julio-agosto 2017, AÑO XI, Nº 62

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Salgo a caminar
Por la cintura cósmica del blues

¿Pio pio pi?, dicen al final de la tragedia los pajaritos en Matadero Cinco. Así, igual, se siente la calma después de, para los humanos, cierta tragedia climatológica. En 1941, Julio Córtazar, todavía Denis, ¿cuántos todavía Denis nos visitan?, queda varado en la zona. En sus cartas dice: «… Llegamos hasta Tilcara, ya bien cerca de Bolivia, y a 2.500 metros de altura. Mi corazón –siempre traidor– no quiso dejarme subir más. Estaba un poco “apunado”. Cuatro días vivimos en ese pueblecito, viendo a los indios, oyendo sus músicas, aprendiendo sus músicas. Un poco a la fuerza, porque un aluvión había cortado las vías. ¡Pero qué cárcel tan dulce!».

Hasta hace unos años, en el cruce entre la ruta 9 y la ruta 54, que va hacia Purmamarca y sigue hacia Chile, se veían los techos de algunas casas tapadas por algún aluvión pasado.

 

Quedo varado por la Quebrada de Humahuaca. La información llega sola, sin preguntar ni intención, en las personas las palabras salen de la boca, dan vuelta como hojas en torbellinos y se pierden por mis oídos: que sigue cortado, que se acaba la carne, atención, que no habrá nafta, etcétera… en Volcán bajó el volcán –piedras, tierra, lodo caliente–, en los días siguientes veo piedras de mi tamaño, 1,80 cm, en el medio de la ruta, adentro de las casas.

En los primeros días salimos a caminar y junto a la ruta esperan los camiones, en su mayoría paraguayos –al parecer en todos estos años desde que se habilitó el Paso de Jama no habían tenido mucho contacto con los pobladores–, esos que son conocidos como paraguayos, dicen en la radio, personas que me recuerdan a tucumanos colorados por el sol, ojos claros, pelos del marrón al rojo hablando guaraní, sentados en sus reposeras, esperando ya cinco días. No quiero decir que entre esas informaciones ya en Volcán escuché que decían que se podía evitar, y que, oh casualidad, estuve en donde lo de las instituciones, cruz roja, gobierno, y escuché a un político de panza con vino de domingos, no puedo decir su nombre, Jujuy es dictadura, off de record a una periodista: dejame que me informe un poco de la situación, cinco días después, aunque quizá esto que reproduzco esté fuera de contexto pues no vi televisión y no vi si antes se involucró o andaba de vacaciones, después hago la entrevista, dijo, recién llegado en su Toyota Hilux, camioneta de políticos y verduleros, de camisa impecable y bigotes, en el momento ideal para figurar. La ruta estaba cortada, viniendo de norte a sur se caminaban tres quilómetros y se llegaba al pueblo por atrás, cruzando campos anegados de barro, aves picoteado algo, cierto olor a cloaca. Los policías guiaban el camino, caminábamos con mochileros que volvían a la ciudad, después ya en el pueblo, autos de la policía te llevaban hacia el lado sur, en ese camino vi a una niña de seis años bailando twerk (¿?) en la puerta de su casa, los vecinos ayudándose, el barro resfaloso. Al otro lado del pueblo ya estaban las carpas con doctores, comida y ropa. Unos metros más abajo había que esperar como cuando se espera el colectivo de vuelta de la Virgen de Punta Corral, entre el viento frío del atardecer y la noche, cuando uno piensa, que llegue rápido, qué macana si me quedo acá toda la noche, no traje más ropa abrigada, los colectivos que tardan en llegar. La gente volvía con sus perritos en bolsos, jóvenes viajeros, abuelos con bolsas, el tránsito habitual de la frontera internacional.

 

A ningún jujeño que se precie le gusta Jujuy cuando llueve. Ningún jujeño lo piensa como un Jujuicito de mi alma, la canción, sino como un Jujuy con todas las letras, superior acaso... Esas letras folklóricas no fueron escritas por gente nacida acá. El pasito de la llama, bueno, no sé, ¿tal vez por ahí va su pensamiento? Quizás. La humedad, los cortes de ruta que impiden volver a los pueblos, la lluvia, el origen del ser, los hongos y los agujeros en los techos, no, ¿a quién le gusta? Estaba en Volcán, siete de la tarde aproximadamente, cuando se habilitó la ruta cinco días después del aluvión. Tenía frío y esperaba a la gente que había ido a ayudar con sus palas a sacar el barro de las casas –la pala se hunde y el barro se la traga, imposible, dicen; veinte personas ayudando toda la tarde pudieron limpiar el ochenta por ciento de una casa, dice otro–. Desde la caja de un camión vi cuando abrieron el paso. Primero los camiones, dijeron, y empezaron a avanzar. Vi dos horas de camiones volviendo al sur, sus nombres, calcomanías, ¡vi uno de Serodino! Volví tarde a la noche por mis cosas a un pueblo del norte. El locutor, unos días antes, al final ya prendía la radio para ver qué pasaba, ¡cuándo podía volver a mi casa!, decía: uh, las noticias, nos informan que sigue cortado, qué pena, che, tanta gente, hasta yo me siento varado.

