septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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La literatura y sus restos (teoría, crítica y filosofía)
La ansiedad de la semejanza

Todo lo que se enciende
trae lluvia.

Mario Ortiz

 

[Avisos: cuando tuve ya casi todo escrito lo que sigue, descubrí su numerosa inutilidad: algo de lo que digo y mucho más está, parece, en el hospitalario libro de Fernando Báez, Nueva historia universal de la destrucción de libros: de las tablillas sumerias a la era digital.

Muchas de las veces que digo que recordé, en verdad fueron primero los amigos quienes me refrescaron la memoria de libros y episodios].

 

Trunco catálogo de fogatas

Leí, hará unos meses, la conmovedora nota de Juan Forn sobre las estrategias de Anna Ajmátova para dejar registrados sus poemas contra la persecución de la KGB, contra sus micrófonos, allanamientos y secuestros (los memorizaban vecinas que fingían ir a su casa a tejer calceta); gracias a Cristian Vaccarini, que la posteó en su muro]. Forn recuerda a propósito la frase de Bulgakov: "Los manuscritos no se extinguen con el fuego". Obvio, me acordé de los "hombres libro" de Bradbury en Fahrenheit 451. Del escrutinio de los libros de Don Quijote en el capítulo seis. Me acordé de las fogatas y de las fotos de las fogatas en que la dictadura genocida de Videla, copiando a los nazis y a los militares guatemaltecos y a tantos otros, mandó incinerar millares de libros, los del CEAL y muchos más. Igual que el corto Restos” de Albertina Carri, que documenta las quemas y destrucciones de celuloide disidente, insurgente o guerrillero por parte de los represores durante los setenta.  Me acordé del fracaso de Silvio Astier cuando no le sale incendiar la librería de Gaetano. Me acordé de las taimadas insinuaciones de Borges sobre la acaso conveniente quema de la Biblioteca de Alejandría (Borges suscribe, se sabe, la misma idea de Bulgakov, se nota que con razones no todas diversas), y pensé que el reverso estaría en la inocente o sospechosa voluntad testamentaria de Kafka que Brod no cumplió. Advertí entonces la ventaja de la inmunidad a las llamas para el mago de “Las ruinas circulares”, pasmado al descubrirse soñado por otro en medio del incendio final (si al cabo, a todos nos sueña alguien… francamente compensaría un poco si resultásemos, a cambio, incombustibles). Dado que la memorización remite a la copia, y la copia a la mímesis y a la semejanza que se sueña identidad (la semejanza es otra cosa pero viene entreverada con el asunto de la copia), recordé al inverosímil impostor Tom Castro de Historia universal de la infamia, cuya aparición ante la madre del otro aprovecha al máximo la más intensa ansiedad de la semejanza. Imaginé entonces la serie de la estupidez infinita de María de las Codicias Jodama velando por la intangibilidad de los depósitos textuales jorgelinos. Aunque me avergüence (porque el pudor estoico pero también el decoro del gusto elevado han sido inventados hace siglos), quise decirme que “Vi” en mi biblioteca, que es modesta y repetida, las varias ediciones del mismo libro de Borges y los varios ejemplares de la misma edición de uno o dos (dos, me parece que dos), y en el interior de cada uno de esos ejemplares la primera vez que el texto repite la palabra espejos, y la siguiente vez, y la siguiente y así. Recordé, y recordé haber recordado, "El archivo arde" de Georges Didi-Huberman, la plata quemada que no inventaron Piglia ni “los porteños ocupando el Liberaij” sino –supongo– Dostoievski (en El idiota) u otros antes, no pude evitar ser todo lo obvio que es posible y pensé en Nerón y en los incendios de Roma y en los tantísimos libros que cada vez se habrán quemado ahí (y me doy por eximido de hacerme eco de un cierto Eco); pensé en las cartas dramáticamente quemadas antes de ser leídas por sus destinatarios (aunque lo más usual en esos casos, para que haya peripecia, es que se las oculte, así el afectado las descubre más tarde; como Jane Eyre con las de ese pariente rico: una herencia diferida que llega a su conocimiento y a sus manos solo al final… pero que no se extingue en el extravío, el ocultamiento ni el fuego que sí había dejado ciego a su amado Rochester y carbonizada su gran mansión). Me acordé de las cartas que Nené manda al fuego en Boquitas pintadas. Pensé en “Quemá esas cartas”, el tango con letra de Manuel Romero, en que el fuego incinera la materia de la correspondencia manuscrita pero nunca el recuerdo de los amores verdaderos de un fiolo que –ya de viejo– se arrepiente de haber maltratado a tantas (reemergido en aquello de “yo romperé tus fotos / yo quemaré tus cartas / para no verte más” de La Mosca). Me pregunté si en las naves que quemó Hernán Cortes habrían quedado libros, manuscritos, bitácoras, cartas de navegación, correspondencia. Recordé los tantos presos o secuestrados o esclavizados de la historia y de la literatura y del cine que si no podían quemarlas, se comían las notas manuscritas y los mensajes cifrados. No hay problema: los manuscritos no se extinguen con el fuego, ni con la ingesta, ni con el extravío ni el robo ni otros modos de la pérdida. Queda en alguna parte, siempre, una copia. Tal vez Freud: el inconsciente como non plus ultra del olvido, garante último y seguro del registro (pero del registro, no de la memoria; guarda de la marca, la cicatriz, la huella de un pie que no es un pie pero donde creemos ver su copia involuntaria en las arenas fosilizadas de eso previo al yo que nunca habríamos dejado de ser, parece –algo así como un vestigio fragmentario de la huella de un engendro efímero de la evolución, muy tatarabuelo de los primeros homínidos, a su vez muy tatarabuelos de los primeros hablantes). Se sabe: contra lo que supone la dinomanía, no nos queda ningún hueso de dinosaurio, sólo el sarro petrificado que el tiempo forjó a imagen y semejanza de la bestia prehistórica, como en un molde. Con Derrida y otros se le ha exprimido otro jugo, antiplatónico y platónico a la vez, a esa idea: el manuscrito siempre es copia de copia de copia, huella de la huella, resto insuprimible pero solo resto y no hay, no hubo, nunca, original.

