septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

logo.png

Editora

Ana Porrúa

Consejo editor

Osvaldo Aguirre  /  Irina Garbatzky
Matías Moscardi  /  Carlos Ríos
Alfonso Mallo

Columnistas

Paulo Ricci
/  Ezequiel Alemian

Nora Avaro
/  Juan José Becerra

Gustavo Bombini
/  Miguel Dalmaroni

Yanko González
/  Alfonso Mallo

Marcelo Díaz
/  Jorge Wolff

Aníbal Cristobo
/  Carlos Ríos

Rafael Arce
/  Ana Porrúa

Antonio Carlos Santos
/  Mario Ortiz

José Miccio
/  Adriana Astutti

Esteban López Brusa
/  Osvaldo Aguirre

Federico Leguizamón
/  David Wapner

Julio Schvartzman

Colaboran en este número

Matías Moscardi
/  Nora Avaro

Carlos Ríos
/  José Miccio

Marcela Zanin
/  Ulises Cremonte

Flavia Garione
/  Cristian J. Molina

Federico Leguizamón
/  Rodrigo Montenegro

Juan L. Delaygue
/  Juan Ariel Gómez

Luciana Sastre
/  Sebastián Bianchi

Sergio Raimondi
/  José Fraguas

Guadalupe Silva
/  Emilio Jurado Naón

Analía Capdevila

Curador de Galerías

Daniel García

Diseño

Alfonso Mallo

Los libros son una cosa
04/ Charlie y la fábrica de chocolate

En el capítulo 12 de la primera temporada de The Big Bang Theory, titulado “La dualidad de Jerusalén”, Sheldon Cooper baja hasta algo que parece el sótano de algún típico campus universitario norteamericano. Se detiene en la puerta, mientras Howard Wolowitz habla con su madre acerca de un supuesto chocolate que le mandó en una bolsa de papel y que ha desaparecido. La cara de Cooper es la de siempre: un pibe centrado en sí mismo con un involuntario desborde turro constante. Cooper, debajo del marco de la puerta, dice algo así como: “Con que esto es Ingeniería, eh…”. Wolowitz corta rápidamente la conversación y contempla al recién llegado. Cooper avanza unos pasos y sigue: “Ingeniería…, el lugar donde los trabajadores de baja calificación ejecutan los planes de los que piensan”. (La cara de Wolowitz es, en este punto, la representación exacta del hastío más profundo: entre azorado y consternado, pero con anteojos plásticos, transparentes y de seguridad). Cooper hace una mueca y termina: “Hola, umpa-lumpas de la ciencia”. Risas grabadas.

La imagen, el chiste y el remate aparecieron de pronto cuando una amiga, a la que llamaremos E., comentó un trabajo que yo estaba haciendo y que, para no usar datos tan reales, diremos que consistía en “escribir” una novela hecha por otro, pero de nuevo, a partir de un texto a todas luces defectuoso y con la pulsión de que quedara un poco mejor que el original. El ejercicio, lejos de ser gratuito, forma parte del trabajo cotidiano que llena las horas y estira los días en una fábrica de cosas simples: libros. Pero el hecho en cuestión no tenía que ver con la disciplina, la dudosa habilidad de quien ejecutaba la tarea ni lo ardua, placentera o simple que pudiera resultar, sino en la pregunta que, al menos en este lado del mundo, se resume popularmente en la sigla CVA y que se traduce en “cómo voy ahí”. E. me consultó, en un punto avanzado del proceso, si mi nombre figuraría en alguna parte, cuando terminara y el libro por fin apareciera (mis servicios habían sido solicitados en un “segundo intento”, pues lo impublicable del primero y las limitaciones de quien lo había escrito por mejorarlo hicieron necesaria la inversión). Por un instante, quedé en silencio y sin saber qué decir pues, consciente de que toda modestia es falsa, cuando la realidad se impone al prejuicio imperante es mucho más difícil hacer que una verdad lo sea pero también lo parezca: ni se me había cruzado por la cabeza aparecer en ninguna parte. Y no por vergüenza culposa, pudicia ni nada por el estilo (el texto reescrito iba a quedar, al menos, decoroso), sino porque, apenas, me parecía tan absurdo como que el tipo que te pinta la cocina de blanco deje, al pie de cada pared, una bonita y vistosa firma, el año en que terminó el trabajo y alguna cosa más (podrían ser sentencias tan absurdas y divertidas como “Cacho y Cholo, painters, 2012”, por ejemplo; si pusieran el celular, sería un exceso).

La cosa parecía simple pero no lo era, porque la pregunta planteaba un dilema que, en una factoría de libros, es pan de cada día: el cruce entre el oficio y su trascendencia, entre un trabajo banal y su posible posteridad. Aunque, como dije, hubiera sido incluso deseable aparecer de alguna manera en el libro que estaba reescribiendo (con alguno de esos títulos engañosos que se decodifican, también entre las personas del “ambiente”, de maneras siempre capciosas), el demoroso ejercicio del oficio hizo que, con los años, la frontera se corriera hasta un punto innegociable donde la nominación y la figuración (vamos… eso tan trillado desde que al demente de Rimbaud se le ocurrió decir aquello de Je est un autre y que sirvió para cimentar una montaña de estudios teóricos, engaños autobiográficos y simples plagios) casi dejaron de existir en un país plagado de nombres, figuras y deseos por hacer de ellos algo lo más grande posible.

