septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Ausencias reales
La lección del maestro

Pertenezco a la generación de la precoz institucionalización del crítico literario. Ya esa palabra, “crítico”, escasea en nuestra formación: somos “investigadores” o, mejor aún, “jóvenes investigadores”. Jóvenes, también, nos doctoramos, con un orgullo mal disimulado y con el presentimiento de que habríamos escrito una mejor tesis si los plazos institucionales no nos hubieran apremiado (este presentimiento no osamos disimularlo).

Parece que no siempre fue así. La generación anterior, la de nuestros profesores, tuvo una relación más diferida, o más desplazada, con la institución. Es la generación que tuvo que estudiar durante los años de la dictadura. La generación que empieza a dar clases en la universidad con el regreso de la democracia. La generación que se formó en grupos de estudios. Naturalmente, estoy simplificando: es como un relato que me cuento, una fábula.

En un bello ensayo, Sergio Cueto traza el movimiento por el cual la tríada maestro – lección – discípulo se convierte inevitablemente en institución* (podríamos decir, con palabras que él no usa: en profesor – enseñanza – alumno). Mi impresión es la siguiente: pertenezco a la generación de la desaparición del maestro en el profesor (o mejor: en el profesor-investigador, ¿en el viejo-investigador?). De lo que se trata para nosotros no es ya, como para la generación anterior, de cortar los flujos institucionales en el espacio desterritorializado de la lección, sino de la búsqueda incesante (y acaso imposible) del maestro en la institución.

Inútil aclarar que no se trata de méritos y defectos “personales”, sino de las condiciones de posibilidad de la lectura (esa lectura que “puede declinar en lección” dice Cueto) en un espacio institucionalizado de entrada, poco “cortado”. Posibilidad que a menudo toma (o ha tomado) la forma de la búsqueda de la lección. De lo que se trataría para nosotros es de rehacer (de deshacer) el camino que va de la institución a la lección. ¿Y eso por qué? Porque de la mítica desaparición del maestro nos surge el deseo de aquello que no hemos tenido nunca, de la lección. Entre la lectura y la institución adivinamos una falta de sutura que nuestra nostalgia nos devuelve bajo la figura de la mítica lección.

Es también por lo tanto para nosotros la búsqueda de la crítica, esa palabra en escasez. A veces nos sentimos que “jugamos a la crítica”: alumnos de buen promedio con ínfulas de ensayistas. Aquellos que antaño fueron discípulos y que hoy no pueden (o no quieren) ser maestros, a veces nos miran con ironía, como el adulto que mira jugar al niño a aquello que el adulto es o cree ser. Otras veces, como el padre al hijo, nos cuentan que en “su tiempo” no tenían las mismas posibilidades que nosotros (la beca de CONICET). Hay algo de suficiencia en ese relato. Habría que responder siempre que lo que nosotros echamos de menos, jóvenes doctores o doctorandos, es precisamente la imposibilidad: saturados de lo que a ellos les hizo falta, a nosotros nos hace falta la carencia, nos hace falta la ausencia. Luchamos, desde el principio, contra el exceso de posibilidades, contra la saturación de ser (el otro costado de esta inflación ontológica es la lucha sindical de los becarios: ser “trabajador”, ser “investigador”, no ser “becario”: para nosotros, ser “investigador”, no ser “crítico”, ser “trabajador”, no ser “escritor”, etc.; no hay caso, no se sale de la ontología: pero la ausencia que buscamos es acaso antes que nada ausencia de ser y de no ser).

Yo suscribí siempre lo que subraya Cueto en su ensayo: que la afirmación de la lectura en la institución solo puede hacerse en la forma de la polémica (y no sé a cuento de qué me lo reprochan tanto, sobre todo mis “maestros”). Nunca vi otra vía, a falta de lección. No es “mi estilo” (palabra caduca que, nunca sabré por qué, seguimos enarbolando), sino mi condición fatal, el único modo de hacer habitable lo de otro modo es inhabitable. Solo que ahí donde Cueto pone al maestro yo quisiera poner al discípulo, porque su ensayo no deja de ser un homenaje nostálgico a una figura que para nosotros no puede ser más que legendaria, el Ur-maestro irrecuperable en la institución. Digo: el discípulo, imposible, solo puede buscarse hoy en el mal alumno. Y es eso lo que tratamos de hacer, ser malos alumnos. La lección hoy solo puede darla el discípulo, no el maestro, que declinó en profesor, y que en su nostalgia de maestro sigue siendo discípulo.

Esto no significa que el alumno de lecciones al profesor, sino que la búsqueda del discípulo solo puede tener la forma de la huida (de nuevo Cueto) de la figura del buen alumno, del investigador con sobresaliente y recomendación de publicación. Lo otro es ficción: también el profesor “juega” a ser el maestro. Al final es inevitablemente profesor y tácitamente nos demanda que no salgamos de alumno, que no busquemos la verdadera lección en la que tal vez lo que se vea conmovido sea precisamente la institución, es decir, nuestra condición de entrada, aquella que no elegimos porque ya estaba ahí cuando llegamos.

Pero, podrían espetarnos: ¿quién los mandó a ustedes a buscar al maestro ausente? Pues bien, nadie. Quizás esa sea la última (y única) lección del maestro: la de su desaparición. La tríada de Cueto no deja de ser edípica: habría que desedipizarla. Hacer estallar esa triangulación en una inédita multiplicidad que permita la producción de desconocidas máquinas deseantes. Menos paranoia institucional y más esquizofrenia ensayística. En eso estamos.

 

* “Juan B. Ritvo. Fragmentos de un retrato”, en Giordano, Alberto (ed.)  Una poética de la interrupción. Ensayos para Juan B. Ritvo, Rosario, Ediciones Paradoxa, 2011.

 

 

(Actualización mayo-junio 2012/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646