septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

logo.png

Editora

Ana Porrúa

Consejo editor

Osvaldo Aguirre  /  Irina Garbatzky
Matías Moscardi  /  Carlos Ríos
Alfonso Mallo

Columnistas

Paulo Ricci
/  Ezequiel Alemian

Nora Avaro
/  Juan José Becerra

Gustavo Bombini
/  Miguel Dalmaroni

Yanko González
/  Alfonso Mallo

Marcelo Díaz
/  Jorge Wolff

Aníbal Cristobo
/  Carlos Ríos

Rafael Arce
/  Ana Porrúa

Antonio Carlos Santos
/  Mario Ortiz

José Miccio
/  Adriana Astutti

Esteban López Brusa
/  Osvaldo Aguirre

Federico Leguizamón
/  David Wapner

Julio Schvartzman

Colaboran en este número

Matías Moscardi
/  Nora Avaro

Carlos Ríos
/  José Miccio

Marcela Zanin
/  Ulises Cremonte

Flavia Garione
/  Cristian J. Molina

Federico Leguizamón
/  Rodrigo Montenegro

Juan L. Delaygue
/  Juan Ariel Gómez

Luciana Sastre
/  Sebastián Bianchi

Sergio Raimondi
/  José Fraguas

Guadalupe Silva
/  Emilio Jurado Naón

Analía Capdevila

Curador de Galerías

Daniel García

Diseño

Gustavo Bombini

Olor a escuela
Diario pedagógico del Guaviare

Miércoles 17 de agosto, hacia el Guaviare

Salida de Bogotá, en Traffic hacia el sur, a la zona de la selva amazónica, junto a un sociolingüista colombiano de la Universidad Nacional, etnolingüista, se autocorrige. Vamos a dar clases a una Maestría para maestros que la Universidad tiene conveniada con la Gobernación del Guaviare. Es la segunda vez que viajo a San José del Guaviare; esta es la primera vez que lo hago por tierra. Me explican: ya no había pasajes en avión por el proceso de paz; muchos funcionarios del gobierno nacional viajan al Guaviare, zona siempre de máximo conflicto.

Veo un cerro al que se trepan cantidad de casas de ladrillo hueco, como si la Villa 31 se fuera poniendo de pie, como si la viéramos en vertical. Un conglomerado. No sé donde estoy: “¿aún en Bogotá?”, consulto, “Ciudad Bolivar”, me dice mi compañero de viaje etnolingüísta. Pasa por mi cabeza ahora eso de “casas enfiladas, casas enfiladas…”, pero seguro que lo que ví es algo mucho más duro que lo que veía Alfonsina en esa Buenos Aires de principios del siglo XIX.

Recuerdo mi viaje anterior al Guaviare -una zona del país que no muchos colombianos conocen-, hace dos años, sacos de arena a modo de trincheras en las calles y oscurecimiento y a dormir apenas anochecía. Había que cenar temprano, apenas terminaba de dar clases.

Escucho, un sector de las FARC, no acuerda con la paz, o al menos, en estas condiciones. Los campesinos viven del cultivo de la coca, me explican.

Un contraste, pasadas las casas enfiladas, ahora cerros límpidos con variedad de verdes intensos, camino de cornisa y muy sinuoso, curvas y contracurvas constantes; ajetreado y bello.

“Chipaque, municipio próspero del oeste”, se lee en un cartel.

De los cerros pasamos al llano con plantaciones de plátanos, yucas y guayabas. Una llanura, pero tropical.

Sigo aprendiendo: los niños de las escuelas atravesados por la lengua de los “raspachineros”, puro argot, una lengua tan por fuera del estándar escolar. Son los hijos de los campesinos que cultivan la coca. En esta región, la cocaína por gramos es moneda de cambio en lugar del circulante colombiano y los dólares se cuentan por peso.

Sobre el final del viaje, ya diez horas, (algo viene pasando con el radiador, se recalienta y nuestro conductor no sube de los 50 km. por hora), mucha lluvia antes de llegar a San José de Guaviare, “aguacero llanero”, me dicen.

El viaje, acaso por el radiador sobre calentado, duró más de diez horas. Para este miércoles había prevista una conferencia abierta a la comunidad, pero se suspende. “Abierta”, me dijeron, “destinada a directivos, maestros, padres de familia, jóvenes, pescadores, agricultores, empresarios”… Un desafío que asumió la forma de un punteo.

 

Jueves 18

Seminario con profesores y maestros, unos treinta. La sede del encuentro, una escuela, en medio de vegetación, con aberturas sin ventanas, sin vidrios y con ladrillos huecos no revocados. Piso de cemento pintado.

