noviembre-diciembre 2017, AÑO XI, Nº 64

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Literatura argentina y universidad
Responden Marcelo Eckhardt, Martín Prieto y Sylvia Saítta

La universidad tiene mala prensa. Sus críticos la acusan de consagrar a ciertos autores en perjuicio de otros, de desentenderse del presente, de ignorar a los jóvenes autores. Los titulares de tres cátedras de literatura argentina explican cómo preparan sus programas y qué tipo de incidencia tiene la producción contemporánea.

 

MARCELO ECKHARDT: “LEER DESDE OTRO ÁNGULO”


-El programa de Literatura Argentina de tu cátedra, entre otros objetivos, apunta a “Proponer ejes de estudio y de investigación que prueben, discutan y enriquezcan las lecturas hegemónicas, canónicas y tradicionales”. ¿Cuáles son esas lecturas? ¿Dónde se formulan?
-La historiografía de la literatura argentina se escribió, casi siempre, en la zona central del país; siempre se formularon en la zona rioplatense, desde Rojas hasta Prieto (que debe ser el único corrimiento o desplazamiento de ese centro, además de volver a la impronta individual de Rojas al escribir la historia de la Literatura Argentina). Creo que gran parte del trabajo en el campo de la crítica literaria es proponer nuevas perspectivas; en el caso de la Patagonia, leer la literatura argentina desde otro ángulo, desde un desplazamiento. Quizás surjan nuevos modos de leer y de escribir.

-Tomando algunos términos del programa, ¿qué entendés por “neobarbarie literaria”? ¿Y por una “nueva literatura crítica (académica)”? ¿La cátedra sienta alguna posición o valoración en particular al respecto?
-No sentamos ninguna valoración respecto a la neobarbarie literaria o a la literatura crítica (académica). Sí notamos dos fenómenos que titulamos como neobarbarie literaria (aquellos textos que se escriben desde espacios precisamente no centralizados en la máquina civilizatoria), tomando como eje la dicotomía propuesta por Sarmiento. Son libros que se escriben en el siglo XX y que siguen, de algún modo, las vicisitudes de la dicotomía según consigna en forma exhaustiva Maristella Svampa en su libro El dilema argentino: Civilización o Barbarie.
En cuanto a la literatura crítica podríamos definir que toda buena literatura es crítica (respecto a sus propios modos de producción). Borges, por ejemplo. Pero Piglia, en los 70, incorpora una visión crítica ligada a lo académico (de “Homenaje a Roberto Arlt”, por ejemplo, hasta Respiración artificial). Y esta modalidad ha seguido su camino hasta el presente. Hay una serie de escritores que poseen un altísimo grado de conciencia en la escritura (es como si escribieran sabiendo todas las posibilidades de lectura que se pueden realizar sobre su escrito). Y obviamente, hay una base académica, de teoría y de crítica, como sustrato de sus escrituras (además, hay otro fenómeno interesante: muchos de los escritores a su vez, son críticos de literatura en los medios periodísticos, por lo que se retroalimenta esta modalidad).

-Estudiar autores contemporáneos, ¿supone alguna ventaja o alguna dificultad en particular? ¿A los alumnos les interesan en particular los escritores contemporáneos?
-Supone una ventaja siempre y cuando se incorporen en un cambio de la historiografía o constaten una determinada tradición; apasiona incorporarlos en un programa porque precisamente, hay poco o nada escrito sobre ellos y nos permite mayor libertad en la lectura, más creatividad. Los estudiantes aceptan y propician la lectura de escritores contemporáneos, desde Martín Kohan hasta Washington Cucurto

-¿Estás al tanto de los programas de literatura argentina que se dan en otras universidades? ¿Cómo llegás a definir el tema “Escrituras que revolucionaron la literatura argentina contemporánea” como eje del programa?
-La historiografía de la literatura argentina funciona como un buen filtro a las modas que algunas veces impregnan los programas de literatura argentina. Da una perspectiva histórica, un decantamiento, sobre el que podemos trabajar los programas buscando nuevas lecturas o nuevas perspectivas. Así que no estoy al tanto sobre lo que se da en otras universidades pero sí sigo atentamente toda la bibliografía historiográfica editada.
Lo de escrituras revolucionarias está ligado a la idea de canon, es decir, entender que un registro canónico, por lo menos en Literatura argentina, está confeccionado desde obras que han transgredido fuertemente un patrón de lectura y de escritura. Se ingresa al canon por cambio y por revolución de formas, no por mediocridad y por copiar las pautas de una época, desde Borges hasta Aira, desde Girondo hasta Perlongher. Nos pareció una buena propuesta leer la literatura argentina desde la ruptura y la transgresión que, además, nos parece que es una exigencia netamente académica: estudiar y enseñar desde los cortes, los cambios y las renovaciones (una buena pregunta es ¿por qué damos tal autor o autora; por ejemplo, por qué damos Arlt? ¿Porque leímos que en Contorno era muy importante? ¿Porque la historiografía lo propone como el iniciador de la literatura contemporánea en Argentina?, etc.)

