mayo-junio 2017, AÑO XI, Nº 61

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Fantástico y heteronormatividad
Ausencias reales

Obligado a dar Cortázar en mis prácticos de literatura argentina (¡Cortázar!), me pongo a leer un poco de crítica, de la cual no conozco casi nada. Como suele pasarme, los textos críticos que más me interesan son los menos aptos para el aula (uno de Nicolás Rosa, por ejemplo: más interesante que los textos de que se ocupa). Incompatibilidad del ensayo con la transferencia didáctica, por lo menos en el grado. Las clases que más me gustan son las que lo remedan: digresiones, no-saber, ocurrencia de ideas fuera de la planificación, interrupciones, cierto dar vueltas en torno a un problema que no termina nunca de clarificarse, comunicación (en sentido no comunicativo) de experiencias. Muy poco aptas para un Jefe de Trabajos Prácticos. Horrible denominación. Aptas para un seminario de posgrado. Hacer una clase solo de digresiones, ese es mi ideal.

En fin. Me pongo a leer el libro de Alazraki. Lo primero que se me ocurre es que la cuestión del género literario es banal, inútil, irrisoria. Si un texto se atiene estrictamente a un género, sale de la literatura. Si lo manipula, no se necesitan cientos de páginas de diversas definiciones y controversias, basta utilizar la que tengamos más a mano. Son contraseñas, como las que usamos cuando tenemos que poner “metodología” en planes de tesis y de investigación. Cortamos y pegamos. Es obvio que no usamos metodología y que solo cumplimos un requisito burocrático. Con el género fantástico pasa más o menos lo mismo: si lo necesitamos para algo, citamos a Todorov y chau pichu. Nunca leí a Todorov, desde luego. Está lleno de estas contraseñas en las que citamos conceptos circulantes de textos que no hemos leído. Ni falta que hace.

A propósito de esta cuestión, recuerdo una pequeña anécdota. Los referatos de las revistas a las que mandamos nuestros textos para hacernos pasar por investigadores nos deparan muchas aventuras y situaciones graciosas. En un trabajo sobre un cuento de Di Benedetto, yo polemizaba con una interpretación que lo leía en clave fantástica. Para el que le interese, el texto es “Falta de vocación”, de Cuentos claros. Bastante insípido. Es como una parodia: un empleado municipal empieza a escribir, ya grande y jubilado, sin haberlo hecho nunca, cuentos fantásticos. Todo es cómico, algo así como una reflexión grotesca del mendocino acerca de la dificultad de repetir la hazaña borgiana desde una remota ciudad de provincia. Don Pascual (así se llama: como si Doña Tota escribiera ensayos feministas) sufre alguna alucinación y, asustado, decide dejar la literatura. La crítica en cuestión aplicaba, escolarmente, a Todorov y lo declaraba fantástico, porque hay una vacilación respecto del episodio sobrenatural. Según mi punto de vista, esa aplicación estructuralista, casi de trabajo práctico, perdía de vista el tono general del cuento, que desautorizaba tomarlo en serio. No tengo nada contra la aplicación, que tiene mala fama. Más bien tiendo hoy a reivindicarla, porque un exceso de “creatividad” nos depara falsos ensayos lamentables que también se mandan a referato (ahí los compadezco). Pero la buena aplicación debe ser irreverente con la teoría. No era éste el caso.

Sea como fuere, cuando me evalúan el trabajo, una de las observaciones del referato era que yo utilizaba una noción de fantástico, la de Todorov, que ya estaba superada, o cuestionada, por otras más nuevas. Es llamativo lo poco atentamente que leen algunos evaluadores. Era la crítica con la que yo discutía la que utilizaba Todorov, no yo. Además, ¿qué diablos me importaba si había nociones de fantástico superadoras? Para no hablar de la persistencia hegeliana en el presupuesto de que las cosas se superan.

¿Sería el neo-fantástico de Alazraki? Es posible. Después vendrá el pos-neofantástico y así. Pero la lectura del libro es grata. O no demasiado ingrata. Entonces considero que, si a algún investigador le interesa el género, es porque quiere curtir ese mambo, teórico, y los textos literarios en cuestión le interesan menos. Me parece respetable esa inclinación. Son dos pasiones distintas: la crítica y la teórica. Las categorías, si tienen algún interés, lo tienen por sí mismas. No hay nada que me guste más que la definición de Marthe Robert sobre la novela, que la divide en dos grupos. No sirve para nada, pero precisamente por eso me resulta fascinante. Me preocupa poco, también, que sea correcta: me basta con que sea elegante. Cuando vamos a los textos, no importa demasiado. No sé a dónde irá Alazraki con su unicornio, pero estoy seguro de que le importa más el fantástico que Cortázar. O le importan ambas, con igual pasión, con lo cual habría hecho mejor en escribir dos libros. No veo, tampoco, la utilidad de decir que Fulano redefine el género tal. En todo caso, la innovación trasciende esa redefinición.

El año pasado, asistí a un panel sobre Zama y la novela histórica. Estaban Elsa Drucaroff, Fernanda García Lao y María Rosa Lojo. Esta última, como Alazraki, se despachó con la ampliación de la categoría de novela histórica, para poder incluir a Zama. Drucaroff hizo algo más complejo y problemático, y dijo cosas sueltas que me parecieron bien, aunque el sentido de la ponencia se me escapó. Lao dijo que cuando leía Zama le importaba tres pepinos si era o no era una novela histórica. Por supuesto, se armó una polémica. A mí me pareció que Lao tenía razón, pero no había dado un solo argumento, nomás se había despachado con la soltura del que habla como escritor y, por lo tanto, no necesita explicarse como un pobre crítico literario, como nosotros, cuando tenemos que, además, explicarle la explicación a los referatos. Así que intervine y, recordando un argumento de Martín Kohan sobre el realismo literario, le pregunté a Lojo cuál era la utilidad de la categoría novela histórica si la flexibilizábamos tanto. ¡Para qué! Drucaroff empezó a excitarse y a decir un montón de cosas, y no sé cómo mencionó Las nubes. “Justo me ponés de ejemplo la novela mala de Saer” le dije. ¡Ardió Troya! Que quién era yo para juzgar un texto. Que ese era el problema, la novela histórica estaba subestimada como literatura. Etcétera. No me dejaba hablar, su autoridad me mandaba a callar como el irreverente desconocido que tímidamente dice su parecer desde el público.

El me importa tres pepinos que Zama sea una novela histórica, ¿cómo puede ser escandaloso? Es una discusión bizantina, o un problema que solo puede interesarle a los que se apasionan por la novela histórica. Ya se sabe: el deseo es misterioso.

Expandir los límites de un género para meterlo todo adentro, o casi todo, es como defender un concepto de heterosexualidad generalizada. O de homosexualidad, que es lo mismo, aunque aparentemente más avanzado. Cuanta mayor amplitud, mayor poder de castración. La literatura es trans. El que escribe de verdad, el que inventa o asombra, el que destruye y sueña, ¿qué tiene él que ver con géneros? La literatura es una mujer con pene, diría Osvaldo Lamborghini.

 

 

(Actualización mayo – junio 2017/ BazarAmericano)




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ISSN 2314-1646