marzo-abril 2017, AÑO XI, Nº 60

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Ausencias reales

Nunca leí el Libro de los pasajes y tengo la casi certeza de que nunca voy a leerlo (y mucho menos comprarlo). Con Benjamin me pasa lo mismo que con Lacan: me gusta más leer acerca de él que leerlo a él. O sea, lo contrario de lo que me pasa con Blanchot, que detesto leer “comentaristas” (aunque me gustaría leer el libro de Sergio Cueto, pero no lo consigo). De los textos benjaminianos, para mí intransitables, el menos arduo me resulta el muy citado “La obra de arte en la era de su reproducción técnica”. El contraste jugó su papel en mi experiencia: cuando lo leí me pareció fácil. En la segunda lectura me pareció más difícil (dicho sea de paso, otra vez pienso en Blanchot: las relecturas no lo clarifican, a veces lo enracen más) y comprendí, o creí comprender, que la facilidad primera había sido consecuencia de haber esperado algo mucho peor.

Se sabe que los benjaminianos, como antaño los barthesianos, tienden desde hace un tiempo a pulular. Esto aumenta mi rechazo (Benjamin no tiene naturalmente la culpa). En el azar y en lo metódico de mis lecturas he ido encontrando interpretaciones varias de la escurridiza noción de “aura”. Menciono las que recuerdo.

En su Teoría de la vanguardia, Peter Bürger carga contra Benjamin. Nunca entendí mucho el estatuto de “clásico” de este libro: a mí me sigue pareciendo flojo o por lo menos envejecido. Quizás el error es mío (es lo más probable). Sea como fuere, con la interpretación de Bürger me pasó algo misterioso que me sucede cada tanto: no entender un concepto, leer un comentarista o escuchar un profesor explicarlo, y saber de inmediato que ellos tampoco lo entienden, que la interpretación es equivocada. Estoy seguro de que eso le pasa a muchos. ¿Cómo se sabe que no es eso si uno mismo no sabe qué es eso? Es una suerte de conocimiento negativo: no sé lo que es pero sé que eso no es. Omito la reconstrucción del argumento y me quedo con esta única frase: “No se puede evitar la sensación de que Benjamin descubrió la pérdida del aura en las obras de arte en relación con las obras de vanguardia, y luego quiso fundamentarla de modo materialista”. Siempre me pareció mala leche esa frase de Bürger: en ese reproche había algo que el teórico estaba pasando por alto. Por suerte, hace un par de años cursé (de oyente) estética en la facultad.

En sus clases, Silvia Schwarböck me ayudó a desentrañar la noción y, de paso, me permitió entender y poner en su justo lugar la frase de Bürger. Éste, como tantos teóricos, sobre todo marxistas, manejan una noción unidireccional de la temporalidad, y algo como el après-coup, por ejemplo, no les entra en la cabeza. Schwarböck me explicaba: es estúpido pensar al aura como algo positivo que efectivamente existió en las obras de arte del pasado. En realidad, son las obras modernas, de vanguardia, las que, de modo retrospectivo, hacen aparecer el aura. La destrucción del aura, entonces, es la condición sine qua non para su aparición. O, dicho con una fórmula paradójica: el aura solo aparece (como concepto) cuando desaparece (como fenómeno). Esto no solo significa que el aura no existe, sino que nunca existió ni va a existir.

O sea que Bürger, cuando se pone elocuente, en realidad está dando en el clavo, pero no parece darse cuenta.

Leí después “La imagen-aura” de Georges Didi-Huberman: su interpretación de la decadencia (término que también utiliza Benjamin alternándolo con destrucción) del aura como un fenómeno originario e inacabado, en devenir, y su dependencia de una concepción de la temporalidad fundamentada en los acontecimientos de la memoria me parecieron convergentes con lo que yo creí entender en mis clases de estética.

Por último, visité el Louvre, el Orsay, el MOMA y el museo de Filadelfia. También el castillo de la Alhambra. Excepto en el de Filadelfia, al que arribé un sábado de invierno a las nueve de la mañana, sufrí en todos más o menos con la misma intensidad: las obras más famosas son las menos experimentables debido a la gran cantidad de flashes y en todas hay turistas sacándose fotos como si se retrataran con estrellas de cine o deporte. En la Alhambra me acordé de Agamben y su ensayo sobre la destrucción de la experiencia. Para el que no lo haya leído: Agamben busca un ejemplo en su argumentación. Ante el patio de los Leones en la Alhambra, dice, la gente, en vez de tener una experiencia, dispara su cámara fotográfica. Aprovechando que entrábamos al Palacio Nazaríes en grupos limitados con diferencia de veinte minutos, dejé que el mío se me adelantara, de modo de llegar solo al famoso patio y poder tener, en paz y por fin, una maldita experiencia y un atisbo de aura. Lo logré: la pléyade de belgas, norteamericanos, japoneses y brasileños desapareció de mi vista. Arribé por fin al patio, feliz y con la cámara en su estuche, para comprobar que estaba clausurado por refacciones.

Soy también de los que sufren en los conciertos por los llantos de los bebés, el sonido de los celulares y las conversaciones.

Decadencia entonces: la práctica burguesa por antonomasia, sentarse ante la computadora, mirarse un documental sobre la Alhambra o comprarse un libro de reproducciones de Picasso, poner Rachmaninov en el equipo de música (o en mi notebook: no tengo equipo de música) y tomarse un buen vino. El aura sobrevive solo en su destrucción, porque en su conservación (museos, conciertos, lecturas de poesía, obras de teatro) hace tiempo que se ha evaporado. O sea, de nuevo: no existe ni existirá, salvo como ausencia. ¿No era esto lo que quería decir Benjamin?

 

 

(Actualización marzo-abril 2012/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646