-El hecho de que un autor sea estudiado en la universidad, ¿significa su legitimación como escritor? ¿O esa legitimación se produce hoy en otros espacios?
-Se produce obviamente en otros espacios como el mercado o los medios. Pero, es cierto que el espacio académico legitima en términos de la historiografía (se inscriben en los relatos historiográficos) y creo que es un espacio altamente llamativo para los escritores (digo esto pensando en las polémicas entre “académicos” y “masivos”). El espacio académico, guste o no, genera prestigio y legitimación, por fuera del mercado (hay muchos escritores que venden pero que no se estudian en las universidades, quizás porque sus obras son muy lineales, no revolucionarias respecto al canon) o de los medios (escritores que se promueven a través de las grandes editoriales pero que no poseen, digamos, potencia para inscribirse en la historiografía).

-¿A partir de qué año estás a cargo de la cátedra?
-Estoy desde el año 2005. Queremos indagar en aquella literatura escrita en pleno desplazamiento de un punto a otro, de un centro a una deriva; porque nos parece, precisamente, una nueva forma de escribir literatura argentina, fragmentaria, un tanto evanescente (por el desplazamiento a partir del que se escribe). Nos parece una nueva forma de escribir y de leer y un desafío (leer por fuera de la historiografía o leerla en forma lateral).

Marcelo Eckhart es profesor de Literatura argentina del siglo XX (Universidad Nacional de la Patagonia, Sede Trelew)

 


MARTÍN PRIETO: “EL PRESENTE ES QUIEN MARCA LA LEGITIMIDAD”


-¿A partir de qué año estás a cargo de la cátedra de Literatura Argentina II en la Universidad Nacional de Rosario?
-En 1989 gané mi primer concurso, como profesor adjunto de Literatura Argentina I y II en la Universidad Nacional del Comahue. En el 2000 gané el del profesor adjunto de Literatura Argentina II en la Universidad de Rosario y en el 2004 el de profesor titular en la misma universidad.

-El programa se estructura en torno a la idea de “autores centrales”, algo que no es “una forzada intervención crítica”. ¿Es una idea que formula la cátedra o expresa un consenso más amplio (de la crítica en general, por ejemplo, del periodismo, etc.)?
-Cada dos años, con Nora Avaro y Analía Capdevila, cambiamos nuestro programa de Literatura Argentina, porque nos aburre repetirnos y nos avergüenza parecernos a esos viejos profesores que iban a dar clase con sus apuntes amarillentos, de tan transitados. Naturalmente, en un corpus medianamente acotado como es el de la literatura argentina contemporánea –de las vanguardias en adelante– el cambio muchas veces no es de autores o de textos, sino de perspectivas. No es lo mismo –pero es complementario– estudiar Arlt desde el punto de vista del realismo, como lo hicimos en los programas del 2006 y 2007, que estudiarlo, como hicimos ahora, como el autor central, o faro, de una historia que empieza en las vanguardias –eso que hace Arlt con las vanguardias, que es aprender del martinfierrismo y del boedismo y volverlo irreconocible de ese origen– y se proyecta, por ejemplo, hacia la obra de Salvador Benesdra, pasando por la obra de los narradores-críticos de Arlt, quienes también, a su modo, escriben una ficción arltiana, como es el caso de Oscar Masotta, Ricardo Piglia, Carlos Correas y César Aira. La idea de autor central, según la entendemos nosotros, es muy atractiva para estudiar literatura, porque por un lado, permite hacer historia de la literatura –los contenidos mínimos de las literaturas, según los planes de estudio, están organizados de modo cronológico, a la manera de un esquema historiográfico– pero permite, también, dislocar esa historia, empezarla por otro lado. Desde nuestra perspectiva, es el presente el que marca la legitimidad o la vigencia de un autor, y lo convierte en central. Es decir, la centralidad no es una abstracción basada en la calidad o en el gusto, sino en el funcionamiento que ese autor promueve hacia delante y hacia atrás: en el de Arlt, hacia las vanguardias y hacia Benesdra, en el de Juan L. Ortiz, hacia el Modernismo y hacia Saer, Paco Urondo o Néstor Perlongher, en el de Borges, hacia las vanguardias nuevamente, pero también hacia Walsh. Y lo mismo puede ser aplicado a nuestro programa dedicado al realismo. Son Benesdra, o el Aira de La villa, o Sergio Raimondi quienes le otorgan vigencia a los viejos realistas argentinos, aun a Gálvez o a Elías Castelnuovo.

