marzo-abril 2017, AÑO XI, Nº 60

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Movimiento creciente
Un recuerdo de Juan L. Ortiz

En junio de 1976 el periodista Daniel Kon entrevistó a Juan L. Ortiz para la revista Siete Días. La nota se publicó al mes siguiente y contuvo varios de los tópicos que se hicieron más o menos habituales en las conversaciones con el poeta entrerriano: las boquillas exóticas que usaba para fumar, su aislamiento, el modo en que dedicó la vida a la poesía. En esa deriva surgió al pasar un recuerdo: “Una vez -dijo Ortiz- estábamos con Paco Urondo, aquí en el jardín, y arrancamos unas flores para regalarle a Gerarda (Irazusta, su esposa). Pero cuando nos descuidamos, la chiquita estaba enterrando de nuevo las florcitas en la tierra. Ella restituía el orden natural que nosotros habíamos violado”.

La relación entre Ortiz y Urondo siguió cursos significativos en cada una de sus historias de vida. Ya se ha observado que en la última etapa de su vida, Urondo adoptó el apellido del poeta entrerriano como nombre de guerra, mientras militaba en Mendoza. Pero también lo citaba en los comienzos, y también en algo relacionado con esa provincia. En su primer texto publicado, “A propósito de Mendoza”, una especie de crónica de viaje y reflexión sobre el paisaje, Urondo refiere a Ortiz como el poeta representativo del Litoral y lo asocia con Jorge Enrique Ramponi, como poeta de Cuyo; son obras emblemáticas, dice, en el sentido de que “suponen todas las características de una agrupación humana desarrollándose en un paisaje determinado, llevadas a sus últimas consecuencias en una forma sumamente depurada”; “Como Juan L. Ortiz canta a su Paraná o por lo menos enhebra sus problemas con él y no puede alejarse de sus murmullos, Jorge Enrique Ramponi es el cantor de la piedra”. El artículo se publicó en la revista Trimestral, de Santa Fe, en 1952.

Urondo dedicó más tarde dos entrevistas y una reseña a la obra de Ortiz, cuando la Editorial Biblioteca, de la Biblioteca Constancio C. Vigil, de Rosario, emprendió la publicación de En el aura del sauce. La primera entrevista, “Sabiduría de intemperie” (Panorama, septiembre de 1970), refiere en su título a una de las ideas centrales en Ortiz, según la cual la poesía “es asimismo, o acaso sobre todo, la intemperie sin fin/, cruzada o crucificada, si queréis, por los llamados sin fin/ y tendida humildemente, humildemente, para el invento del amor”. Urondo la tenía presente desde tiempo atrás, como muestra una primera cita en un artículo sobre el pintor Monsegur, publicado en 1963 en la revista Leoplán.

En aquella primera entrevista, Urondo transcribe aquel episodio que Ortiz recordará seis años después: “Allí (en Gualeguay) nacerá su nieta que motivará algunos poemas recientes –«perdón por la beatería» –; Juan L. arranca una flor en el parque y le dice: «Tome m’hijita, llévesela a su abuelita». La niña –«con la sensibilidad normal de una chica; no digo natural porque los chicos son extraordinarios»– hace como que se va pero trata de reintegrar cuando no la miran, de enterrar esas flores en el lugar en que estaban: «restituir a la naturaleza, mire usted, el orden ese que yo había violado al arrancar esas florcitas»”.

La segunda entrevista de Urondo, “El poeta que ignoraron” (La Opinión, julio de 1971) es una ampliación de la anterior. Si bien está formulada en presente, y  agrega declaraciones nuevas, la base del texto es la del publicado en Panorama. Entre otros cambios, Urondo omite la historia de la flor para Gerarda y la intervención de la nieta de Juan L.

El episodio en cuestión trasciende el plano de la anécdota. Ortiz lo cita como una especie de exempla que muestra el sentido de observación de los niños, que debería ser, dice, el de los poetas, “ese poder de mirar con cierta virginidad y sorpresa, de mirar más allá de las cosas” y apreciar así que “el sentido de relación está en todas las cosas vivientes”. La diferencia entre ambos relatos es mínima, pero significativa: Urondo se retrae de la escena y la cuenta como algo de Juan L. y su nieta; Ortiz lo incorpora, lo hace parte de su sorpresa y de la revelación que acontece ante el gesto de la niña.

Seis años después, de acuerdo al texto de la entrevista, Ortiz recuerda el episodio de modo aparentemente casual, cuando Daniel Kon le pregunta si le agradan los niños. Pero en esos días, el 17 de junio de 1976, un comando policial había asesinado a Urondo en Mendoza. La noticia se publicó en los diarios con la retórica con que la dictadura disfrazaba sus crímenes. Ortiz vivía en Paraná, distanciado de los grandes centros culturales, como estuvo durante casi toda su vida, pero esa marginalidad no implicaba que estuviera desconectado del mundo, al contrario; varios de sus amigos y visitantes testimoniaron sobre su afán de mantenerse al día no sólo en términos literarios.

La conversación siguió y, como cierre, Kon le hizo una pregunta que ya le había hecho Urondo seis años atrás, prácticamente en los mismos términos, a saber, si no temía ser absorbido por la cultura oficial. En la entrevista publicada en La Opinión, Ortiz contesta de modo algo desvaído e incoherente, o por lo menos así lo refiere el texto: “Esto sería muy grave. De ningún modo, de ningún modo: llegar a lo que han llegado amigos que aprecio mucho. Sería echar a perder todo”. En la de Siete Días adquiere otro espesor: “Esa sería una de las desgracias más grandes. Por mí no, sino por la poesía misma; por el hecho de convertir en algo de valor legal algo que de por sí no lo es. Porque de esto no me caben dudas: la poesía es ilegal”. En esa respuesta estaba también el recuerdo de Urondo.

 

(Actualización marzo – abril 2014/ BazarAmericano)

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646