marzo-abril 2017, AÑO XI, Nº 60

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Olor a escuela
Edición, prólogo y conversación

Escribir sobre el escribir, escribir sobre el recopilar. Estoy trabajando sobre el libro póstumo de mi amiga (*) y de esa operación parece que una conversación renace. Renace tras la muerte. Pone en vida los textos en la lectura. Y pone en vida una voz. Es la voz de la crítica acaso silenciada, que proviene de ese campo “menor”, de esa literatura  sobre la que ella supo tejer entramados mayores. Alguna vez hice esta tarea, -recopilé los cuentos de Juan Carlos García Reig, un amigo marplatense que murió en el 1999- y como si fuera poco los publiqué en De la Flor, la editorial de Daniel Divinsky, gozador de esos cuentos. Es como seguir escribiendo tras el otro. El que no está. Cualquier muerte, no solo la de alguien que escribe, se parece a una escritura que ha quedado trunca y sobre la que después sobre-escribimos. María Adelia estuvo varios años enferma y ciertos tiempos de su obligado reposo coincidían con los mismos tiempos obligados de mi mamá. A veces hablaban por teléfono, comparaban el estado de sus glóbulos, los contaban y yo me enteraba. Por teléfono y por mail me hacía de esos relatos que hoy, ¿qué tendrán que ver con este libro?  Vana pregunta. Sigo.

Porque hoy están frente a mí estos textos, los prometidos a la editora como parte de este libro La aldea literaria de los niños. Nada apacible la aldea, pues en el pensamiento potente de la crítica de María Adelia no hay lugar para el soslayamiento del conflicto. Este se instala como hipótesis central de un modo de concebir la cultura de la infancia. Ninguna forma de dominación para un discurso que permanentemente denuncia la dominación de un discurso sobre otro, el del poder de los adultos, de la escuela, del mercado, frente a los atajos, las callejuelas, los contrabandos pergeñados por los niños, esos niños confrontando que María Adelia imagina, y que reconfiguran el plano original de la aldea. Su trazado cede y asume nuevos contornos, nuevas sinuosidades, la infancia está allí.

No hay voz posible que haya expresado esto con mayor insistencia, con este incomparable estilo para decir y volver a decir lo dicho porque parece que es necesario hacerlo. La crítica es militancia. La conferencia, foro del que nadie saldrá indemne. La palabra es apodíctica y sutil a la vez. El humor cuela y eso ayuda a que entendamos mejor. La intervención es pedagógica, en el buen sentido.

Poner los textos en orden, establecer una cierta lógica de continuidad que ligue y entrelace, que le permita al que opte por leer este libro en orden sucesivo, recuperar un cierto sentido de recorrido parece ser un imperativo de buen editor. Sin embargo, los sentidos son móviles, las ponencias, las conferencias, los artículos reunidos parecen responder en principio a un centro temático, que acaso coincida con su título; en su lectura, a medida que avanzamos, nos pasa que      –como pasa con ciertos buenos ensayos– ese centro se desplaza, se corre, se amplifica, hace el famoso efecto de “la piedra en el estanque” –imagen que utiliza el ya legendario maestro italiano Gianni Rodari para dar cuenta del poder de expansión de la creatividad–. Las ondas de sentido nos transportan hacia temas asociados que en realidad parecen ser partes menores de un guión mayor que es la insistencia en el reconocimiento de la complejidad de un campo, el de la cultura y la literatura para niños, y el carácter polémico y beligerante con el que deben posicionarse los que, como estudiosos, decidan transitar este campo.

            Estoy imbuido desde hace varios días en una retórica barroca, que opta por los modos más prolíficos de la metáfora, de la analogía, de la hipérbole, de la adjetivación inesperada, del desplazamiento semántico más caprichoso, de la libre invención de neologismos, para decir de la manera más indirecta posible lo que los discursos pedagógicos hubieran optado por decir de manera clara. La claridad en el lenguaje resulta ser a esta altura una ingenuidad, una quimera sin sentido en esta poética de la crítica de María Adelia. La lectura intensiva me reconcentra, el silencio de mi estudio parece dejar lugar para que esa voz de los textos se vuelva casi sonora. Soledad sonora, un título de Victoria Ocampo. Hay personas en las que las relaciones entre oralidad y escritura se traman de un modo peculiar. Aquello del buen decir, del “habla como escribe” se verificaba en María Adelia pero de una manera diferente. Pues ese barroquismo de la escritura parecía devenido de la oralidad (o viceversa), de una oralidad cautivante. Fue hace muchos años en que la oí por primera vez, por teléfono, buscando a una profesora que mucho sabía –según me dijeron– sobre escritores de Mar del Plata. Si el lenguaje literario puede ser entendido en términos de extrañamiento y desnaturalización, esa lengua oral de María Adelia, de esa desconocida que me repreguntaba una y otra vez sobre el sentido de mi interés por esos escritores locales. (“Uno solo vale la pena”, sentenció en un momento, “te lo voy a presentar”). Del primer café compartido me llevé la lección de que no hay límite para la invención, para el juego, para la disrupción, ahí en la oralidad y de que hay gente que es capaz de explotar esa posibilidad de una manera sorprendente. Tan limitada me parecía en ese momento, a mis 25 años, mi propia lengua.

