en la trama, novedad del tema, entre otros) para seguir en carrera, de aquellas que no los tiene en absoluto. Una vez realizada esa primera instancia de lectura, las novelas son enviadas a un comité de lectura integrado por profesionales idóneos. Ellos elaboran un informe detallado de los méritos y los deméritos de cada una y realizan las recomendaciones correspondientes. A partir de los informes, todos los miembros del jurado de preselección vuelven a leer las obras recomendadas en su totalidad y luego de una discusión que suele ser ardua elaboran la lista de los diez finalistas. Al jurado mayor le cabe la responsabilidad de elegir el ganador y las dos menciones entre esas diez novelas finalistas. En ese momento y ante escribano público se abre el sobre con los datos del autor/a. El jurado de preselección y el de honor nunca tienen contacto con esos sobres.

 

Los jurados son elegidos por su trayectoria como escritores y por su solvencia en tanto que agudos lectores. No reciben ningún tipo de instrucción más que el ejercicio de su propio criterio.

 

Creo que la responsabilidad por los casos de plagio debe recaer principalmente en los autores que los perpetran con absoluta mala fe. Como la copia puede provenir de cualquier texto, no es extraño que a las distintas instancias de lectura se les pase por alto, a menos, claro, que se trate de obras notoria o medianamente conocidas. La detección y la condena por plagio en los concursos me parece necesaria y saludable en la medida en que desalienta a futuros amigos de los libros ajenos. En cuanto a la transparencia, es importante establecerla desde el inicio mismo del mecanismo de los concursos, dando a conocer los procesos y etapas que lo constituyen. La sospecha -y a veces la certeza- de falta de transparencia que ha cundido en algunos concursos en las últimas décadas afectan no solo la credibilidad sino también el deseo de participar en ellos, el prestigio de los organizadores y de los ganadores que quedan teñidos de una gloria espuria.

 

Un premio es una consagración literaria en tanto los autores puedan sostenerla como tal, es decir, con trabajo y talento. Particularmente en el caso de este premio creo que es un impulso importante para los escritores noveles y la posibilidad de ganar un público mucho más amplio para quienes tienen una trayectoria. La promoción comercial no se sostiene por sí sola, puede ayudar pero enseguida se notan las limitaciones.

 

 

Leopoldo Brizuela

“Los concursos tienen un poder simbólico”

 

-¿En qué concursos participaste cómo jurado, cuál destacarías como particularmente significativo?

-Entre muchos otros concursos menores –organizados por secretarías de cultura, bibliotecas, y todo tipo de institución comunitaria-, fui jurado del Premio Emecé 2011, que ganó Eduardo Berti; del Premio La Nación 2007, que ganó Jorge Accame; y de sucesivos concursos de novela y cuento del Fondo Nacional de las Artes, cuyos ganadores resultaron, entre otros, José María Gómez, Mercedes Araujo y Vanesa Guerra. Hago nombres, para destacar, más que un concurso en particular, mi satisfacción de haber encontrado, junto con mis compañeros, muy buenos libros en las sucesivas montañas de originales; y de haber sabido después que el premio había contribuido en algo a la trayectoria de escritores que necesitaban y merecían ayuda en su trabajo.

 

-Los jurados a veces tienen composiciones heterogéneas y las decisiones no son unánimes. ¿Cuál es tu experiencia al respecto?

-Cierta heterogeneidad, cierto disenso, son deseables; fundamentan la propia idea de concurso por jurados. Los vuelven mucho más confiables, claro, que cualquier homogeneidad y unanimidad automática. En mi caso, recuerdo alguna que otra discusión apasionada, pero sólo respecto de si tal libro merecía el primero o el segundo premio. Y es que por detrás de toda heterogeneidad y disenso evidentes, esenciales a la misma idea de un concurso por jurados, subyace la identidad profunda de la mayoría de los narradores. En general, los jurados de concursos de narrativa de ficción son exclusivamente escritores, casi nunca críticos ni editores; y los escritores de ficción, además de gustos, formación y opiniones críticas, tenemos criterios específicos, digamos, del oficio, derivados de la propia práctica de narrar y de la reflexión sobre ella. No es éste el espacio de exponerlos ni, mucho menos discutirlos; sólo me interesa decir que existen, que desde hace mucho tiempo han sido muy menospreciados. Pero lo que más me importa señalar es otra cosa: para los escritores de novelas y cuentos, en sociedades como la nuestra, los concursos tienen otro poder, digamos, simbólico, que casi nadie señala. Uno elige narrar sin que nadie se lo haya pedido, por pura fidelidad a su deseo; construye para ello un espacio que nadie ha previsto que ocupe, y sigue adelante solo. La aprobación de un jurado de escritores suele implicar que por fin, uno ha sido admitido, en el gremio, como un trabajador más, y que todo lo que ha hecho no fue producto de un antojo disparatado.