Maestros de primaria, algunos especializados en Lenguaje, pero otros, son de matemática, de física, de ciencias sociales o de educación física. Algunos son formadores de colegas, capacitadores dentro de un programa ministerial. Con ellos vamos a hablar de literatura, de literatura infantil y también de la lectura y de la escritura y su relación con la enseñanza de las disciplinas. No me pondré a escuchar de manera extrañada sus intervenciones asombrándome frente a tales o cuales representaciones sobre lo literario -me digo-, porque recuerdo una conversación de hace algunos años con una colega tan ingenuamente asombrada comentando una conversación sobre literatura con ingenieros. Mirar a quienes no pertenecen a nuestra tribu con excesivo extrañamiento: manías de académicos etnocentristas, sociologismos de café, pretensión de ser los propietarios de los discursos sobre la literatura, pero lo que tengo claro es que si estamos en la escuela y sobre todo con maestros de la primaria, y más aún si es en el Guaviare, esos son los lugares y el momento para renunciar a esas pretensiones de poder, de creer que podemos mirar desde arriba todo lo referido a la literatura.

Empezamos con una consigna para reflexionar sobre las relaciones que hemos venido tramando en nuestra vida con la cultura escrita. Parte de un concepto incluido en La construcción del camino lector (Córdoba, Comunicarte, 2008) de la escritora Laura Devetach. Se trata del concepto de “textoteca”, que se refiere a un acumulado de textos orales y escritos que están en nuestra memoria, que nos habitan y que al evocarlos damos cuenta de una larga historia que desde las primeras palabras maternas o canciones de cuna hasta las historietas, los jingles de la televisión, tangos, boleros, las frases del Chavo del 8 y unos versos pegados, “La princesa está triste…”, “Hombres necios que acusáis…”; textos que nos recuerdan quiénes somos, de dónde, que connotan la pertenencia a una determinada generación. Los maestros escriben sus “textotecas”, las leemos en voz alta y observamos puntos de cruce, algunos muy latinoamericanos como el bolero y el Chavo, y por fuera pura diversidad y riqueza de recorridos de lectura y de escucha que nos sorprenden a todos los que estamos en el aula. Los textos que cita Devetach requieren de cierta información previa “La casita del hornero…” o “tras los muros, sordos ruidos oir se dejan”. Soy el único que puede reponerla.

Le pido a un colega que lea en voz alta el texto de Devetach que en un pasaje dice: “tortita de manteca”, y también dice, “los zapatitos me aprietan”. El lector en voz alta convierte automáticamente los diminutivos en “ito” en diminutivos en “ico”: ahora escuchamos “tortica” y “zapaticos” y el lector no advierte sobre la variante que él mismo está produciendo. En la lectura, la lengua se hace lengua propia y el texto de la escritora argentina resuena ya de una manera decididamente diferente.

También, recuerdo el silencio mientras los colegas escriben en el aula. Grillos como fondo constante y el canto de dos pájaros, uno desde cada ventana, cantan a ritmos y a timbres distintos, parece que dialogaran. Los textos, decidimos subirlos a un blog.

El curso continúa al día siguiente. Trabajamos con literatura infantil y también con libros para niños que trasmiten información sobre ciencias, matemática, historia. Los libros que muestro, viejas enciclopedias y libros de divulgación argentina, resultan atractivos y novedosos. Me pregunto cuál es el sentido de poner a circular esos libros que acaso podrían percibirse y ser de hecho inalcanzables en aquel contexto de enseñanza. Un dato es reparador: a la hora de considerar el libro Voces en el parque del autor inglés Anthony Browne, un libro álbum de tapas duras, publicado por el Fondo de Cultura Económica de México, una maestra nos cuenta que ha trabajo con ese libro en su aula y ese libro pertenece a la Colección Semilla, una colección que forma parte de una política de Estado que busca garantizar la presencia de esos bienes materiales imprescindibles en la escuela que son los libros de literatura. Me satisface que, como en Argentina, en Colombia se haya avanzado en estas políticas. El relato de la colega sobre el uso del libro de Browne le da sentido a la circulación de estos libros en ese curso con colegas.

 

Lunes 22, en Bogotá

Estoy en la capital del país de paso: es mi escala para llegar a Medellín. Mientras tanto me entrevisto cono Fabio Jurado, director de la Maestría en Educación con orientación en Lenguaje de la Universidad Nacional y gestor de los convenios que permiten llegar a las dar clases en el interior del país. En esa escala paso, como siempre en Bogotá, por el monumental edificio de la librería del Fondo de Cultura Económica en el barrio de La Candelaria. En la misma zona, en una librería de viejo, consigo unos libros para mí y para una amiga de Andrés Caicedo, Calicalabozo, Angelitos empantanados o Historias para jovencitos, y Destinitos fatales, una recopilación publicada en la editorial Oveja negra. También me compró un libro del gran educador mexicano Pablo Latapí que se llama Andante con brío. Memoria de mis interacciones con los secretarios de Educación (1963-2006). Pienso en el nuevo gobierno de Argentina y en el nuevo ministro de educación. Pienso.

