julio-agosto 2017, AÑO XI, Nº 62

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Ausencias reales
La larga

Quienes tenemos la suerte de dedicarnos a la investigación en literatura y gozamos de libertad de horarios vivimos aquejados no obstante por un sentimiento de culpa cada vez que decidimos hacer una pausa en el trabajo para leer algo que no tenga que ver estrictamente con nuestra investigación (lo cual es de por sí discutible: si toda la literatura es un único texto, nunca nos estaríamos yendo de tema, leamos lo que leamos). Si nos decimos que, después de todo, nuestro tiempo es cualitativo y la culpa, además, un sentimiento despreciable propio de una moral de rebaños, nos queda después de todo el problema del tiempo que le dedicamos a esa otra lectura (porque el tiempo cualitativo es propio de “nuestra tarea” o, si se prefiere, de “nuestro trabajo”, aunque yo prefiero no considerarlo un trabajo). Problema que se vuelve acuciante cuando el libro en cuestión es “extenso” (iba a escribir “largo”, incluso “gordo”, pero temo que la RAE me amoneste: parece que “larga” es la espera y gordo el dedo pulgar, aunque el lenguaje es siempre figurado; o no lo es nunca, que es lo mismo).

A mí se me plantea cada vez que cedo al placer muy concreto de acometer una novela larga (no hay caso, no puedo decir “extensa”, me suena cartesiano, me suena otra vez a rebaño: res). Sin embargo, en efecto, no se trata de la extensión… ¿O sí? ¿Hay un elemento formal específico en la novela larga? Recuerdo (oscuramente) un trabajo de Sandra Contreras sobre La grande, La novela luminosa y Los detectives salvajes. Me sirve de ejemplo, porque me parece algo difícil de definir. Es un sabor particular, que implica la extensión (ahora sí me cabe la palabra), pero que debería estar haciendo intervenir un elemento formal. O no. No sé. Quién sabe. ¿Importa? No, pero por eso mismo: al placer de la empresa se suma el de la especulación, que es otro. Los ejemplos de Contreras son de novelas relativamente recientes. ¿Es el mismo placer que se experimenta al leer Rojo y negro, Las ilusiones perdidas, Los hermanos Karamazov, Ana Karenina? No. O sí. Arriesgo una diferencia puramente subjetiva (nunca es “puramente” subjetiva): estas novelas del siglo XIX tienen largos tramos de aburrimiento. Pero eso es meramente una cuestión de gusto de época (ni medio de subjetivo entonces). Es más bien esa idea de escribir una novela cuya ambición sea la de totalidad, categoría descartada durante el siglo XX y, por lo tanto, pasible de ser recuperada por el valorizado anacronismo. ¿Por qué sobrevive esa vocación? Una novela que tienda a ponerse en lugar del mundo. Pero ¿por qué eso implica la extensión? Al final la prosapia cartesiana del término, que me incomodaba, resulta precisa: el mundo es extensión. La novela extensa tiende a suplantar el mundo, a disolverlo. ¿A cuento de qué? No lo sabemos y quizás no nos importa. Me refiero a los lectores. En cuanto a los escritores, el problema debe ser más angustiante: leerla, vaya y pase, ¡pero escribirla! ¡En la segunda mitad del siglo XX! ¡En los albores del XXI! Eso sí es un trabajo. No hay novela larga posmoderna (este axioma será contradicho más abajo por un flagrante ejemplo).

En solo dos meses, alentado por la relectura de Nietszche (que me permitió suprimir, o al menos atenuar, la culpa), leí El traductor de Salvador Benesdra y Las varonesas de Carlos Catania. Me gustan las ediciones nuevas de libros viejos. En el caso de estas novelas, se trata de dos rescates. Tanto más asombroso por tratarse de largas, muy largas. ¿Cómo pudieron, con su grosor, haber sido olvidadas? La extensión, ese atributo puramente material, es quizás correlativa de una grandeza literaria (otro anacronismo). Después del diecinueve, después de las grandes (y largas) novelas de comienzos de siglo, después de las vanguardias, no se puede escribir una novela extensa sin el imperativo de la calidad: tiene que ser no solo buena, sino excelente. Como si la brevedad pudiera ser una coartada o, al menos, un paliativo. O como si la extensión sumara complejidad y, por lo tanto, demandara más y más atención a la forma. Pero, también, inversamente: la extensión puede ser un valor en sí, como si ya el hecho de poder llegar a las seiscientas páginas sin morir en el intento garantizara un mínimo de genialidad. Escribo esta última idea y la encuentro increíblemente estúpida, pero la dejo tal cual (andá a saber la cantidad de mamotretos que nunca llegan a la imprenta y se quedan nomás en los concursos literarios).

Sea como fuere: quería escribir sobre Las varonesas pero me remito a la reseña de Bruno Grossi en esta misma actualización de BazarAmericano. Ensayo un desvío. Me pregunto por el placer de la novela larga y eso es todo.

Otra idea: no hay novela larga moderna (o contemporánea) sin un plan sistemático. Pienso en la alergia de Saer, que en realidad era una alergia específica a la novela-mundo del boom, porque, por ejemplo, la obra de Roa Bastos le gustaba. Dicho sea de paso, otra genial de la serie: Yo el Supremo. El mismo Saer acometió la empresa que malquería en su obra final. ¿Cómo separar la gran novela extensa del mamotreto latinoamericanista? Otra pregunta anacrónica.

Tampoco confundir con Rayuela o Sobre héroes y tumbas. O incluso 2666. Esa era la novela de Contreras, no Los detectives salvajes (la imperfección del recuerdo, que todo lo perfecciona). Viejo truco: yuxtaponer novelas más breves y autónomas y “coserlas” en un ensamblaje mayor. No hago un juicio de valor (no leí 2666), solo señalo una diferencia. Recuerdo esas dos ediciones sueltas de “El dragón y la princesa” y el “Informe sobre ciegos” o la posibilidad de no leer la tercera parte de la obra magna de Cortázar. En la novela de la que hablo, no se puede suprimir nada, so pena de que el edificio se venga abajo.

El placer de leer a Pynchon. Supongo, porque nunca encaré sus más espectacularmente largas, por este problemita mío de la culpa. ¿Cómo puedo justificarme la lectura de El arco iris de gravedad? ¿De verdad me sirve para mi investigación? Sin leerla, intuyo que debe ser larga. Quiero decir: está obligada a serlo, como las novelas-río que me gusta leer. O sea que Borges no tenía razón. Qué raro, porque tiendo a darle la razón en todo, incluso (o más bien: sobre todo) cuando se equivoca. Ya que estamos: Borges desconfía de los sistemas filosóficos porque, dice, tienden a disolver el mundo. Creo que, sin darme cuenta, de él saqué la idea de “disolución”. Por el mismo motivo, entonces, desconfiaría de la novela larga.

Pero, como lector, me queda la otra culpa. La de no haber leído determinadas novelas. ¿Cómo salir del embrollo? Nunca leí El hombre sin atributos ni José y sus hermanos (aunque sí La montaña mágica y Doktor Fautus: caben perfectamente en la serie). Cuando me jubile. Cuando tenga un sabático.

Nota mental: releer Adán Buenosayres. Mi olvido me dice que lo mejor son los primeros cinco libros.

Las varonesas me parece una novela superior a El traductor, pero me niego a justificar la afirmación.

 

(Actualización marzo - abril 2016/ BazarAmericano)

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646