julio-agosto 2017, AÑO XI, Nº 62

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Salgo a caminar
Barroso y realidad

¿Mirar como recién llegado, habituado, visitante, es igual o diferente al mirar del que fue nacido y criado en algún lugar? Si la vida es pasado, presente y futuro ¿puede la observación, el ojo, mirar lo total, de algún lugar? Si, aprendimos, un fragmento, un recuerdo, puede ser todo.

¿Viajero ocasional? ¿Turista inspirado?

De los barrios marginales que como hojas alrededor del tallo, circulares y en diferentes niveles hacia el cielo se ofrecen, hoy hablaré de Azopardo, azote negro sin que lo negro sea malo, uno de los bajos de San Salvador de Jujuy (S. S.)

En realidad varios serían los bajofondos según el imaginario, la fama no es la realidad: Villa San Martin, Villa Belgrano, Punta Diamante, ay mamá, Alto Comedero, Malvinas, San Francisco alias San Pancho, alguna villa nueva, seguro el barrio de la Tupac, es un chiste esto último señores correctos, cuando fui solo me observaron como un visitante, estaba todo bien, creo, dentro de las fronteras del Cantri.

Yo nací en un barrio más al sur, las ocho veinte viviendas, que en los grafitis se escribía 8/20, y en cuyo primer muro se leía el habitual: “Entrá si querés, salí si podés”. Pero en tradición malandra, El Azo tiene fama, hoy podríamos decir, internacional.

Desde mi barrio de la niñez hasta aquel barrio serán unos quince minutos en bicicleta. Antes, después de la calle Escaya había canchas de futbol y más allá el Río Grande bordeaba a la ciudad hasta Palpalá y hacia el sur se alejaba del Ande para llegar al Río de la Plata.

Si el río representa a la sociedad que acompaña, ese río de piedras que de pronto en verano crece rabioso y descontrolado llevándose villas, perros y humanos, acaso refleja el tercer lugar en femicidios que ocupó la provincia en el país en el año 2016. En otoño vuelve la calma chicha, no enchichada, sequedad y soledad en el monte y la piedra acariciada por el viento te llevan a pensar en el orificio de una quena cuyo sonido se expande del valle a la quebrada, del valle a la selva del pinpin y acompaña, ¡oh, única!, la meditación y pobreza del gaucho con auto.

De chico iba a esas canchas de Azopardo, acompañando o por voluntad propia, en los tours de la juventud veía caer el sol y los sábados por la tarde a los veteranos haciendo el tercer tiempo con alguna bebida dulce entre el conversar amigo.

En la Calle Escaya vi a las meretrices esperando con el brasero. Hoy ya no. Las casas eran de profundos grises. Hoy ahora ahí dobla el viento y se cruzan los atajos y se rifa la desesperación de los niños que de vivos terminan débiles.

Algunos personajes de la zona podría recordar pero la realidad y por el realismo, el recuerdo, musas, no arriesgaría mi cuerpo. Orhan Pamuk habla del “no se señala con el dedo”, Adolfo Couve, en una entrevista, de que “destapar los techos del vecindario” es otra cosa.

¿Pero en estos orígenes el crear es un sedimento a mejorar con las generaciones futuras? Recuerdo de la cancha a uno sin remera, el cuerpo era firme pero no musculoso, más bien con grasa, la carne cubriendo los huesos porque sino acá te dicen que estás flacx, el estereotipo es la grasa como señal de salud -ricos flacos, pobres gordos- una panza cervecera siempre un poco exagerada para los hombres y cierta gordura no recuperada para las madres.

Lo veía agitando, no llevaba tatuajes pero al parecer era el más fuerte del lugar. Por ahí estaba bien, también lo vi mal. Convivíamos en el mismo terreno, la escena de la provincia en donde la decadencia es en vivo y en directo. 

