julio-agosto 2017, AÑO XI, Nº 62

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Ausencias reales
Messi con Duchamp

«¿Por qué los críticos, cuando hablamos de fútbol, tendemos tanto al misticismo?», se preguntaba hace dos años Marcelo Topuzian en una visita a Santa Fe. Era el Mundial de Brasil y todos comentábamos entonces una genialidad de Jorge Monteleone titulada «Pirlo y el Tao» (quien no la haya leído y le interese, puede encontrarla en el sitio Lector Común). No supe, entonces, qué responderle, aunque era tal vez una pregunta retórica, algo así como una queja. Ahora se me ocurre, no sé por qué, que quizás lo que él llamaba «misticismo» era el modo de apropiarse «culto» de un fenómeno cuyo modo de recepción masivo es sobre todo épico. Aunque el texto de Monteleone no dejaba de tener notas de ironía, escribir acerca de la mística del fútbol era disputarle su legitimidad a la lectura masiva como la epopeya que nos queda. Es como para parodiar a Lukács: «El deporte es la epopeya de un mundo administrado».

«Todavía no nos había ganado el fútbol, que era cosa de los ingleses», dice en 1970 Rosendo Juárez, retomando la historia de «Hombre de la esquina rosada», publicado a comienzos de los años 30 y cuya acción transcurriría a comienzos de siglo. Simplificada por mi olvido, se supone que escuché, cuando era muy chico, una frase despectiva de Borges respecto del fútbol, algo así como que son veintidós boludos detrás de una pelota. ¿Será una de esas tantas citas apócrifas? Creo que me la contó mi viejo. Hincha de San Telmo, le gustaba contestarla con una de Sabato, que supuestamente la había forjado para polemizar con el credo antifutbolístico borgeano (también la simplifica mi olvido): el fútbol es una pasión y yo soy un hombre de pasiones. Algo así. Aunque me guste el fútbol, la de Borges es mil veces mejor y la de Sabato no puede ser más obvia.

[Paso por alto lecturas de adolescencia como un cuento del turco Asís, «Hombre de punta», y desconocimientos pasmosos como el de Saer al querer escribir sobre el clásico santafesino en La grande: si no sabés de fútbol, si lo odiás como buen adorniano, ¡no lo pongas en una novela! Tanto Balzac para cometer ese error amateur en la última, donde el oficio está, se supone, bien aprendido.]

Recuerdo también de mi infancia una revista Maga con 100 cuentos de fútbol. Olvidé todo, salvo uno, de Jorge Valdano. Nunca leí a Fontanarrosa, tampoco a Dolina, supongo que estaban en esa Maga, pero yo recuerdo el de Valdano. ¿Tendrá libros de literatura el héroe de la final del 86? El cuento era así: es el domingo de un clásico barrial. Aunque el relato es en tercera persona, sigue el punto de vista de uno de los arqueros, que es el protagonista. En la víspera, el tipo sueña o imagina, una y otra vez, que ataja un penal. A veces supone que el partido lo van ganado 1 a 0 y él ataja el penal sobre la hora. Pero le gusta más la fantasía de que la hazaña la realiza con el partido empatado en cero ya que, aunque no ganen, salvar el empate le da a él todo el heroísmo. Llega el domingo y el partido, como todo clásico, es trabado y se está terminando sin goles. Sobre el final, el sueño se hace realidad: penal para los otros. Valdano describe el sentimiento de calor del arquerito: enfrentado al rematador, se quita la gorra, se limpia la transpiración con el dorso de la mano y, a continuación, la arroja dentro del arco, para enfrentar el tiro sin molestia (ya no hay sol). Viene el penal y el arquero lo detiene. Gloria. En medio del festejo y del éxtasis, con la pelota en sus manos, se mete en el arco a buscar su gorra. El árbitro duda un instante antes de cobrar el gol. El héroe se convierte en idiota y, el sueño, en pesadilla.

El sueño, justamente, se titula la novela de Aira en el que un canillita fantasea con ver a Racing campeón. Una de esas mezclas que solo le salen bien al Monstruo de Flores: un Ulises en el barrio de sus amores, un manejo del tiempo joyceano, pero el Leopold es un joven proletario cuya aventura comienza y se precipita muy temprano, cuando comienzan a trabajar los diareros: hay un momento en el que el protagonista comprueba perplejo la cantidad de cosas que han sucedido y apenas si está amaneciendo. Dicho sea de paso, hay un diálogo en el cual se cuenta que Valdano tenía una pierna más corta que la otra y que se descubrió cuando fue vendido a un club de Europa (Valdano y Maradona eran los únicos que en el 86 jugaban en Europa). El lector se pregunta divertido si Aira lo inventó o es algo que sacó de la realidad. Lo más interesante es no molestarse en ir a comprobar el dato.

Los argentinos no entendemos que justamente el chiste está en jugar tres finales, es decir, en llegar a la casi consumación, sin consagrarse. En errar los goles precisamente cuando la obra está por ser terminada. En fallar el penal: si no ¿por qué siempre lo erran los grandes? Sócrates y Platini en el 86, Maradona en el 90, Baresi y Baggio en el 94, Trezeguet en 2006, Alexis Sánchez en 2014, Messi en esta última Copa América del Centenario. No puede ser casual. Messi, esta generación de jugadores, son dadaístas del fútbol: se niegan a la obra, la arruinan en el momento mismo en que podrían cerrarla. Esta es una selección duchampiana, airiana. Messi inventa procedimientos para que los goles no se hagan y las copas no se ganen. He ahí su genialidad no apreciada por las masas. El arte, a pesar de todo, sigue siendo para gustos refinados.

Última gran lectura sobre el tema: «Diario del Mundial de Alemania» de Ezequiel Alemian. También es dadaísta: un relato sobre el Mundial de Fútbol que no habla de fútbol.

 

 

(Actualización julio - agosto 2016/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646