El destello que se inició en ese momento se verificó en la historia del último tiempo, y en la variedad de casos que sirven de sustento para ella pero también la contradicen. Es pensar sobre la frontera de un  trabajo que se mezcla con la vida pero sobre todo con una enorme cantidad de ego diseminada en las formas más extrañas de manifestación. Y eso, que en sí mismo no tiene nada de ilegítimo, termina por arrinconarnos en una parcela que no es del todo desagradable pero que está cercada por los límites autoimpuestos para la figuración que son, quizás, más patológicos que aquellos que criticamos. Llega un momento, además, en que el debate interno también desaparece y los espacios para la satisfacción son tan secretos como la peor de las perversiones. Reescribir un libro, redactar cientos de contratapas, rehacer —con menos entusiasmo que voluntad— una bibliografía, conocer el régimen preposicional de ciertos verbos, reparar en errores menores y mayores, perder un tiempo que podría usarse para cosas más placenteras en todo eso es el síntoma de la alienación más profunda en el prestigio ajeno. Disfrutarlo, además, es directamente estar cagado de la cabeza.

Una tarde, en un lugar cualquiera, y después de haber perdido un par de horas frente a la última versión de Indesign CS5.5 para Mac, maravillado por una serie de tonteras técnicas que no calientan a nadie salvo a quienes sepan la importancia de que un cuadro de texto no pueda ser eliminado accidentalmente o que un índice onomástico pueda hacerse desde una lista predeterminada sin mayores problemas (ni hablar de las notas al pie: ¡qué adelanto, qué emoción, qué éxtasis cuando apareció Indesign y PageMaker pasó al olvido!), otra amiga, a la que llamaremos F., hizo el mismo comentario que Sheldon Cooper, incluso quizás con la misma mueca y expresión: “Ahí están los umpa-lumpas de la edición”. El abismo volvió a aparecer con la misma potencia que en el caso anterior y volvió elocuente aquello de que el texto se materializa en la realidad de una técnica y el ego se diluye en el vacío que la mecanización supone.

Los umpa-lumpas, en el libro y también en la película de Tim Burton, adolecen de toda pulsión egocéntrica y, si se quiere, apenas admiten un destello de soberbia —sobre todo ese que, en el filme, es igual a los demás pero tiene grabadas la cara y la actitud de “jefe”—, que tiene que ver más con la prepotencia del trabajo que con la satisfacción de darlo a conocer de alguna manera. De hecho, en la película y mejor en el libro, su existencia es algo secreto, misterioso y la revelación paulatina de sus habilidades confirma que son solamente eso: los ejecutores de un plan mayor, y solo se trata de que, cumplidas ciertas condiciones (que, para los umpa-lumpas pasan por el clima y la luz), el trabajo sea bien ejecutado. Lo que no queda claro, ni en el libro ni en la película, es si los umpa-lumpas conversan entre ellos, si se reúnen para analizar su realidad umpalumpística o solamente son y están definidos en el mundo por lo que hacen. En todo caso, su existencia misteriosa y su origen, si es que lo tienen (en la novela es la excusa para un par de párrafos notables acerca de un viaje), por su misma naturalidad, no requiere ni el más mínimo análisis. Por el contrario, alrededor de las cosas que hacemos, estos libros, hay miles de umpa-lumpas igual de secretos, transidos por el ego del dueño de la fábrica (esos que escriben los libros), pero que se reducen de tamaño y achican también su figuración hacia círculos más o menos cerrados en los que se discute si Presidente va siempre con mayúscula o es mejor dejarlo en minúscula, cómo mierda se escriben las cifras más allá del millón cuando no son cerradas o si conviene incluir negritas, si el espacio de cortesía en el inicio de cada capítulo debe ser de un tercio o de un quinto de página o si alguien sabe cómo corregir automáticamente los espacios dobles en un documento de novecientas páginas con trescientas tablas. Sin ir más lejos, escribo esto mientras Tom Waits suena en Grooveshark y lo hago en un programa (que uso también para trabajar) que experimenté seis veces en versión beta, esperé veintidós meses hasta que estuviera terminada la versión para Windows leyendo completa una web en inglés casi todos los días por si había alguna novedad y, cuando estuvo terminado, lo compré con tarjeta de crédito arriesgando el presupuesto familiar solamente por la satisfacción de tener una herramienta que pudiera mezclar varios archivos RTF distintos y unirlos y volverlos a cambiar de lugar y meter un salto de página entre ellos, entre otras miles de prestaciones que un no iniciado podría no valorar con la justicia que el caso requiere. Es demencial, sí, pero así pasa con este oficio —la única satisfacción es que los testimonios de quienes usaban el programa desde antes, para Mac, son más patéticos que este—. Del otro lado de la puerta de esta fábrica secreta, están los tipos que muchas veces ni siquiera imaginan todo esto y, claro, Sheldon Cooper, cagado de risa y con cara de turro.

 

Santiago del Nuevo Extremo, abril de 2012

 

 

(Actualización mayo-junio 2012/ BazarAmericano)

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646