-¿La literatura argentina contemporánea es un tema de especial interés para los estudiantes?
-Es extraño, pero nuestros alumnos, en Rosario –y esto lo hemos comprobado a través de encuestas– llegan a nuestra materia, que es de cuarto o quinto año, con paquetes de lecturas más bien convencionales, como si fueran jóvenes de hace cuarenta o cincuenta años quienes, por otra parte, en general, no leen blogs ni suplementos culturales. Por lo tanto, en el transcurso de un año, desde la cátedra nos interesa promover no sólo el estudio y la reflexión sino también la actualización de lecturas, bajo la premisa lamborghiniana: Lean, che.

-Al elaborar el programa, ¿qué incidencia tiene la consideración de la producción literaria y crítica contemporánea y de las discusiones coyunturales?
-Claro que no se trata de que nuestra cátedra tenga un regusto por “lo nuevo”, sino de que es a partir del presente desde donde obligadamente se construye cualquier perspectiva histórica de la literatura. Por lo tanto, la producción contemporánea y aun las discusiones coyunturales tienen su importancia, claro está, en la conformación de nuestros programas.
Seguimos con mucho interés los programas de literatura argentina, sobre todo los de Buenos Aires y La Plata. Tenemos, con sus profesores, mucha afinidad. También con algunos de Mar del Plata, de Bahía Blanca y de Santa Fe. Pienso que en esa línea: Santa Fe, Rosario, Buenos Aires, La Plata, Bahía Blanca, Mar del Plata, están produciéndose y pensándose cosas muy interesantes en cuanto a la literatura argentina y su relación con la enseñanza y la Universidad, y no obligadamente en las cátedras de Literatura argentina.

-El hecho de que un autor sea estudiado en la universidad, ¿significa su legitimación como escritor? ¿O esa legitimación se produce hoy en otros espacios?
-No creo que la Universidad legitime, ni canonice, ni nada. Recuerdo que hace muchos años –pero no tantos– los jóvenes narradores tenían, cada año, enormes expectativas de “entrar” en el programa de Literatura Argentina de Beatriz Sarlo, de la UBA. Para empezar, porque los alumnos eran multitud y Beatriz los obligaba a comprar los libros que se daban en el programa, por lo tanto, quien entraba en el programa, garantizaba la venta de 300 o 400 ejemplares en la temporada –que en muchos casos, claro está, iba a ser todo lo que fuera a vender esa edición. Pero también porque entre tantas otras ilusiones de los años 80, existía la de la legitimación que le daba a un autor formar parte del canon universitario (y sus penosas consecuencias: los falsos malditos cuya condición de malditos la daba, justamente, no formar parte de un programa de la Universidad). Creo que la ley de educación superior del gobierno de Menem, que permitió que se creara una universidad por metro cuadrado, y el exilio de muchos profesores de la UBA a universidades más pequeñas contribuyó de manera decisiva a la paulatina decadencia de la UBA como centro de legitimación de escritores, y al final de esa ilusión de los ochenta. ¿Quién legitima ahora? ¿Quilmes? ¿Tres de Febrero? ¿San Martín? ¿Lanús?

Martín Prieto es profesor titular de Literatura Argentina II (UNR)




SYLVIA SAÍTTA: “HAY UN PREJUICIO ANTIACADÉMICO”


-En términos generales, ¿cómo se planifica el programa de Literatura Argentina II?

-Dado que la materia la cursan estudiantes para los que probablemente sea la única literatura argentina en la carrera, para mí lo ideal es dividir su contenido en materia y seminarios. Entonces los programas de la materia tratan de combinar ejes diferentes con un conjunto de escritores que tienen que estar sí o sí en un curso de literatura argentina del siglo XX, y se deja la producción más estrictamente contemporánea para seminarios, cursados por estudiantes que se van a especializar en el área o que tienen un particular interés por la literatura argentina. De hecho yo he dado seminarios de literatura de los años 90 o de reescrituras de la dictadura, en un período que va de 1983 a 2003. La materia avanza sobre lo contemporáneo en su última unidad.

-¿Cuáles son esos autores que tienen que estar sí o sí?
-Nosotros armamos un consenso del siglo XX con Borges, Arlt, Cortázar, Saer, Walsh. Y con géneros: tiene que haber poesía, porque si no la narrativa nos come el programa.

