septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Ausencias reales
Pensar sin mi cabeza

 

Estadio de tesis: preocupación por la originalidad. A pesar de Benjamin, Duchamp, Borges y todo el rollo. Se viene del gradual descrédito de la aplicación. Sujeto de tesis: sujeto en sentido estricto, fuerte. Con todo y Barthes: el autor es expropiado de su obra, pero solo para que el lector se apropie de su lectura. Un problema de enseñanza, quizás. La tesis, no solo el nacimiento del lector, sino su infancia, su adolescencia y su madurez. Su adultez. Estadio de tesis, asentamiento, amancebamiento, blindaje del yo. El nacimiento del lector se paga con la muerte de la lectura, puesto que fue el mismo Barthes el que hizo serias objeciones al dictum: Yo leo el texto.

La preocupación por la originalidad es un requerimiento de decir algo nuevo. No es lo nuevo artístico, sino científico. Tenemos que ser originales por las demandas de cientificidad, porque las artísticas hace tiempo han renunciado a tal cosa. Hay ahí una paradoja: contra la mera aplicación, la metodología y el marco teórico, que son cientificistas, la originalidad también lo es, como si la invención radicara en volver plásticas las categorías teóricas y, en consecuencia, construir conceptos ad hoc. Cuanto menos asediado mi corpus, tantas más posibilidades de decir algo nuevo. No obstante, este axioma admite su contrario. Cuanto más asediado mi corpus, tanto más visible serán las zonas no explotadas, esto es, no leídas. Que el estado de la cuestión sea muy extenso puede ser, al contrario de lo que podría pensarse, alentador: al construirlo, es decir, al intervenirlo, lo nuevo “sale solo”, sin que tenga que “inventarlo”. Lo más leído es a menudo lo menos leído. En vez de darme a la ardua tarea de construir conceptos, puedo dedicarme, lo que no es menos arduo, aunque sí más divertido, a destruirlos. Cuanto más ha sido asediado un corpus, más posibilidades hay de que se haya leído mal, más son las conceptualizaciones que escamotean el objeto en vez de iluminarlo. Uno ni siquiera tiene que preocuparse del corpus, basta con que se dedique a criticar lecturas previas, a desarticularlas, y ya eso, automáticamente, revierte en un efecto productivo. Crítica constructiva es un pleonasmo (para peor, un pleonasmo que ejerce el pudor o la modestia), porque la destrucción es en sí misma constructiva, pero no por una buena voluntad o en sentido bienpensante, sino porque es altamente productivo atacar, discutir, desarmar, desenmascarar presupuestos, polemizar, examinar con desconfianza. En cambio, con el corpus poco estudiado, o directamente no abordado, tengo que construirlo todo, para poder apreciar dónde está el claro.

Bien o mal, términos en descrédito, tomados por la moralidad, que solo admiten su inversión valorativa. “Pluralidad de lecturas”, “mala lectura como incorrección teórica y política”, etc. Lo contrario es lo mismo, o mejor: leer contra las buenas lecturas, incluso cuando se crea que lo son.

Uno después se da cuenta de que no hay que darle tanta importancia ni al objeto ni al sujeto. Entonces la teoría, lo que llamamos teoría, aparece bajo otra luz. Ni nos autoriza ni tenemos que volverla operativa. Ella es en sí misma plástica o no es teoría. Tal vez habría que desempolvar la desacreditada aplicación. Contra la teoría, ¿qué hay? El sentido común disfrazado de ensayismo. O desnudo, sin disfraces, lo que es más común de lo que se cree. En el otro polo, el barroquismo teórico y crítico para autorizar no se sabe muy bien qué. Equidistante, trasladar los argumentos de una teoría a un corpus que no la previó (lo que es usual, porque los corpus son particulares, locales, y las teorías generales, universales), con cierto cuidado, con un poco de habilidad, puede ser una operación que implica un menor costo y una productividad alta. Se gana en los dos planos: la teoría se “rompe” en su aplicación (o fluye, si lo pensamos en términos plásticos), deja de ser autoridad para volverse camino, abrirse paso, y la innovación, retrospectiva, discreta, de efectos retardados (pues de otro modo actúa el voluntarismo que preside la tesis), acontece más allá de mí, en un plano impersonal, en donde un texto se entrelaza con otro, y todo lo que yo hice fue operar el punto de articulación.

El afán de originalidad engendra monstruos. El de la teoría aleja de la experiencia literaria. Pero no hay que sustraerse a ella sino “salir por adelante”: excederse para desbordar, perder a la literatura para volver a encontrarla más allá. Somos lectores de lo universal pero solo podemos escribir lo particular. El axioma indica (supongo) que no podemos escribir lo particular sin leer lo universal (algunos directamente se lo saltean). Leerlo no es otra cosa que darlo a leer, sin poner nada de uno. El crítico se borra como el escritor, se pierde como la fina nieve que hace tañer dulcemente la campana.

De modo que no es falsa modestia aseverar que “no es idea mía”. La demanda de originalidad, o de novedad, arrastra la de subjetividad porque con la tesis, como el boxeador después de que le quitaron el banquito, se está solo. Con la tesis o con el paper. No es así, pero así lo aprendemos en algún momento. Ahí hay un error estructural. A veces es histórico, otras biográfico, coyuntural o generacional. Pero es constitutivo. Al afirmarse en uno mismo, más allá de lo que se crea pensar o de la posición filosófica que se pretenda tomar, uno se somete a la voluntad. El yo no piensa (no existe), el yo quiere. Ello piensa. No hablo del deseo. Si quiero tener una idea, seguramente no la tendré nunca. La idea viene, abrupta, como a Lu Hsin en la estación de tren. En consecuencia, no podemos escribir tesis, porque queremos hacerlo. Esto se sabe mucho después. Si es mi idea, probablemente no sea una idea. Si es idea de otro, puede muy bien hacer la prueba de su resistencia a la tergiversación, al uso, al plagio, a la transformación. Si se me ocurre una idea, no se me ocurre a mí, porque ese acontecimiento debería transformarme (no quería dar ejemplos hasta acá para mantenerme en un plano abstracto, y porque los ejemplos últimamente me irritan, pero no pude evitar la historia del viejo Lu Hsin, que no sería un ejemplo sino la cuestión misma, la fábula zen del no hacer porque la invención se hace). Nada de hipótesis. Nada de lectura “propia”. Doblemente asfixiados por los imperativos de la objetividad y de la personalidad. Leer debería ser pensar sin mi cabeza.

Desde luego, en comunidad. Pero no la comunidad de lectores o de críticos. Solo la comunidad de los amantes. En este sentido: aplicar no sería más que pensar algo con el otro, amado. Barthes, el gran amor de la crítica literaria argentina, su gran diva. Pensar-con, esa sería la prerrogativa del lector que escribe. Ni yo que creo conocerme, ni otro que creo desconocer, sino otro que creo amar sin conocimiento, suponiendo que me conoce más de lo que me conozco a mí mismo.

 

(Actualización septiembre – octubre 2017/ BazarAmericano)

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646