septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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La literatura y sus restos (teoría, crítica, filosofía)
Lo real y la pasión de nadie

En El siglo, uno de los contados libros de Alain Badiou a los que la crítica literaria argentina ha prestado alguna atención, el  siglo XX (y no tanto el XIX) es la centuria gobernada por la passion du réel: pasión por lo real, padecimiento de lo real, tributo sacrificial a una conjeturada condición fiable y primera de las cosas por parte del arte, la política, las subjetividades. O dicho de otro modo, el siglo de la desconfianza en las apariencias, la sospecha de inautenticidad tendida sobre todo el que diga “soy tal”, su consiguiente destrucción compulsiva. Pero dado que detrás de la máscara de imágenes o de palabras arrancada hay siempre otro semblante montado, detrás del cual hay otro y así, la pasión de lo real que purga o depura la careta tras la careta tras la careta termina en nada, en la nada (lo real de esa pasión, el ser en tanto ser, es, claro, el vacío que imanta y echa leña al fuego de todos los deseos que son uno: el deseo de ese Uno en cuyo lugar no hallaremos sino multiplicad de multiplicidades vacías, ese todo que es nada). De esa encerrona, la política del siglo XX, las políticas y las culturas del siglo no habrían escapado sino contadísimas veces. Prestigio de la poca fe, diríamos, una pulsión de nuestra condición histórica que pudo hacernos creer que estamos hechos sólo de eso que la Historia, el Lenguaje o lo Social han hecho de nosotros: simulacros, ovillos de supersticiones. Sobreviviente de ese terror, sumergido en el caldo tibio de esa clase de escepticismo consecuente, nadie que sueñe mantener una relación crítica con el mundo permitiría que se lo haga feligrés de una liturgia o esclavo de un señorío que le prometa acceso a un contacto con lo real, un contacto irreductible a las prosas del mundo. La fe en esos dioses de la experiencia perdida nunca nos diría nada porque –se supone que lo sabemos– lo real, como dios, no tiene nombre. Diles que “Soy el que soy”, le responde Yahvé a Moisés cuando éste le pide un nombre para entregar a las masas (las mismas que, esperándolo al pie del Sinaí, adorarían algo tan mundano, tan comerciable como el becerro de oro: el valor de uso –un bicho comestible– disuelto, sincerada su insustancialidad, en valor de cambio –una divisa–). A excepción de la mía, la de tu Señor, no hay palabra que nombre el mero ser, avisa el dios monoteísta. Lacan advirtió en su célebre Discurso de Roma de 1953, que no era cosa únicamente del Antiguo Testamento, al recordar un versículo del Evangelio de Juan en que, a la pregunta “¿Tú quién eres?”, Jesús responde: “Pues ni más ni menos, eso mismo que os vengo diciendo”. Si se hace a un lado el efecto cómico del desplante del Señor, se podrá notar que no hay allí ni un solo sustantivo. Pero, se sabe, dios ha muerto. Lo reemplazan “valores” o, más bien, voces terrenales pero ubicuas (cuando no suena una lo hace alguna de las otras), que saben decirnos, de un modo u otro: has de morir, renuncia a tu deseo, adopta un dialecto comunicable… ¡hazte hombre, sé algo, envejece de una vez! Hasta Pierre Bourdieu (cuya condición de escritor afectado por la literatura que leía se redujo por aquí en su enseñanza sociologista) mostró su vínculo empático con el horror de no ser nada que, sostuvo, La educación sentimental de Flaubert efectúa de un modo drástico. También Badiou cree que sin embargo algo, siempre, se resiste. Por ejemplo, en muchas de las cosas y sucesos que la civilidad nos nombra como artes. En el arte algo sabría, precisamente, sustraerse: restarse al montaje del semblante cultural, ideológico o comunicativo haciendo acontecimiento, pura inminencia de lo incalculado. No por la destrucción, entonces, sino en lo que Badiou llama la diferencia mínima. Y el militante o el artista que se constituye en la sustracción acontecimental y se mantiene “fiel” a ella es la única figura en que resultaría legítimo reponer una noción de “Sujeto”, aquí completamente ajena a las filosofías del sujeto como excrecencia y sujeción a los mandatos de la realidad o de lo que haya.

En 2010 Ediciones La Cebra publicó en Buenos Aires La imitación de los modernos (Tipografías 2) de Philippe Lacoue-Labarthe. En el primer ensayo del libro, “La paradoja y la mimesis”, el comentario de un texto de Diderot nos permite recordar que desde Aristóteles hasta las vanguardias (y no solo ni primeramente en el Romanticismo) disponíamos ya de una teoría del arte como esa diferencia mínima de efecto máximo: la mimesis siempre es a la vez poiesis, es decir no solo representación sino además suplemento (no plus ni más de lo mismo sino una agregado imprevisto). El modo aristotélico de decirlo, parece, era una primera tentativa defectuosa pero el asunto ya estaba ahí: imitación de la naturaleza era no únicamente semejar (“mimesis restringida”, dice Lacoue-Labarthe, como reproducción de lo que está dado, ya presentado)  sino a la vez darse el lugar del hacer de la naturaleza porque su resultado es insuficiente. Otra cosa más, dice el arte, y la cultura, naturalmente, no entiende de qué se trata, ni siquiera cuando cree lo contrario (casi siempre). “Mimesis general” que “no re-produce nada de nada” sino que “suple” la incapacidad de las máquinas culturales de hacer lo otro. “La presentación de otra cosa que aún no estaba ahí”. Lacoue-Labarthe propone en consecuencia una teoría del sujeto y de la pasión que valga al mismo tiempo para el pensamiento, la literatura y las artes. El arte no termina en nada, a la inversa: comienza y puede ser engendrado por nada, nunca por algo. Por nadie, nunca por alguien. Igual que para el Bourdieu menos leído, ese que se entrega al efecto de la escritura de Flaubert, para ser algo de todo lo que el mundo no es, el artista es “un puro nadie”, el mismísimo “don de nada” que así, entonces, es “el don de la cosa misma […] o del ser, del secreto y de lo retirado, de lo inasignable y de lo irreconocible”.-

 

 

(Actualización marzo-abril 2011/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646