-Al margen de los autores, ¿hay ejes o problemas que tienen que ver con discusiones contemporáneas?
-Sí. Sobre todo en los programas que armamos a partir del eje de la violencia, que se fue angostando. Un primer programa era la violencia en la literatura argentina a partir de una hipótesis crítica que pone a El matadero como el texto fundacional de la literatura argentina. Ese programa era bastante más general; trabajamos también violencia de género, violencia privada, violencia institucional y violencia política. En la repetición de este programa fuimos angostando para adecuar mejor los textos a la bibliografía crítica y centrarnos en un problema más específico. Creo que efectivamente la violencia política es un tema que se está discutiendo en ámbitos disciplinarios diversos, hay nueva bibliografía y por eso elegimos ese eje. Los programas tratan de combinar un conjunto de escritores, un saber sobre la literatura argentina pero también temas que nos tocan, que están en el horizonte de problemáticas que se discuten en otras áreas.

-Al tener menos bibliografía, ¿la lectura de los autores recientes ofrece mayores posibilidades?
-Abordar escritores nuevos produce algo muy interesante: al no haber palabras autorizadas que hayan dado sus lecturas, los estudiantes se largan más a pensar los textos y menos a repetir lo que la crítica ya dijo. Son trabajos igualmente interesantes pero diferentes. Abordar Arlt, Borges, después de todo lo que se ha dicho, es un desafío; y abordar un texto de Chejfec sobre el cual no hay nada escrito es un desafío distinto. No porque haya más bibliografía es más fácil abordar un texto, a veces al contrario: ¿cómo decir, hoy, algo nuevo sobre Borges? A mí me gustó mucho dar textos extremadamente actuales porque la discusión en el aula fue magnífica. Ahí ya se empezaron a jugar cuestiones de gusto, de valores. Uno no dice me gusta o no me gusta Arlt, esa pregunta nadie se la hace, mientras que si uno da Fresán, Chejfec o Pauls la pregunta reaparece en el debate.

-A veces parece que la universidad estudiara sólo a determinados autores, despreciando a los de difusión masiva. ¿Es así?
-Hay un gran prejuicio con respecto a lo que se hace dentro de las universidades, que se construye en primer lugar a partir de no saber lo que pasa ahí adentro. Es más fácil decir “esto en la academia no se ve” y armar dicotomías que son falsas. Decir “a mí en la academia no me leen” construye una imagen atractiva de escritor. A partir de esta frase se demoniza desde una ignorancia total. Esto quedó claro en el debate sobre Osvaldo Soriano en los programas de literatura argentina. La otra cuestión es que se focaliza en el programa de Literatura argentina cuando la literatura argentina es tema de otras materias. Las cátedras de teoría literaria suelen trabajar con literatura argentina y literatura latinoamericana, por una cuestión obvia que es que no son textos traducidos, y ni hablar de los seminarios.

-¿Por qué existe ese prejuicio?
-El prejuicio antiacadémico viene desde los años 80, cuando se armó la dicotomía entre escritores universitarios y escritores del mercado. Eso generó un debate, no sé si productivo, pero que funcionó muy bien en los 80 y no se volvió a revisar. Es evidente que esa dicotomía no funciona, quienes escriben en los medios son egresados de la carrera de Letras. Salvo que pensemos que la gente es esquizofrénica, son las mismas personas que pasan de un ámbito a otro sin que eso sea pertenecer a mundos opuestos. Más bien creo que hay alguna figura de escritor que se construye desde lo antiacadémico, y además se le otorga un poder de legitimación a la universidad que sí, efectivamente, tuvo en los 80, en un momento de reconstrucción del campo cultural. Ahora, conservar esa idea del campo cultural y de la función de la universidad, treinta años más tarde, me parece equivocado, anacrónico.

-A propósito de los 80, en esos años la universidad pública se adelantó en el reconocimiento de escritores como Saer o Aira. ¿Fueron casos excepcionales o ese sentido de anticipación forma parte de la indagación académica?
-Depende de los momentos y con respecto a qué escritores. Ya en la década del 50 Contorno era una revista hecha por universitarios y la relectura de Arlt viene de ahí. En ese momento, esos jóvenes universitarios leyeron de otro modo el sistema literario, colocaron en el centro escritores que no lo estaban, mandaron a los márgenes a escritores que estaban en el centro, como Mallea. Probablemente esto tan visible en los 50 deja de serlo en los 60, donde hay gran cantidad de actores en el campo literario que hicieron que la consagración del escritor no pasara necesariamente por la universidad. El 80 es otro momento donde vuelve a pasar por la universidad. Pero no me atrevería a hacer leyes generales sobre cómo funciona la universidad con respecto a la consagración de los escritores sin pensar en el período en que sucede y en el resto de los actores. En el día de hoy creo que no está claro, pero la consagración no pasa por la universidad y tampoco por el periodismo.

Sylvia Saítta es profesora titular de Literatura Argentina II (UBA).




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646