-¿Los editores o bien los organizadores de premios tienen algún tipo de intervención en la lectura, la evaluación de los manuscritos? ¿Un premio significa una consagración literaria o es simplemente una forma de promoción comercial?
-No. En los concursos de los que fui jurado, ni los organizadores ni los editores pretendieron intervenir en la evaluación. Lo digo enfáticamente, porque la sospecha pondría en cuestión mi honestidad y la de mis compañeros, y el valor de las obras ganadoras. ¿Y quién puede tener el derecho de hacerlo? A quien escribió una obra con enorme esfuerzo y obtuvo un premio con absoluta honestidad, ¿quién tiene derecho a quitarle mérito? Por lo demás, hay demasiados presupuestos en estas preguntas, Osvaldo. ¿Qué se considerará, a esta altura, la “consagración” literaria? Si se premia a una novela correcta pero mediocre –como sucede, claro, cuando el nivel general de obras presentadas es muy bajo (sólo alguien completamente ajeno a la historia de la literatura puede imaginar que en cada concurso hay al menos una obra maestra)–, el premio no influye en nada, las ventas son tan malas como si la hubiera publicado una editorial independiente, y el olvido igualmente inmediato. La consagración, se la entienda como se la entienda, tiene que ver con algo intrínseco del libro, capaz de resistir en el tiempo en un medio tan hostil, y que, al menos yo, sigo llamando valor literario. Y por resistir en el tiempo no hablo de las ventas, sino de la existencia continua de un grupo de lectores de esa obra, grande o pequeño, no importa, pero que siguen encontrando en ella motivos para pensar y seguir leyendo literatura. En cuanto a los premios como promoción comercial, citaría el caso que más conozco, el del Premio Clarín, para relativizar afirmaciones: en sus doce o más ediciones, ¿cuáles de las novelas premiadas compensó mínimamente la enorme inversión realizada por la empresa? ¿Cuáles de los premiados ha podido devolver con las ventas de sus novelas, al menos, el monto del premio, concedido como adelanto de los derechos de autor sobre las ventas? Me atrevería a decir que sólo Las viudas de los jueves. En fin: los premios sirven, ante todo, para ayudar al autor, en la realización de su obra, en su vida cotidiana y en su concepción de sí mismo. Si me dieran a imaginar la sociedad ideal –cosa que hace mucho que dejé de hacer- difícilmente imaginaría un sistema de concursos; pero en la sociedad en que vivimos, quitarnos esa ayuda sería uno más, quizá el más grave y quizá el último, de los atentados a la literatura.

-En los últimos años hubo polémicas en torno a algunos premios, por denuncias de plagio y por supuesta falta de transparencia. ¿Cuál es tu opinión? ¿Los premios están bajo sospecha?
-Por supuesto que están bajo sospecha, y me parece muy bien. Lo imprescindible, en este aspecto, es deslindar los diferentes tipos de sospecha, y atender sólo a las que pueden ayudar a consolidar la literatura de un país. Antes que nada: si nos fijamos bien, son muchísimos más los concursos literarios que funcionan sin inconvenientes que aquellos que terminan justificadamente cuestionados. En un plano estrictamente humano, como todos sabemos, la situación del país en materia cultural, incentiva ferozmente la competencia y llena a sus artistas de frustración y resentimiento; la situación de entrega de premios, en especial, suele desestabilizar la psiquis de muchos que no ganan. No cito casos porque estoy seguro de que avergüenzan, hoy, a los propios compañeros que fueron sus protagonistas. Como sea es fácil reconocer estos ataques, y cuidarse de ese vitriolo. Más interesante me parece señalar las políticas de desprestigio de los premios, en el sentido que esbozaba en una respuesta anterior. Uno puede sospechar que el escándalo de un concurso como el que premió  al libro Bolivia construcciones –que llegó a ocupar quince minutos del noticiero TeleTokio, según me informa Minae Mizumura–, sirve para que éste tenga una repercusión que no hubiera alcanzado ni el más maravilloso de los libros. Por otro lado, lo poco que estudié de sociología literaria me llevó a advertir que muchos de los ataques que reciben los premios provienen de instituciones a quienes convendría ser las únicas que determinaran la suerte de una obra literaria, en especial, por supuesto, de la Academia. Muchas veces noté en ciertos académicos la irritación de comprobar que los jurados de tal premio –todos escritores sin título universitario– eligen con otros criterios que los suyos. ¡Como si la evolución de la cultura determinara que la poesía, por primera vez, debiera pedir permiso para existir! Al mismo tiempo, siempre me pareció que un concurso literario que exija originales firmados con seudónimo es tan transparente como cualquier concurso académico; es más, he oído a muchísimos profesores de literatura quejarse de los concursos académicos con la misma virulencia.

 

 

(Actualización marzo-abril 2012/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646