septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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El vino del mediodía
Canastas tobas

 

Hace un par de años, cuando vino a Rosario para escribir su crónica de la ciudad, Hebe Uhart me regaló una canasta y el libro de Lina Beck-Bernard, El río Paraná. La canasta es una artesanía de El Obrador cultural del barrio toba, adonde Uhart se llegó una tarde para escuchar finamente, y como sólo ella sabe hacerlo en atención y ajuste, la parla de sus contemporáneos. El libro, las memorias que la esposa alsaciana de un empresario suizo de la colonización agrícola santafesina escribió durante sus cinco años de estadía en la “Confederación Argentina (1857-1862)”.

Nos encontramos en un bar telúrico con Hebe Uhart, pero después cambiamos a otro, con afueras pero sin vistas ni folclore, para poder fumar. Fumamos. Le conté, con el fin de colaborar un poco con datos para su crónica, y entre otros poquísimos tópicos burdamente pintorescos que no la interesaron en absoluto, los suicidios de los perros en el Parque de España, que tampoco la interesaron en absoluto. Era muy de prever: los perros no hablan y menos suicidados. Me contó que en su primera juventud había pasado una temporada en Rosario para meterle distancia a los amores con un hombre inconveniente y que durante ese entonces solía estudiar latín en un bar costero mientras miraba el gran río. Lo del hombre inconveniente no lo puso finalmente en la crónica pero sí lo del río y el latín, al menos en la versión que yo guardo y que ella, tan gentil, me mandó apenas terminó de escribirla. Hasta ayer su nuevo libro Viajera crónica que incluye el viaje rosarino no llegaba a las librerías de la ciudad, así que no pude chequear si están el latín y el río, y si falta el hombre inconveniente. Parece, según comentó en un reportaje público que le hicieron en la librería porteña Eterna Cadencia, que no sumó a este nuevo libro la crónica sobre Formosa que escribió para la revista Transatlántico y que yo edité con admiración y alegría. Le dice al público, se ve que un poco presa de unos malos recuerdos: “no vayan nunca a Formosa, no vuelvo nunca más”. Y cierto que no es muy necesario que vuelva: todo lo que puede importar de Formosa ya lo escribió ella para siempre y además obtuvo, también y allí mismo, una canasta toba que le regaló la muy amable Teresa Rivero.

Quizá debería haberme preparado más para la entrevista con Hebe Uhart, y ya desde cuando ella me anunció su visita. Debería haber revisado un poco el anecdotario y la historia de la ciudad para llevarle información útil, pero supongo que confié, con error, en el atavismo urbano que, después de años y años de vivir acá, funcionaría en mi cabeza como respaldo y memoria: no sucedió así. Hebe me preguntaba, entre montones de cosas, quién es el señor del busto de la plaza tal y cual, o cuáles fueron las virtudes del señor Oroño que lo hicieron merecedor de un boulevard, y mi barca hacía agua en la ignorancia entre islas de gobernadores, monumentos, calles, fechas, barrios enteros, edificios. Creo que alcancé a decirle que Sarmiento se vino a Rosario con imprenta y todo para escribir el boletín de campaña en el ejército grande, pero ahora no estoy muy segura ni si lo dije ni si logré interesarla en las postrimerías, cuando ella partía tan rauda como Adela H. hacia otra entrevista de más provecho.

Ahora que lo pienso, otro equívoco, una falla grave en la percepción, debe haber funcionado en mi contra y a favor de mi fracaso como informante y como rosarina, y hasta como lectora.

Hace años que sigo con parejo fervor la literatura de Hebe Uhart, incluso escribí en su momento reseñas sobre sus libros Señorita y Mudanza. No hay como ella para lograr esa fusión asombrosa de sabiduría y candor. Eso se ve tanto en sus relatos, más que nada en aquellos en los que hay niños y los niños ven, hablan e incluso crecen en “comprensión de la vida”, como suele decir Uhart, como también en las crónicas, donde la viajera anda y observa sin postulados, sin sospechas, sin supuestos porque entiende (¡y no es obvio!) que hay mucho que aprender de aquello que se ignora: de una ciudad completa y de una habitación, de una mesa de luz y de un monseñor, de un mercado, un remisero, un cartel que publicita mortadela, una pérgola, un busto de plaza y hasta de unos alemanes. Y hay que subrayar la penetrante inocencia con que Uhart mira y, sobretodo, escucha los mundos nuevos, porque salvo notables excepciones, muchos cronistas suelen conocer todo de todo antes siquiera de empezar a pensar en itinerario y destino.

