julio-agosto 2017, AÑO XI, Nº 62

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(Noel) Scott (Engel) Walker

Diez años. Y otros diez. Y otros diez años. El tercero se llama Bish Bosch. El tercer disco. El tercer disco en tres décadas del artista llamado Scott Walker. Noel Scott Engel. Y los tres son, para mi gusto, lo mejor. Mis proverbiales reservas de música para la estadía en una isla sin nadie, plagada de insectos y de paltas. El sitio sería inadecuado, tal vez, para escuchar estos discos cuyo tono es más bien nocturno, música de bóveda en la noche, pero tal vez no. Porque Scott Walker insiste en que los discos (Tilt, The Drift, Bish Bosch) son comedias, aunque a la Beckett, a la Tarr. Béla Tarr es uno de sus cineastas favoritos: es importante saberlo, porque se trata de discos que existen en el horizonte del cine. Discos de un mundo de salas de cine que va desapareciendo. Pero nada desaparece nunca, no del todo. Si algo pudiera desaparecer, Scott Walker hubiera desaparecido.

Noel Scott Engel (nacido en 1943) se convirtió en Scott Walker hacia comienzos de la década de 1960, cuando integró un trío que se iría a llamar The Walker Brothers (ninguno de los tres tenía ese apellido). En California. Y empezaron a grabar y a dar shows; lo que salía era pop, gran pop de orquesta. Violines, sobre todo, y la voces ascendentes. Pero muy pronto se fueron: a vivir a Inglaterra, donde el éxito, al principio, fue brutal, a niveles, casi, de Rolling Stones, aunque lo que hacían parecía dirigirse a otra gente, más plácida. ¿Pero se trataba de otra gente, era más plácida? Adolescentes, sí, ¿pero los mismos? Los Hermanos Walker cantaban baladas de amor, sobre todo, pero Engel iba al cine, en Londres, a las salas de Londres que mostraban el nuevo cine, sobre todo europeo. Su preferido de entonces era Bergman: El séptimo sello. Aborrecía los shows, aborrecía las presentaciones en la televisión, empezaba a adorar las canciones de Jacques Brel. Y pasó: que inesperadamente (como siempre) pasó el momento de los Walker. Los discos dejaron de venderse. Los miembros del trío no se soportaban. Suficiente, se dijeron: cada uno, más o menos, por su lado.

Entonces, Noel Scott Engel produjo cuatro discos fabulosos. A su manera. Discos que tienen, de los años en los que se produjeron, las orquestas deslizándose detrás de acordes discretos de la guitarra (o del arpa) y pulsaciones brevísimas del bajo, además de las imágenes: uno camina por la calle, llueve, vemos a una mujer, y las vidrieras... Como siempre, lo mejor y lo peor de una época son un poco lo mismo. Pero los discos de Scott Walker son auténticamente depresivos. No solamente las letras, sino también lo íntimamente atónito de la voz y la resistencia de los acordes a establecerse del todo en alguna tonalidad, como si no quisieran estar en la canción que ahora les toca. Claro que hay momentos muy José Feliciano, pero estos momentos vienen tan de la nada que refuerzan la ambigüedad, la bruma de lo que los rodea. La ambigüedad, la bruma, por otra parte, crecen: de Scott (el primero de los discos solistas) a Scott 2 (el segundo), de Scott 2 a Scott 3, de Scott 3 a Scott 4... Que no se vende para nada, lo que hace que las compañías discográficas comiencen a retirar el apoyo que le habían dado: ya no habrá más cientos de violines, comienza la época de oscuridad.

Pero también, a la larga, la más luminosa. Es decir, la menos. Después de algunos movimientos vacilantes, Walter inicia su carrera madura. Con Climate of Hunter, que empieza como luego empezarán, propenderán a empezar, sus discos: con campanillas de hojalata hechas sonar por animales que se mueven. Los discos de Scott Walker hacen por los animales lo que hacen las novelas de J. M. Coetzee, otro devoto beckettiano. Y bajos y la voz, baritonal. Y en el medio teclados muy años 80, que en los discos que siguen desaparecerán para no dejar, en el centro, nada. Tambores, tubos y otras oquedades. Campanillas, aunque no las mismas, abren, en 1995, Tilt, todavía más ominoso, en parte por las cuerdas: canciones orquestales, cuya relación con el pop es de sombra. Aquí es también, más aun que en Climate of Hunter, la política, la del siglo XX: Bolivia '95, por ejemplo, que le da el título a una de las canciones, cantada como en un cabaret imposible.

Es que con Coetzee comparte (Walker, digo) también la convicción de que un artista debiera inscribir en lo que hace, como sea, la realidad de la tortura. La convicción late en los últimos discos, The Drift y, sobre todo, Bisch Bosch, y toma la forma de canciones compuestas con metales que chocan (láminas, cadenas) y martillos que impactan en la carne, además de la voz, cuya impavidez apenas esconde variedades de sollozos. Y, sobre todo, por todas partes, más numeroso y drástico que en cualquier otra música del disperso presente, el silencio. Hay que escucharlos y, si se quiere saber más sobre la curiosa trayectoria de Scott Walker, leer una reciente biografía escrita por Paul Woods (The curious life and times of Scott Walker) y una colección de ensayos editada por Rob Young (No regrets: Writings on Scott Walker).

 

 

(Actualización septiembre – octubre 2013/ BazarAmericano)

 




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ISSN 2314-1646