Recuerdo que por aquél tiempo estaba el Loco Cabeza, manteniendo el status quo, me dijeron, se le dice loco al que no queremos que nos quite protagonismo, al que queremos marginalizar, lo recuerdo por ahí con una remera de Hermética, unos pantalones rotosos, unos borcegos de la guerra del ochenta y dos. De aquel pichi despeinado después nadie supo. Los tiempos del paco y del mp3 lo dejaron de lado, ahora la onda era refugiarse en un fumadero en donde el que se distrae pierde, y esconderse con la moneda hecha luz, tomada de un jujeño aún más pobre que ellos.

La pobreza caracteriza a este lugar. Las burguesías -nuevos ricos a los que les salieron bien los negocios, políticos habituales, profesionales perseverantes- se atrincheraron en los countrys y allí se relacionan las nuevas generaciones y tal vez de ahí salgan los futuros escritores si son iluminadas sus habitaciones, ¿o tal vez los artistas vengan de algún barrio multitudinario y nuevo en donde se dio la conservación de la raza, que ofrece cuerpos fotografiables admirados por los extranjeros que también flashean con la Tupac y la belleza del pobre que razona con calma y es diferente a lo occidental cristiano?

En la revista Tarja (1957), dicen que lo que hoy es la calle Párroco Marske ya era tabacal y después. Voy en el auto por la noche observando la avenida Almirante Brown, su calle paralela. Cruzo los bancos y las madereras, la plazoleta oscura de la Escuela 360; relaciono esta calle a un gran barco, paso los plásticos de las lomiterías, desciendo por la YPF, las vinerías, las concesionarias de autos. Llego al sur, a mi barrio oscuro, oxímoron, ahora con vida nocturna, con personajes históricos que aparecen en la secciones de cultura y policial, héroes acabados, campeones casuales, nuevas generaciones sin códigos; construcciones del FONAVI, exteriores de casas iguales que guardan mundos diferentes.

Jujuy, familias ocupan instituciones y reproducen sus posibilidades, alguien, tal vez, ponga alto en el cielo la fonética del pueblo en donde nació.

Me dicen que las críticas deben ser hacia adentro. Escribo, no es crítica, solo me río con espíritu anarquista. Cesar Aira, recordando a Héctor Libertella, dice: “Recuerdo una anécdota que se me vuelve alegoría (todas corren ese peligro).” Si en Google Street recorren hoy la calle Escaya (Junio de 2017) pueden ver a los pibes observando el auto que los fotografió -no están como dibujados pues son subcampeones argentinos que conocen a Marcelo Tinelli-, y un grafiti que dice algo que las matas no dejan ver el final. También, lo aseguro, hoy por la zona se dice: Libertad a Milagro Sala presa política en el gobierno de Gerardo Morales. Jujuy: violencia, represión, miedo, autocensura.   

He nombrado al gaucho, finalizo este párrafo con esta cita de El Medio pelo de la Sociedad Argentina (1967), de Arturo Jauretche: “Dice Gilberti: Entonces la región más poblada era el noroeste, con culturas indígenas mucho más evolucionadas, que practicaban agricultura con riego, mantenían bajo cultivo más de veinte especies vegetales, domesticaban la llama y la alpaca, habitaban casa de piedra, y residían en poblaciones estables. Sus tribus sedentarias y más adelantadas proporcionaron buena base para la vida de los conquistadores; una vez batidas militarmente, debían someterse por imposibilidad de transportar sus pueblos y tierras irrigadas. El noroeste fue entonces la región más densamente poblada, más rica y en contacto más estrecho con la civilización” y finaliza Jauretche esta nota al pie: “De la encomienda y el encomendero en su convivencia fue posible el mestizaje. Y de esos indios mansos, mestizos y españoles puros alzados, se formó más allá de los regadíos, y con la paulatina desaparición de la encomienda, esa clase interior, que también recibió la denominación de gauchaje.”

 

 

(Actualización julio – agosto 2017/BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646