marzo-abril 2017, AÑO XI, Nº 60

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Columnistas

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Julio Schvartzman

Colaboran en este número

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Santiago Venturini
/  Ulises Cremonte

Sara Bosoer
/  Mariana Catalin

Rodrigo Montenegro
/  Mariana Catalin

Javier Gasparri
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Silvio Mattoni
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Martín Armada
/  Mario Cámara

Claudio Dobal

Curador de Galerías

Daniel García

Diseño

Mario Ortiz

El bosque de signos
El ojo y el paladar

Las palabras y los colores

 

Fui a una pinturería y se me presentó un interesante problema de filosofía del lenguaje. En el mostrador tenían un catálogo con las distintas tonalidades que uno puede elegir. El librito tenía 288 páginas, cada una con siete colores, lo que da 2016. Cada uno de ellos tiene un código (numérico o alfanumérico que el empleado carga en una máquina para preparar la pintura en forma automática) y un nombre. Esto es lo interesante: ¿de qué modo nombramos a los colores en nuestro lenguaje cotidiano? ¿La realidad coincide punto por punto con lo que nombramos?

En nuestro lenguaje ordinario no tenemos 2016 nombres específicos para cada color. ¿Eso lo hace defectuoso? No necesariamente. A los fines prácticos (aventuro rápidamente) nos manejamos con una paleta relativamente reducida (verde, marrón, rojo, por ejemplo) y a partir de allí, para especificar un matiz, agregamos adjetivos (claro, oscuro) o sustantivos que lo particularizan (verde botella, verde musgo, verde esmeralda). En otros casos, el nombre proviene de la cosa que posee ese color de un modo característico (borra/vino, mostaza, etc.) Ahora bien; las fábricas de pintura realizan una segmentación de lo real muchísimo más minuciosa: asignan nombres distintos a lo que para nosotros son apenas diferencias de matices cromáticos, no siempre distinguibles a simple vista. Y en esa necesidad de nominar, recurren a todo tipo de metáforas, asociaciones, connotaciones, etc.: Luz de Floresta, Musgo Brumoso, Navegación Tranquila, Frío Súbito, Néctar de Damasco, Rosa de Hadas, Inocencia, Mirada de Ángel… No es un poema ni un delirio mío: son ejemplos que extraje del catálogo de ALBA que ustedes pueden consultar online.

¿Realismo? ¿Idealismo? ¿Lo real determina nuestro lenguaje? ¿Nuestro lenguaje determina lo pensable y lo que entendemos por real?

            Mientras tanto, yo compré un litro de Enaltecer.

 

Las palabras y los sabores

 

De acuerdo a mi memoria de la infancia, estoy casi seguro de que en la década del 70 los argentinos se manejaban en su vida cotidiana con un espectro muchísimo más reducido de variedades de vino que se distribuía en dos grandes grupos: vino de mesa y reserva, los cuales a su vez se dividían en blanco, tinto y clarete o rosado. Por diversos factores económicos y culturales, desde la década de los 90 en adelante se verifica en cualquier comercio un desarrollo formidable de marcas, sabores, varietales y cosechas que hizo estallar el adjetivo “reserva”, de nuevo, en una multiplicidad de metáforas, de sinestesias e imágenes que evocan sabores, aromas y texturas. Incluso, ciertas personificaciones (la prosopopeya, como lo denominaba la retórica clásica) no se hacen esperar: me informo de que los vinos, entre otras características, pueden ser “agresivos”, “alegres”, “elegantes”, “decrépitos” o “vigorosos”.

Las botellas exhiben en su etiqueta trasera la así llamada “nota de cata”, textos breves donde las descripción objetiva de la bebida se aproxima a la sensualidad de un poema modernista. Cito algunos casi al azar que encontré en algunas páginas de Internet. En un bonarda, el catador determina: “De color rojo azulado. Aromas a frutos rojos maduros con notas fl­orales y ahumadas. Sabor muy frutado e intenso, taninos firmes y redondos”. En un merlot: “La nariz es intensa y concentrada, con aromas a mermelada de cereza negra y notas de tabaco y vainilla. La sensación en boca es suave e incitante, con dejos a fruta madura (cereza, ciruela) y un final grato y persistente”. En un cabernet-sauvignon: “Fresco, frutado aterciopelado. Aromas de frutas rojas y negras, violetas y chocolate. De gran estructura y cuerpo, un vino de carácter y exquisita elegancia”. Hasta el tintacho que pongo en mi mesa se considera en la necesidad de evocar “la fertilidad del suelo, los días templados y las noches frescas”. El texto de un humilde tetrabrick no da para imágenes exóticas sino para un sencillo ambiente criollista.

 

Entre el ojo y el paladar, entre la retina y las papilas se juega una serie de fenómenos estéticos (aisthesis, percepción sensible) y categorías conceptuales cuyos límites son inestables y por momentos tienden al desborde. Para mitigar la ambigüedad y el capricho personal, algunos investigadores australianos elaboraron un vocabulario jerárquicamente estructurado de todas las sensaciones de boca perceptibles en vinos tintos. El objetivo era asistir a los degustadores en la interpretación y uso de terminología. Así, elaboraron una “rueda de sabores”:


 

¿Dónde comienza un matiz de color y termina otro? ¿Qué intervalo existe, en el caso de los sabores, entre las suavidades de gamuza natural y gamuza sintética?

El catálogo de ALBA, la rueda de sensaciones de la boca, el diccionario, el sistema taxonómico de Linneo: así en las palabras como en la pintura, los vinos y los vegetales.

 

 

(Actualización marzo – abril 2014/ BazarAmericano)

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646