septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Ausencias reales
Posdata sobre la noción de autonomía

Después de una mesa en el último FILBA en Santa Fe, un amigo mío de filosofía me dice, perplejo: “Me  sorprende que ustedes se sigan ocupando del problema de la autonomía: para la filosofía, es decir, para la estética, es un problema viejo, saldado”. Yo le contesto que la cuestión había sido reflotada por la idea de “postautonomía”. Y trato de explicarle lo que trato de explicarme a mí mismo, sin terminar de entenderme del todo, pero cuya idea sería más o menos la siguiente: la postautonomía no existe; lo que Ludmer llama postautonomía es, en realidad, la autonomía.

Cito tres versiones de la autonomía (o de la postautonomía):

“Autonomía, para la literatura, fue especificidad y autorreferencialidad, y el poder de nombrarse y referirse a sí misma. Y también un modo de leerse y de cambiarse a sí misma” (Josefina Ludmer).

“Por un lado, una literatura de mercado (que se piensa a sí misma, paradójicamente, como una literatura “autónoma”), dominada por los “grandes” premios literarios, una ficción urdida para estafar a los lectores, una literatura escrita deliberadamente para la escuela. Por el otro, un conjunto de escrituras experimentales, “postautónomas” (como las llama Josefina Ludmer), que formulan preguntas radicales al presente, a la relación de uno mismo (del sí mismo) con el presente (o con la muerte, o con el cuerpo, en fin: esas grandes obsesiones de todos los tiempos). Literaturas que declinan incluso el honor de integrar el panteón literario, en favor de otro tipo de relación con la escritura” (Daniel Link).

“La acusación, la defensa y el jurado coinciden: lo peligroso es la no supeditación de la obra de arte a ningún fin moral o religioso. Lo peligroso es la autonomía de la literatura, de la obra de arte (es curioso: la sociología de la literatura ve a este momento como el momento de creación de los campos autónomos, de las posiciones en el campo literario como mecanismo de legitimación y no como el comienzo de una desmesura, el lugar de una tragedia)” (Damián Tabarovsky).

Me parece que en las dos primeras, la autonomía es una noción histórica: la autonomía definió a la literatura en tal época y la posautonomía la define ahora. La tercera, es una definición no histórica (estoy tentado de llamarla “filosófica”). Es, al modo adorniano, una definición negativa: entiende que la autonomía no es lo que entendió la sociología literaria. Mi idea es esta: en las dos primeras definiciones, se presupone la versión sociocrítica o de sociología literaria. “Especificidad” es el correlato formalista (viejo, caduco) de la noción de “campo” (actual, candente, una vez que la cuestión de la especificidad se da por saldada).

Tabarovsky no define: piensa la autonomía como un comienzo de la desmesura. Pero ese comienzo es siempre un recomienzo. O, dicho de otro modo, ese comienzo de la desmesura quizás no ha terminado de comenzar nunca.

La autonomía comienza siendo (y no es otra cosa que este presente continuo: Adorno, que yo sepa, nunca la define) este movimiento negativo por el cual el arte (Adorno habla de arte) se separa de toda determinación extraartística que dicte su concepto (cualquiera que sea: política, filosófica, sociológica, pedagógica, económica, etc.). Pero esta separación (abrupta: esta desmesura) es puramente negativa, porque carece de un fundamento propiamente artístico: “Al perder las categorías su evidencia a priori, también la perdieron los materiales artísticos, como las palabras en la poesía” (Adorno). La autonomía no es una época histórica que define al arte, sino la conciencia instantánea (presente, inactual) de la falta de toda definición del arte, incluida la definición artística: “El arte extrae su concepto de las cambiantes constelaciones artísticas. Su concepto no puede definirse”. Esta lección no es la del esteta Adorno, sino la del arte moderno: esta imposibilidad del arte de definirse es lo que llamamos autonomía. Sobre esa experiencia teoriza Adorno. La autonomía nombra la experiencia del arte moderno y no su concepto.

Pero sucede que la sociología literaria y el formalismo a-historicista (de modos distintos) se apropian de la noción: la primera la convierte en “campo literario”; la segunda, en “especificidad”. Lejos de ser contrarias, se complementan. Por supuesto, dan cuenta de un estado de cosas: el momento en que la autonomía se convierte en un concepto de la obra artística. Esta transformación es un error de algunos críticos, de algunos teóricos e incluso de algunos escritores. El arte, la literatura, no tienen nada que ver con ella.

De modo que, cuando la autonomía se convierte en lo que define a la literatura, esa inmanencia deviene trascendencia: hay algo extrínseco que define a la literatura. No importa que antes eso extrínseco haya sido inespecífico (la política, la estética, la ciencia) y ahora sea específico (la literatura): sigue siendo heterónomo. La literatura no se deja definir por nada, ni siquiera por la literatura: la postautonomía no es otra cosa que la afirmación del gesto autónomo en la era en que la autonomía se ha convertido en determinación exterior de lo que la literatura es (y ha remplazado a la política y a la estética). De nuevo cito a Adorno: “Esto quiere decir nada menos que el arte tiene que salir de su propio concepto para poder serle fiel”.

Por eso, ese “conjunto de escrituras experimentales” que “formulan preguntas radicales al presente” y que “declinan incluso el honor de integrar el panteón literario”, describen de modo muy preciso lo que Adorno entendía por autonomía (“Realmente apenas es posible un arte que no experimente…”). La autonomía no tiene que ver ni con la especificidad, ni con el campo literario, ni con los premios literarios, ni con el mercado: es el gesto que designa el ausentamiento del sí-mismo que caracteriza al arte y a la literatura. No es, por lo tanto, “el poder de nombrarse y referirse a sí misma”, sino  el poder de sustraerse a cualquier definición (política, filosófica, económica, pero, sobre todo, literaria). Contra la traducción a la sociocrítica o al formalismo ruso, Tabarovsky traduce al pensamiento blanchotiano (y si no lo hace me parece que habría que hacerlo): la autonomía no es nada más (nada menos) que ese gesto desmesurado de la obra que se niega a hacer obra.

 

 

(Actualización mayo – junio 2013/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646