julio-agosto 2017, AÑO XI, Nº 62

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Ausencias reales
La dispensa del canon

Nunca leí a Manuel Gálvez. Tampoco a Eduardo Mallea ni a Hugo Wast. Sí he leído acerca de ellos. Lo suficiente, digamos, para hacer uso de mi derecho a no leerlos. Por ejemplo, el trabajo de María Teresa Gramuglio sobre Gálvez para la Historia de Jitrik: basta con leer ese texto, y ya a uno se le van todas las ganas de leer al primer novelista argentino, si es que alguna vez las tuvo.

Esta actitud, que puede ser fruto de la pereza o la negligencia, es bastante discutible. Alguien podría argumentar, con buen tino, que uno no puede tener prejuicios para con las obras literarias y que es más serio ir a leerlas para formarse un juicio propio. En general, quien trabaja con literatura no suele admitir no haber leído tal y tal cosa. En el caso de autores como Gálvez, en general la cuestión ni siquiera se plantea: se puede decir que es malo sin haberlo leído, como se puede decir que el Ulises de Joyce es bueno en la misma situación de ignorancia.  

Contra el argumento del lector prejuicioso, yo invoco el derecho a no leer. Me parece una posición mucho más realista. Porque, si uno tuviera que formarse por sí mismo una opinión de cada obra de la historia literaria, ¿no abriría eso un panorama inmenso, desolador? Si ya cuando nos imaginamos frente a la biblioteca universal canónica nos gana el desaliento porque, con melancolía borgiana, experimentamos la imposibilidad de abarcar el todo, ¿qué sería de nosotros entonces si, además, hubiera que incluir las obras de quienes estuvieron en esa biblioteca y fueron expulsados? Pero, también, leer a los contemporáneos, otra demanda, supongo que porque hay que “estar al día”. Si ante el mero canon no nos da la vida para recorrerlo, ¿tenemos que, encima, leer a los marginados, para saber si fueron marginados justamente, a los que entraron y salieron y, además, a aquellos que, quizás, algún día formarán parte?

Que la idea de canon se discutiera en debates críticos y formara parte de programas de teoría literaria siempre me dejó perplejo. Escribo “idea” por no utilizar la palabra obvia: el “problema” del canon. Justamente, nunca lo consideré un problema. Por lo menos, no un problema de teoría literaria, no un problema de crítica literaria. Puede parecer frívolo mi planteo: se pueden discutir, por ejemplo, lógicas de inclusión y de exclusión. Pero, ¿se puede discutir la idea misma de canon? ¿Con qué fin? El canon es útil por muchas razones, la primera de las cuales es económica: a quien sufre ansiedad frente a la biblioteca infinita, le ahorra bastante tiempo (es decir que le quita ansiedad: la segunda razón es terapéutica).

Se suele subrayar el gesto autoritario del canon: se supone que existe un conjunto de obras que estamos obligados a leer. De ahí la consabida vergüenza que nos embarga cuando tenemos que admitir que no leímos tal obra o la ansiedad que nos carcome cuando consideramos tales y tales obras canónicas que no hemos leído (y que quizás no leamos nunca). El gesto autoritario del canon se denuncia también en relación con lo que deja afuera, con lo que no permite que se lea o, mejor, con lo que sumerge en la oscuridad.

Sin embargo, me parece que el canon tiene también algo de liberador. Para volver al ejemplo de Gálvez: uno se siente con la dispensa de no leer una sola de sus decenas de novelas. Porque, de hecho, Gálvez fue alguna vez, como Mallea y Wast, un autor canónico. Pero no soportaron la prueba del tiempo, que es en definitiva la que da fuerza al canon.

Esto significa que el canon no determina sencillamente un afuera y un adentro. Digamos que hay dos afueras del canon: el afuera de la obra que, por causas diversas, no accedió al adentro (ininteligibilidad, falta de calidad, falta de tiempo para juzgarla, marginalidad, contemporaneidad, etc.) y el afuera de la obra que fue parte del canon pero después fue descanonizada (la palabra no está en el diccionario y el corrector de Word me la subraya). Sería interesante que se estudiaran estos procesos de descanonización. Aunque quizás eso ya se ha hecho y yo no he leído esos estudios.

Barthes dice: todo ya ha sido leído. Esa frase tiene también su resonancia en el canon. De alguna manera, es como si ya hubiésemos leído a estos curiosos autores que hicieron la vuelta completa. Misteriosamente, ya hemos leído a Gálvez. La melancolía de no poder leerlo todo convive con la euforia de ya haber leído todo (lo malo).

A veces, se dice que el canon es algo de los críticos. No lo creo. Me parece que es más bien lo contrario, son los críticos los que se ocupan, en ocasiones, de curiosidades arqueológicas y escriben estupendos trabajos sobre obras olvidadas y olvidables, de modo tal que el texto crítico es muchas veces superior al texto analizado (recuerdo un ensayo de Sarlo sobre las cartas de amor de Lugones, otro de Giordano sobre el diario de Güiraldes). Al canon lo hacen, al final, los escritores mismos, eligiendo sus maestros y desechando otros. Es el caso, me parece, de Cortázar, deliberadamente dejado de lado por los narradores posteriores, cuestionado por los que hoy consideramos los últimos grandes novelistas de Argentina. Y es la crítica la que en definitiva va a ver qué pasó con tal autor que era canónico y ya no lo es: es Gramuglio la que nos dispensa de Gálvez. ¡Y ella tuvo que leérselo! El lector, agradecido. Porque cuando leemos una obra, tácitamente, debido a la finitud de nuestra vida, estamos descartando, quizás para siempre, otra.

 

(Actualización marzo – abril 2013/ BazarAmericano)

 

 

 

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646