marzo-abril 2017, AÑO XI, Nº 60

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La literatura y sus restos (teoría, crítica, filosofía)
El incesante viaje de las estrellas

 

Me dice un poeta y novelista con cierta experiencia en el oficio judicial de las letras, que los escritos enviados a concursos literarios son los que más fatalmente juegan su destino en las primeras líneas. Abrumado ante un zigurat de inéditos apilados a la espera de su dictamen, el que oficia de jurado se dice, antes de alzar o bajar el pulgar sobre cualquiera de los textos, que de muchos de ellos sabrá nomás por las primeras líneas su seguro matrimonio final con el incinerador o la trituradora de papel. Una moral declinante y frágil lo empujará de tanto en tanto a otorgar una segunda oportunidad y hojear a la marchanta el manuscrito o, peor, el párrafo final. La situación parece la variante extrema de tantísimas escenas iniciales de lectura, incluso de las más distendidas: el primer verso, la primera frase, el párrafo inicial o el capítulo uno deciden a veces si el lector prosigue o abandona. Es una contracara, obviamente, de la consabida escena del escritor ante la página en blanco, ese homenaje que la mitología literaria rinde a la ansiedad.

Hay un canon de primeras frases célebres, una superantología para la veneración exhibicionista, que arranca con el pretendido comienzo homérico de los comienzos (“Canta, oh diosa, la cólera…”), hace a veces una parada en la cabeza del Cid girando mientras llora de los sus ojos, pasa por el narrador del Quijote que no quiere acordarse y por Martín Fierro poniéndose a cantar, y sigue, es un decir, con “Ya formidable y espantoso suena”, “Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves agora”, “Llamadme Ismael”, “Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte”, “Al despertar Gregorio Samsa una mañana”, “Amanece, y ya está con los ojos abiertos”. Cómo saber, por ejemplo, si Borges supo que corría el riesgo de repugnar con una aliteración facilonga de taller literario para aficionados entre cantarines y tremendistas, cuando empezó un cuento con la frase “Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche”. Sana, sana, la nana del nene. ¿Esa frase inicial de “Las ruinas circulares” es arrebatadora y sublime… o, por el contario, un derrape irremediablemente mersa? Cuando yo era chico fui a un taller literario donde me hacían hacer esas cosas. Alcancé a escribir un verso que decía “portando prepotentes pendones escarlatas”, y por unos pocos pesos mensuales el coordinador de aquella cofradía logró hacerme creer un tiempito que eso estaba muy bien. Por supuesto, hay una especialidad de la conversación inútil (ese deporte sedentario y feliz), la especialidad de coleccionar –geniales o cómicas– frases, figuras, o comienzos memorables.

La cosa, como es obvio, se vincula con las liturgias, con el rito y con, digamos, una disposición cultural de larga duración, antropológica se diría, según la cual siempre es posible arruinar lo que siga al mejor de los comienzos, pero imposible levantar el muerto de un inicio torpe, fallido o equívoco (y es irrelevante que no sea cierto, porque así y todo funciona). Entre los casos más conocidos sobre cómo arruinar para siempre un comienzo está el del chiste con Garcilaso, a la postre lacaniano: “El dulce lamentar de dos pastores”, “El dulce lamen tarde dos pastores”. Huelga decir que el chiste es pueril y ligero porque Garcilaso escribió eso, es decir se lo buscó.

