septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Editora

Ana Porrúa

Consejo editor

Osvaldo Aguirre  /  Irina Garbatzky
Matías Moscardi  /  Carlos Ríos
Alfonso Mallo

Columnistas

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/  Alfonso Mallo

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/  Ana Porrúa

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/  Osvaldo Aguirre

Federico Leguizamón
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Julio Schvartzman

Colaboran en este número

Matías Moscardi
/  Nora Avaro

Carlos Ríos
/  José Miccio

Marcela Zanin
/  Ulises Cremonte

Flavia Garione
/  Cristian J. Molina

Federico Leguizamón
/  Rodrigo Montenegro

Juan L. Delaygue
/  Juan Ariel Gómez

Luciana Sastre
/  Sebastián Bianchi

Sergio Raimondi
/  José Fraguas

Guadalupe Silva
/  Emilio Jurado Naón

Analía Capdevila

Curador de Galerías

Daniel García

Diseño

David Wapner

Columna Barrofón
La lagartija y la aldea

1

Érase una lagartija de color rosa, ojos negros, larga como la mano de un niño; había aparecido viva e inmóvil en la bacha de una cocina de un departamento deshabitado. Quien la descubrió fue un potencial inquilino y quien dijo «da buena suerte» fue el propietario de la vivienda. Su intención era reforzar con simpatía y superstición la voluntad del candidato. Pero en la vivienda no corría el agua, y la lagartija fue encontrada días más tarde en el mismo sitio, tiesa y gris.

 

2

Érase una lagartija tiesa y gris, larga como el dedo anular de un anciano, que no vivía desde la última vez que fue rosa, y quedó seca por culpa de una superstición de conveniencia, un invento sin raíz ni tradición. De los ojos color negro, mejor no acordarse.

 

3

Érase un espejo de cinco aumentos, roto al caérsele encima un frasco de sal, el cual se rompió, derramando la cuarta parte de su contenido.

 

4

Érase un amuleto «herradura de caballo»,  partida al medio por culpa de una aleación barata, con una inscripción que rezaba «bendito sea tu nuevo hogar, protegido será de toda desgracia».

 

5

Érase una aldea beduina arrasada por la policía, era la policía montada en topadoras que demolía casas de la aldea, y venía, o se iba, un hombre en automóvil: lo que importa es la banda de policías que lo esperaba para dispararle a quemarropa, ropa de beduino civil, profesor de matemáticas, que viéndose atravesados vientre, cabeza y corazón, se llevó por delante un policía asesino. Ambos murieron, pero sólo uno de ellos fue declarado terrorista.

 

6

Era el hijo en la cruz, el padre en la cruz, la madre en la cruz, la hermana en la cruz, el primo en la cruz, sobrinos y tías, abuelas y nietos, en la cruz. Y también sus perros, sus gatos, sus pollos, sus patos, ratones, pájaros y pececitos de colores, cada uno en su cruz.

 

7

 

Érase una lagartija rosa en la cruz, la cruz era la propia lagartija ya seca, y luego, eran dos lagartijas, una sobre la otra, haciéndose chistes de humor negro como sus ojos, tanto en la vida como en la muerte, en la desidia como en amor, en el contrato o en su violación.

 

8

Érase una aldea condenada a muerte, cada casa una cruz y una cruz en cada casa.

 

9

Érase un olor que llegaba por oleadas, hacía desmayar a la gente, revolverse en sus asientos, sin atinar a escapar. Cuando la ola se iba, en la arena quedaban conchas, guijarros, algas, que no decían gran cosa, pero hacían olvidar la vaharada.

 

10

Era una lagartija de arena, o lo que quedaba de ella, a la que olía un perro, o su pariente el chacal, quien entendía que no iría a sacar comida de ella, porque los canes no comen arena, y por respeto a la memoria del color rosa que fue, de los ojos negros que se fueron, de la aldea que arrasó la policía y del profesor de matemáticas beduino que los canas masacraron.

 

 

(Actualización marzo – abril / BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646