Mi amigo Alberto Giordano, inventor crítico del “giro autobiográfico” con el que muchos piensan la literatura argentina actual, dice muy precisamente en su próximo libro que “cuando bordea con trazos definidos la imagen de escritora con la que querría ser identificada, [Hebe Uhart] todavía consigue preservar un poco de distancia apelando a la mezcla de sabiduría y extravagancia”. A aquel candor y a esta extravagancia, que son los de sus personajes y narradores, y que desconté que eran propios de su propia persona, respondí, en mi encuentro con Hebe, con los perros suicidas del parque. Unos perros productivos que sin perder su inocencia animal proporcionaban la rareza humana de arrojarse desde gran altura al patio bajo de los cipreses del Centro Cultural Parque de España –que Uhart bien describe en su relato sobre Rosario– al tiempo que, incluso mientras iban cayendo, se inmolaban en la idiosincrasia.

Lo que Hebe Uhart quería no eran perros rosarinos melancólicos sino ¡datos! ¡datos!, los necesarios en la vida y en los cuentos: la ley de matrimonio civil de Nicasio Oroño. De los misterios, incertidumbres, extravagancias y de la realidad ya se haría cargo la literatura que para eso la de ella era sabia en voces y en historias.

Me quedé con la hermosa canasta toba: la usé de inmediato como revistero. Y con el libro de Lina Beck-Bernard que leí recién hace pocos días, cuando buscaba alguna cita sobre la Santa Fe decimonónica. Recuerdo que Hebe Uhart me lo aconsejó entusiasmada, y que su consejo y su entusiasmo, más que buscar mi adhesión, parecían reafirmar la suya propia.

Pues bien Lina Beck-Bernard, una señora muy aseñorada, escribió unas memorias muy amenas donde las abstracciones del costumbrismo cunden a favor de personajes y escenas muy concretas que, si modelan idiosincrasia, color local, historia y aire de época, lo hacen solo de pasada, sin aspavientos y sin que ese parezca su propósito último. Y no se trata solo de una mirada extranjera —aunque hay mucho de eso— que marca con descontada aristocracia los lindes entre su curiosidad y los motivos de su curiosidad sin contaminarlos, sino también, en los trazos azarosos de ese límite, de una disposición abierta y franca hacia el raro mundo ajeno que promueve un interesantísimo anecdotario testimonial. Todo lo que Lina Beck-Bernard ignora de la ciudad de Santa Fe que es, justamente, todo lo que quiere aprender, sostiene  y conduce su grácil vocación observadora. Se parece mucho, salvando las distancias que van de un siglo a otro, de un talante narrativo a otro, y fundamentalmente, de una mujer a otra, a la actitud cronista de Hebe Uhart: alerta, gentil, ligeramente irónica, siempre en posición favorable tanto hacia el hallazgo como hacia el ritual. Y, sobre todo, atenta a las voces de tipos y caracteres que, en el oído crónico de ambas, adquieren su distinción. Y aunque Lina Beck-Bernard escribe y escucha desde el francés, se presta, a la hora de mentar las voces de sus vecinas a los tonos más coloridos del español —tanto como Hebe Uhart se presta a los del guaraní, los del alemán o los del toba—. En traducción de José Luis Busaniche, Beck- Bernard escribe: “Me ofrecen los primeros duraznos, los mejores higos, las naranjas de invierno (más raras que las otras), y lo hacen con alegre cordialidad, aludiendo a ‘las bondades de la señora’, todo en pocas palabras emocionantes, a veces poéticas y en esa admirable lengua española, concisa, enérgica y graciosa a la vez”. En “La tierra Formosa” Hebe Uhart, más directa, menos adjetiva,  subraya entre corchetes el “toba ligerito” de Teresa Rivero y la coacción burocrática que sufre su identidad y la de su marido: “Mi marido es García Raúl y yo Rivero Teresa [la anteposición del apellido debe tener que ver con el uso del nombre para hacer gestiones]. Yo me capacité para hacer mediación, por ejemplo para acompañar a los ancianos que no saben castellano a la capital para hacer todo tipo de trámite. Mi hija es maestra especial de modalidad aborigen [va a echar una ojeada dentro de la casa y habla en toba ligerito]. Vine de Pirané a los quince años, nunca más volví. Allá comíamos ñandú frito o asado, había mucha miel. Cuando llegué acá, todos vivían en taperas de palma y cartón y mi marido García Raúl hizo la casa de material.”

Después de este decir, Teresa le regaló a Hebe Uhart una canasta toba, “nueva y brillante”, ahí mismo, en su patio.

 

(Actualización mayo-junio 2011/ BazarAmericano)

 

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646