Por supuesto, lo que la literatura, como la filosofía, sabe bien, es que nada comienza,  que en el principio hay nada porque nada principia. En 2010, el sello Homo Legens de Madrid produjo lo que merece ser anotado como un acontecimiento editorial: publicó la primera traducción al castellano de Daniel Deronda (1876), una de las mejores novelas de la inglesa George Eliot. Debido a que el primer capítulo ataca un episodio central de la trama, en mitad del tiempo cronológico de la acción, a Eliot se le ocurrió imitar y contradecir al Dios del Génesis empezando con un epígrafe propio acerca de este asunto de los principios, que dice así: “Los hombres no pueden hacer nada sin imaginar un comienzo. Incluso la Ciencia, que todo lo mide, está obligada a partir de una unidad imaginaria, y debe fijar un punto del incesante viaje de las estrellas si pretende que su reloj astral tenga un cero. Siempre se ha entendido que su ancestro menos preciso, la Poesía, empezara por el medio; pero si se piensa, resulta que su procedimiento no es muy diferente; la Ciencia también retrocede y se adelanta, divide su unidad en billones, y con su dedo apuntando al cero se sitúa de hecho in medias res. Ninguna retrospección nos llevará al verdadero principio; y nuestro prólogo, tanto si se sitúa en el cielo o en la tierra, no es más que una parte de nuestra historia”. La decisión tajante de Eliot ahí es, lo que se dice, grave: cuando escribió eso ya era una experta en narrar con un bisturí sintáctico de envidiable ironía analítica, y en pasar del pietismo hacia las pobres gentes (Silas Marner, por caso) a la inteligencia mordaz y nada piadosa en el relato de las miserias que el vil metal capitalista regalaba a los miserables (Brother Jacob). En esas y otras novelas se ve también, como en el epígrafe de Daniel Deronda, que la chica no era precisamente una Jane Austen: había tirado la chancleta yéndose a vivir con un tipo casado, se codeaba –caramba– con Herbert Spencer y con Stuart Mill, manejó una revista de intelectuales de vanguardia y hasta tradujo a Feuerbach y a Spinoza. Grave: quiero decir que Eliot estaba singularmente pertrechada para tomarse las cosas en serio sin titubear. En la cita vertiginosa sobre el “incesante viaje de las estrellas” y el imposible “cero”, lo que le interesa –como a todo pensamiento que se precie de tal– no es el cómo, que ella maneja con la maestría de una prestidigitadora infalible de las formas, sino el por qué: cuando se pone a escribir el epígrafe ya dejó atrás el interés un poco fútil por el aspecto retórico (o narratológico) del comenzar por la mitad, y en cambio se tira de cabeza en el espesor metafísico, es decir horroroso, de la cosa (nada comienza nunca y ahí estamos siempre, en medio de).

Sobre este tema del terror ante la imposibilidad de comenzar, hay dos libros conocidos: La angustia de las influencias de Harold Bloom, un poco farolero pero considerable (tentador, porque está repleto de sentencias coleccionables: “Un poema es la melancolía de un poeta ante su falta de prioridad”); y Beginnings: Intention and Method, uno de los mejores ensayos de Edward Said (que yo sepa, en castellano disponemos únicamente de una traducción inédita de los primeros capítulos, hecha por Verónica Delgado). Michel Foucault teatralizó el terror de los comienzos, el miedo de tomar la palabra ante un auditorio, en su lección inaugural ante el College de France (que circula en castellano como El orden del discurso); no habría que hacerle mucho caso, porque parece más bien una táctica para disfrazar un minué de protocolo: más que miedo, lo que Foucault debió experimentar ese día ha de haber sido la satisfacción mandarinal de pertenecer, y ha querido agradecerlo mostrándose conmovido por los honores que le hacía el Príncipe  (como está visto, el elitismo universitario francés –exageremos– es una continuación de la vida cortesana del Antiguo Régimen por otros medios, pero sin la parte descocada). En “Como si empezáramos de nuevo” (un ensayo de su libro ¡Realmente fantástico!) Marcelo Cohen recuerda que un cuento taoísta ya pensaba lo que George Eliot y sus amigos del progresismo filosófico y viajero del siglo XIX: para creer que algo comienza hay que haberse dejado hablar dócilmente y todo el tiempo por lo ya imaginado, pero no existe  modo de mantener la ilusión de por vida, y tras perderla solo quedaría volver a fingir pero a sabiendas. Ahora bien, la cuestión decisiva en Daniel Deronda (quiero decir en la literatura) es que el fingimiento se prolonga, igual que en Middlemarch, por más de mil páginas y, sobre todo, que la novela empieza (tras el inicio literal del epígrafe sobre los comienzos) narrando el momento en que Daniel ha visto por primera vez a Gwendolen Harleth. Ese primer párrafo del libro encadena una serie de interrogaciones que en estilo indirecto nos dan de ver el impacto que la presencia de la muchacha produce en el protagonista. “¿Era ella hermosa o no? […] ¿Por qué el deseo de mirar de nuevo se experimentaba como una coacción y no como un anhelo en el que consentía todo el ser?”. El único deseo que merecería mentarse de tal es el que desembarca sin previo aviso y se instala de prepo, muestra Eliot, el deseo incalculado, el punto y el cero en que, de pronto, dejamos de ser hablados por el curso continuo de lo dicho. Algo, parece, ocurre. Nobles e ingeniosos esfuerzos macedonianos, hagan lugar: la novela, nomás, comienza.

 

 

(Actualización mayo-junio 2011/ BazarAmericano)






9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646