            En este entrelazamiento entre lengua oral y lengua escrita, me vuelve una pregunta mientras ordeno estos textos, mientras escribo este prólogo. La pregunta es casi escolar –escolar universitaria, quiero decir– y es la clásica pregunta por la escritura de la crítica. Unos modos escolares de preguntarnos frente a los textos de la crítica sobre su recorte de objeto, sobre sus paradigmas teóricos, sobre sus estrategias argumentativas. Pero acaso, -pienso ahora- quizá faltaba en esos ejercicios de lectura de la crítica una pregunta que es la que se me impone mientras leo estos textos. Una pregunta que inevitablemente debe ser dicha recurriendo a una categoría acaso desprestigiada como para que pudiera haber ocupado algún lugar en un ejercicio escolar en aquella universidad de la apertura democrática de los ‘80. “Estilo” es la palabra. La crítica, si no es obediente respuesta a los mandatos del “paper” internacional, de la revista con referato, responde a un estilo, innegable marca en el lenguaje de un pensamiento y de una estética, de una intención y de una autoría. En Díaz Rönner, ni el más mínimo atisbo de alguna forma de lenguaje adocenado. Así es su escritura, así era su oralidad. Y quizá esta sea otra de las lecciones de este libro. No sé cuantos estudiantes universitarios atraviesan cátedras o seminarios de literatura infantil; sabemos, lo reafirma y denuncia María Adelia, no es la literatura infantil asunto de la academia. Los estudiantes de letras que transiten este libro, quizá perciban la osadía de una escritura forjada recorriendo los bordes de un modo discursivo al que ella no podría adherir en ningún caso. Resistencia del objeto, resistencia del estilo, escribir sobre literatura infantil acaso suponga un nuevo pacto de escritura crítica que se ensaya en estas páginas que ordeno y prologo. Algo de ese objeto me interpela a mí; algo de ese modo de hacer crítica me convoca; quizá a transitar lo que poco transité, ocupado en investigaciones históricas y pedagógicas y en gestiones; pero sí –afirmo– la literatura siempre estuvo ahí -me digo-. Por eso estoy armando este libro, por eso es que descubrí este objeto, cerca de ella, de Graciela Montes, de Susana Itzcovich y seguí aprendiendo cerca de todas las colegas que vinieron después, casi una década después.

            Escribir el libro póstumo de una amiga, vaya encargo. Pero si no me quejo. En junio cuando di la conferencia en el profesorado de Santa Fe, hice un ensayo de lectura, de hablar de ella, de hablar de este libro. Vino a mi mesa Políticas de la amistad de Derrida. Bajó de mi biblioteca y me ofreció, entre subrayados antiguos, marcas de otra ocasión, alguna cita propia y alguna de Cicerón. Encuentro De amicitia en mi biblioteca. Busco la cita de Derrida. El problema de las traducciones. Alguna de estas citas quedará en el prólogo, decido; inocultable, la amistad, revive a los amigos, como lo hacen estos textos, como los de Cachi, como los de Maite.

María Adelia siempre nombraba a Barthes. Eso me hace pensar por un momento en que tendría que incorporarlo en mi prólogo. Relaciono a Barthes con ciertos momentos de la vida de la gente de su generación. María Adelia había estado en París en el Mayo francés, justo en esos días. Su relato era seguramente fascinante para unos veinteañeros que en esa época estaban en los primeros grados de la primaria. Mi amiga Claudia hace unos días recordaba una versión de este relato; tal fue el impacto ese día en que la conoció en nuestra casa. Barthes estuvo siempre, y volvía con un plus de fruición por su conocimiento del francés. Las profesoras de letras de esa época –pienso- tenían una relación más amigable con las lenguas mayores, las extranjeras. María Adelia lo declara en este libro, en un texto autobiográfico que decidí poner al comienzo, el francés estaba ahí desde la infancia. Casi Victoria Ocampo. En Mar del Plata, la ciudad de Victoria Ocampo. Busco a Barthes en mi bibloteca. Diario de duelo salió en el 2009 en la editorial Siglo XXI. ¿Lo conoció María Adelia? Alicia me lo recomendó; yo ya lo había comprado. Es bello, es raro. Me sirve.  ¿Cómo escribiré mi diario de duelo?

Quizá lo que valga la pena sea meramente escribir: me ayuda el propio Barthes.

Escribe en su diario en 1978:

¿Escribir para acordarse? No para acordarme, sino para combatir el desgarramiento del olvido en cuanto que se anuncia absoluto. El –pronto- “ya ninguna huella”, en ninguna parte, en nadie.

Necesidad del “Monumento”
Memento illam vixisse (acuérdate de aquella que ha vivido)

Y en el mismo año apunta:
Transformo “Trabajo” en el sentido analítico (Trabajo de Duelo, de Sueño) en “Trabajo” real –de escritura.
Pues:
el Trabajo por el cual (dicen) se sale de las grandes crisis (amor, duelo) no debe ser liquidado apresuradamente: para mí solo está cumplido en y por la escritura.

 

Es Barthes el que me habla. Yo soy hablado por él. La conversación continúa.

  

(*) Me refiero al libro La aldea literaria de los niños. Problemas, ambigüedades, paradojas de María Adelia Díaz Rönner que publicará próximamente la editorial Comunicarte de Córdoba.

 

(Actualización septiembre-octubre 201/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646