Fabio me regala un libro que él coordinó -La lectura en las escuelas de la periferia, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 2014- y al leerlo vuelvo al Guaviare. Fabio con un equipo (entre los que hay una colega argentina, Ana Atorresi) realizó un trabajo de intervención en escuelas de distintas regiones del país, de Ecuador y de Guatemala. Se trataba de escuelas que tenían los promedios más bajos en las pruebas llamadas SERCE a cargo de la Unesco. El desafío de este proyecto es doble; por un lado, hacer una devolución del resultado obtenido por cada escuela en esa prueba tomada ya hace varios años y que esta devolución retroalimente a la escuela en sus posibilidades de mejorar la enseñanza; por otro lado, se trató de hacer un trabajo de investigación que partiera de una nueva toma de las evaluaciones pero en otras condiciones de realización. El resultado de esta investigación demuestra que bajo condiciones diferentes los alumnos pueden obtener muchos mejores resultados. Las ciudades de Colombia donde están ubicadas las escuelas son: Tumaco, (en la zona de Nariño), Arauquita (en la zona de Arauca), El Tambo (en la zona del Cauca), Urumita (en la zona de La Guajira), Jamundí (en la zona del Valle), y San José del Guaviare, además de una escuela en el Municipio de Ibarra en Ecuador y otra en el Municipio de Patzicia, en la zona de Chimaltenango, en   Guatemala. Me concentro en la lectura del subtítulo referido a la Institución Educativa Aguabonita ubicada en la vereda Puerto Tolima en la ciudad de San José del Guaviare (páginas 134 a 143). Un párrafo me llama la atención, me gusta, por su elocuencia y por el modo en que se describe la interesante experiencia. Transcribo:

 

Después de respondida la prueba, se reunió al grupo de niños de grado 5to. y se leyó cada pregunta; a medida que las respondían oralmente iban aplaudiendo. Son muy extrovertidos y revelan un buen trato con su maestra. Se observa que leer oralmente los textos de la prueba y luego los ítems es divertido para ellos. Junto con los maestros consideramos que esta experiencia es propicia para fortalecer los modos de leer sin el formato del examen, es decir, consideramos que no es adecuado desarrollar una prueba y luego simplemente informar los resultados a los estudiantes sin retomar la prueba para hacer la retroalimentación. 

 

El párrafo es revelador. Incluye muchas afirmaciones que me ratifican lo que en mi caso han sido intuiciones, productos de las conversaciones cotidianas con colegas en Argentina. Me gustaría andar por escuelas de Formosa, de Jujuy, de Misiones observando qué hacen los chicos con el conocimiento, con la lectura y la escritura, en esas escuelas que se consideran las peores, que seguramente son las más pobres. Los investigadores construyen una mirada comprensiva frente a y con los niños y sobre sus procesos de lectura y escritura y nos dan una lección contundente respecto al modo de plantearnos la relación de los niños con el conocimiento. En el relato de Fabio y su equipo los niños pueden ser observados, aún en una situación de evaluación, según otro prisma, y esto es lo que garantiza unos nuevos muy buenos resultados y una felicidad posible entre los niños aún en una situación de evaluación.

 

Martes 23, en Medellín

Trabajo con el equipo de especialistas en Enseñanza de la lengua de la Universidad de Antioquia al que se le encargó volver a redactar los llamados “Derechos básicos de aprendizaje”, los DBA, un modo retóricamente democrático de llamar a los contenidos escolares. Se reescriben los que habían sido realizados en el año anterior por equipos de universidades privadas y sin previa consulta a los sectores interesados y que merecieron el rechazo de sectores académicos, gremiales y de los propios docentes. El gobierno dio un paso atrás y le encarga entonces a un equipo de una universidad estatal la nueva redacción. El entusiasmo del equipo con el que me reúno y frente al cual cumplo el rol de “par internacional”, es notable. Cuando se redactan este tipo de textos se asume una responsabilidad por momentos acuciante pero a la vez de cierta incertidumbre: ¿serán útiles estos textos? ¿serán leídos por los maestros? ¿afectarán en algo sus prácticas? ¿cuál es el mejor registro para comunicar esas orientaciones, lineamientos, propuestas de enseñanza o lo que se quiera comunicar ahí?  El equipo asume este tipo de preguntas sin temor a las complejidades y vértigos que se suscitan. Mientras trabajo con el grupo pienso en los maestros y en las escuelas de Guaviare, pienso en esa Colombia diversa, la de la llanura, la de la selva, la de los pueblos originarios, la de los afrodescendientes y recuerdo, aunque por momentos vagamente, otros espacios que he conocido dando clases en el marco de la Maestría: Tumaco, Arauquita, Popayán, Tumaco, Villanueva, Aguazul, Maní, Yopal. ¿Hacia qué heterogeneidad se dirigen unos DBA que se postulan como homogéneos? o ¿qué estrategias pedagógicas, didácticas y de escritura habrá de desplegar un curriculum nacional centralizado para que sea inclusivo y para que dialogue con esa diversidad a la que se dirige?