Pio pio pi, así era la calma después del aluvión; a la semana veía más relajados a los verdes cerros de Barcena y la zona. Llegando al pueblo, grupos de soldados marchaban con sus palas y baldes todavía ayudando a la gente. Las camionetas Toyota de los políticos ya no estaban, por cierto, cuando los vi, vi sus camisas ya demasiadas impecables. Te llega al corazón y te parte el alma ver el poder de la naturaleza pero sabemos que los políticos y, en su representación, el presidente Macri, carecen de ella.

 

Así es la zona, de pronto vuelvo a San Salvador. El lugar, a pesar de todo y por eso mismo, podría caracterizarse por sus poetas y escritores, acaso sus mejores representantes. Entre 1900 y 2000, la denominada Tacita de Plata y su centro fueron de blancas casas de adobes, grandes patios Filibertianos, baldíos y calma retratada en los cuentos de Daniel Ovejero, Héctor Tizón –si casualmente la utiliza como escenario (como la zona urbana de Saer de los años cincuenta)–, el poema «Blues del atardecer» de Andrés Fidalgo, con la carreta con el caballo que lo cubren todo como en el «Maimará» de Jorge Calvetti, la obra de Néstor Groppa, que en el Anuario publicado en el dos mil dos dice que el siglo veinte termina en el año dos mil.

En la década del noventa eso se quiebra y rebalsa, y como se escucha en una declaración de Milagro Sala, la realidad es más evidente que la estadística. Los de mi generación recuerdan los noventa como se recuerda una guerra real, deprimente, increíble, histórica porque se sobrevivió, digamos.

 

En Aquí Jujuy, una especie de London Calling de 1973, Groppa habla de los seis litros de leche al año por habitante. En la década del noventa, pobreza, desocupación, suicidios y sida. A fines de los noventa, Ernesto Sábato, de visita también, se queja de las nuevas construcciones en el centro de Jujuy, en una breve entrevista que dio al noticiero, archivo que seguramente hoy no existe.

Si la ciudad fue nombrada por aquellos poetas, hoy la onda de esta zona es la del desmembramiento, como le hicieron a Túpac Amaru, como aquel juego del secundario en donde agarrábamos a uno de cada extremidad y decíamos le hagamos la gran Túpac Amaru a tal o cual, bullying, básicamente, aunque hoy y otros, los de siempre, gozan desmembrando lo escueto construido en el valle. Jujuy, zona de prueba, sí. ¿Y la resistencia, hoy?

 

De dictadura en dictadura vivimos: la ignorancia, el miedo. Siempre fue así, afiliarse a un partido, seguir al más vivo de la manada o muerte.

Hoy en plena calle principal unas estatuas recuerdan el fusilamiento de Lavalle, ¿con qué necesidad llegaron a esa obra en donde como en «El milagro secreto» de Borges un hombre va cayendo por un disparo?

¿Hoy sus artistas son los que no tomaron esa leche?

¿Acaso todo se resume en familia y poder?

Hegemonía muda, contrahegemonía desmembrada.

Y que se salve el que pueda.

Si me permiten una inferencia provinciana, un ejemplo de los errores de expresión:

después de veinte años de manifestaciones, Jujuy vanguardia, al último gobernados, fellner, se le ocurre construir una ciudad judicial en donde planea llevar todos estos problemas, a dos kilómetros del centro, el cuarto propio, de la famosa plaza, lugar de visibilidad de los sectores oprimidos de la sociedad, gremios y novios. Cuando asume morales detiene la obra y denomina ciudad cultural a ese espacio parquizado, que quedó en camino, digamos, que ahora sirve para festivales y desfiles institucionales.

Ciudad joven pero no virgen. La natalidad es cotidiana. Ha parido a líderes sociales y artistas y probablemente lo siga haciendo.

Desde los cerros salvajes, desde los cerros ardientes, esta población: política y políticos del pasado, iguales, lo veo, son los jóvenes políticos de hoy, qué pena.

Es una ciudad para andar en auto, como San Francisco. ¡Los autos!, ¡los autos!, ¡oh, Pachamama! ¡Hay muchos autos y pozos! Antonio Di Benedetto, al volver del exilio, dice en una entrevista: «Pienso que el estado de las aceras representa la situación moral en la que se vivió».

 

(Actualización marzo – abril / BazarAmericano)

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646