marzo-abril 2017, AÑO XI, Nº 60

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Abducciones incompletas
Celebración de la mediocridad

Justo después de cumplir los 40 años, advierto que me he convertido en un hombre discreto, casi podríamos decir gris: pruebas irrefutables de ello –por elegir un par al azar- son tanto el incremento de mis nociones de bricolaje como la sagacidad de mis observaciones mercadológicas (mis reflexiones sobre el nuevo rótulo de las papas fritas merecerían un párrafo aparte), por no mencionar el casi exhaustivo registro mental que llevo de los perros del vecindario.

Contra lo previsible del estereotipo, sin embargo, mi medianía no ha desembocado en el funcionariado público ni en ningún tipo de erudición, más allá de las ya mencionadas. Tampoco he desarrollado súper poderes ni alucinaciones persecutorias. Las ficciones nos han acostumbrado a personajes sombríos con alter egos (o al menos, fantasías) heroicas: mi otro yo, en cambio, es más rácano y prosaico que su original, y no pocas veces me he referido a él, con sorna no exenta de desprecio, como mi “otra vez yo”. Tampoco mis aspiraciones desentonan: hace una semana me descubrí en plena euforia, extasiado ante el golpe de suerte, al notar que la biblioteca del distrito había olvidado apuntar en su sistema el préstamo que me habían hecho del segundo volumen de las obras de una poeta menor. ¿Y qué hay de la sensación de vértigo y aventura que aún me estremece, pocas horas después de haber descubierto, en mi trabajo, un descuadre de caja de un par de euros? Las decepciones, habituales en la madurez, son ahora menos catastróficas, y la última que recuerdo fue causada por la noticia de que el supermercado del barrio había pasado a cobrar sus envíos a domicilio.

No voy a entrar aquí en detalles sobre el cercenamiento de mis aptitudes físicas ni intelectuales, entre otras cosas porque no querría causar la impresión errónea de añorar lejanas e improbables hazañas. Sí, en cambio, hago constar que si existe en la vida de cada ser humano un golpe aleccionador que, más tarde o más temprano, nos sume en la perruna humildad a la que, por consuelo, muchas veces llamamos sabiduría, este ha sido, en mi caso, provocado por el clamoroso fracaso del objetivo fundamental de mis días: entender qué es el mundo.

Todo esto parte de un malentendido, de un gesto típico de la prehistoria de mi mediocridad: andaba buscando un fogonazo filosófico, alguna genialidad breve e irrefutable (una especie de twit existencial avant-la-lettre) que me permitiera ahorrarme cinco o diez años de estudio y llegué a esta conclusión. Ahora parece casi banal, pero en su día me estremecí al formularla: la diferencia básica entre un sujeto cualquiera y el resto del mundo es que mientras para el primero es imposible pensar el mundo sin él, es justamente esa realidad (la del mundo sin ese individuo) la que más experimenta el resto de la humanidad. Recopilando bibliografía sobre mi descubrimiento, me topé con que ya la célebre Chiquita Legrand había ejemplificado brillantemente esta cuestión al sorprenderse de que, fuera de Argentina, pudiera existir gente que no supiera quién era ella. La ingenuidad del individuo que no acierta a intuir esa distancia entre sí mismo y el resto había sido objeto de reflexión –por así llamarla- de Erik Satie, quien alguna vez dijera: “Me llamo Erik Satie, como todo el mundo”.

Pero ¿qué mundo? ¿Qué era el mundo? Las incertezas al respecto habían devorado a muchos. Una amiga de mi madre, oriunda de Gualeguaychú, contaba la anécdota de una señora del pueblo que, tras una vida de mucho trabajo y habiendo enviudado, recibía al médico de la familia. Éste, después de verificar la férrea salud de la anciana, se permitía recomendarle que aprovechara los ahorros y la salud para hacerse un viajecito por Europa, a lo cual la mujer le respondía con una desconfianza atávica: “Pero… Doctor… ¿haberá Europa?”. Algo parecido le debió suceder a la madre de César Vallejo al intentar explicarse la ausencia de su hijo, si nos guiamos por las líneas del poeta peruano “Hay, madre, un sitio en el mundo, que se llama París. Un sitio muy grande y lejano y otra vez grande.” Lamentablemente, la literatura no recogió la reacción de la madre de Vallejo, pero el escepticismo con que mi abuelo oía mis planes de viaje a Australia, a los 6 años, me volvieron a la cabeza al ver la película Los lunes al sol, donde un grupo de desempleados gallegos interpretan el mundo y sus relaciones geográficas en términos personalísimos: para ellos, Australia representa (más que estar situada en) las antípodas, y, por lo tanto, si aquí no hay curro, allí sí, si aquí no se folla, allí sí, etc. Anti-podas, repite uno de ellos en una curiosa etimología: Anti, del otro; podas, lado. Del otro lado, insiste, seguro de que eso lo explica todo.

Por mi parte, nunca me preocupó tanto lo incomprensible geográfico, del concepto mundo como la idea de que existieran tantos mundos como conciencias. Intuitivo como soy –lo que equivale a decir, perezoso, confiado en soluciones milagrosas- una vez, al ver un afiche del grupo El Hombre Burbuja en el que presentaban su disco La paz está en las matemáticas, me dije que esa debía ser la clave, una especie de gran suma de las conciencias donde se sintetizaría la idea del mundo. No resulta difícil adivinar que olvidé la idea casi inmediatamente, abandonada frente a la perspectiva mucho más tentadora de un helado de chocolate blanco que se hizo presente en la marquesina de un local. Después del helado, al retomar con más rigor y felicidad la hipótesis aditiva, me dije que ese magma de subjetividades fundidas en una única imagen del mundo sí existía, pero más como una amenaza que cualquier otra cosa. Contra esa des-subjetivación (es decir, contra esa anulación de la imagen personal del mundo) habían luchado muchísimos artistas y pensadores, y cada palabra que se escribía, cada acorde que se agregaba a una composición musical, cada color, etc., era un modo de negarse a participar en esa imagen única y una afirmación de que se estaba en posesión de una versión irrepetible del mundo.

Durante los últimos años recurrí a la coartada posmoderna más evidente: que el sujeto contemporáneo percibe fragmentariamente, que los grandes discursos (entre los cuales me esforzaba por incluir la idea de mundo) han caído en desgracia, etc. Una cobardía insostenible con la que intentaba soslayar mi ignorancia sin conseguir más que la jocosidad extendida de mis amigos. Ahora, justo después de cumplir los 40 y con mi paternidad recién estrenada, he cancelado la exploración, la pregunta por el mundo, y me he convertido en un hombre discreto. Pero eso, por supuesto, puede cambiar en cualquier momento.


(Actualización noviembre-diciembre 2011; enero-febrero 2012/ BazarAmericano)




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ISSN 2314-1646