Miércoles en Medellín. Segundo y último día de trabajo. Encontramos un modo de desarrollar modelos de actividades que nos permite ir graficando en la pizarra digital, modos de tramar las distintos “factores” que organizan y clasifican los contenidos a enseñar y que eso se visibilice y dé sentido a los distintos ejemplos de actividades.

Con algunas colegas tomamos, ellas café, yo, cerveza, en un bar ubicado en uno de los cerros de esa potente ciudad, vista panorámica, ciudades latinoamericanas entre cerros, dominadas por ellos….  En el televisor del bar, al fondo, arriba, la imagen del presidente Santos, anunciando la firma de los tratados de paz. No escucho, solo leo los zócalos; resuena mi semana anterior en el Guaviare, el otro escenario. “Ahí está Chucky” dice una de las colegas. El presidente Santos parece no gozar de popularidad.

 

Viernes 26, en Buenos Aires

De regreso en Buenos Aires, voy a mi biblioteca en busca de dos libros que ahora leeré de otro modo. El que sí había leído El arte de la lectura en tiempos de crisis de la investigadora francesa Michele Petit (México, Océano Travesía, 2008) y el que no había leído La literatura como espacio de comunicación y convivencia de la especialista colombiana Beatriz Elena Robledo, publicado en Buenos Aires (Lugar editorial, 2011).

Al primero lo había leído en clave de método de investigación y de modo de resolver la escritura que va incorporando voces. Muchas de ellas eran de colegas argentinos que yo mismo le presenté a la autora hace algunos años y que dan cuenta de experiencias ricas y en diversos contextos. Algunas enmarcadas en el Plan Nacional de Lectura del Ministerio de Educación de Argentina que me tocó coordinar entre 2003 y 2007. El libro también contiene testimonios de colegas colombianos en los que yo había reparado menos; sin embargo recordaba que allí había referencias al trabajo de Beatriz Helena Robledo. Busco, leo y transcribo

 

(…) en Colombia, Beatriz Robledo también lee historias a adolescentes (…). Estos se encuentran en un lugar piloto que desde el 2001 ha recibido a algunos cientos de muchachos y muchachas de doce a diecisiete años enrolados en el conflicto armado, ya sea en el bando de la guerrilla o en el de los paramilitares. Algunos desertaron, otros fueron capturados o abandonados por los grupos armados porque estaban enfermos. Educadores, psicólogos, trabajadores sociales, escritores y artistas tratan de prepararlos para reincorporarse a la vida civil.

En su gran mayoría, esos adolescentes crecieron completamente alejados de los libros, en regiones rurales o pobres o en barrios urbanos marginados. Su escolaridad casi nunca llegó más allá de la primaria y muchos de ellos trabajaron desde muy temprana edad; de este modo, en su infancia apenas si disfrutaron de espacios de juego y de tiempo gratuitos.

 

Voy en busca del libro de Robledo y el artículo en cuestión es “El lugar de la literatura en tiempos difíciles”. Esa relación guerra / lectura, ese binomio fantástico no me había llamado la atención. El tiempo transcurrido en Colombia y el paso por Guaviare me alertaron sobre el hecho de que había algo nuevo y específico sobre lo cual saber. Leo a Robledo:

Los niños y jóvenes con los que trabajamos nos sorprendieron muchísimo. Es más, rompieron todos nuestros esquemas como pedagogos, como madres, como creadores. La mayoría provenientes del campo, sumergidos en ambientes de violencia desde muy pequeños, muchos de ellos maltratados, sin infancia y sin claridad respecto a su futuro. (…) para cada uno de ellos el encuentro con los libros y la palabra lúdica era lo mejor que les pasaba durante la semana, era el espacio de la risa, del juego, de la gratuidad. Era el espacio donde recuperaban el derecho a ser niños.

 

31 de agosto. Estoy leyendo con cierta urgencia el primer borrador de mallas de aprendizaje producidas por el equipo de Medellín a partir de la idea de tramar los factores que organizan los conocimientos. Eligen un texto de María Elena Walsh para desarrollar una propuesta para el primer grado. Mientras tanto voy releyendo para entregar este texto.

 

(Actualización septiembre – octubre 2016/ BazarAmericano)

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646