Las vecinas de Ajmátova, memorizadoras clandestinas de sus poemas, son una versión verídica, restringida pero esperanzada y ya no fatalista del memorioso Funes (algo hace que prefiramos confiar en que ellas, lejos del funesto destino de la muerte por exceso de recuerdos, vivieron para memorizar incorruptos los textos de Anna y mantuvieron viva esa letra que el stalinismo quería exterminar, a causa de una voluntad fiel que por años habría mantenido a esas mujeres como el cuerpo vivo y eficaz de la transmisión, entregada la integridad perdida de sus identidades al trazo cirílico de la vecina poeta, la realidad imitando la ficción aún no escrita de Bradbury y de tantos otros en el país de octubre, que Auster copió en El país de las últimas cosas y que yo copio aquí, en una provincia borrosa de las copias contra las que el fuego, según parece, nada podría).

“¿No es esta acaso aquella misma pipa? ¿O qué propósito demencial tiene declarar lo evidente, ya que ni esto, ni aquello ni nada es, jamás, una pipa, como cualquiera sabe?”, parece que se le oyó decir una vez, insinúa Janus Zucker, a cierto adversario de Magritte.

 

La lluvia de fuego (Dios y su copia de sí)

Dios, el dios de los judíos y el de los cristianos, es un gran incinerador o un pirómano, y un falso copión.

Dios pirómano: cada vez que lo releo, no deja de fascinarme,  como desde la infancia, el cómico episodio del regateo entre Yahvé y Abraham por la salvación o la condena de Sodoma, al final del capítulo 18 del Génesis (el lector lo recordará con más o menos precisiones: antes de que Él haga llover, vaya paradoja, “azufre y fuego”, materias del infierno, nomás sobre las dos ciudades malditas, Abraham intercede por ellas: logra que Dios baje de 50 a 45, y a 40, y de 40 a 30, y a 20 y de 20 finalmente a 10, la cantidad de justos que deberá encontrar entre los habitantes para apiadarse y evitar la destrucción). De ahí sale lo que llamo el “argumento por el único justo”. Lo uso con los poetas, con los pintores, con los artistas en general: un verso logrado y único, justifica miles de páginas olvidables escritas antes y después de esa. Igual un lienzo para el pintor; o esa vez en que sí, esa vez sí, ella interpretó a Lady Macbeth como nunca y como nadie y como jamás podría volver a hacerlo. Es (no invento nada, repito a ciertos filósofos) el modo humano de la eternidad o de la infinitud. Saer llamó a eso “lo imborrable”. Y no es copiable, aunque haya que apostar porque suceda. Solo podemos ejercer la paciencia y esperar ese don del azar. Pero volvamos al asunto (si es que hay alguno acá).

Supongo que el argumento por el único justo de Sodoma me fascina porque uno es su infancia y los niños son siempre pirómanos, pero sobre todo porque la familia de mi madre, mi abuelo y mi tío abuelo y sus hijos, fueron turcos tenderos toda la vida, desde que llegaron en un barco que salió de Jaiffa y tocó Marsella antes de mandarse hacia Gibraltar y más acá. O porque a pesar de eso nunca manejé bien el dinero ni menos los negocios (nunca manejé negocio alguno). Abraham tenía todas las de ganar y todas las de perder para ser un político exitoso: regateaba hasta pagar solo diez por lo que primero había ofertado cincuenta. Pero negociaba con Dios, omnisciente: con alguien así uno no puede darse el gusto ni de una mentira muy cada tanto. Y esta sí que era una mentira piadosa.

Se debe haber dicho mucho, pero el dios del antiguo testamento es realmente un niño cruel, francamente monstruoso, que construye para darse el gusto de arrasar con todo, quemar con lluvias de agua o de fuego o no dejar piedra sobre piedra, como le gusta decir al evangelista: el escarmiento contra Sodoma y Gomorra, el diluvio, las plagas en Egipto… (dar muerte a todos los primogénitos egipcios, qué necesidá). Le gustaba exterminar en masa y romper todo. O comenzar todo de nuevo como pretexto pueril para incinerar o demoler todo antes (como se sabe, “la nueva Alianza” la sella mandando a su propio hijo al matadero, y a diferencia del abortado sacrificio de Isaac –del que la pasión en el Gólgota es copia infiel– a este sí lo hizo crepar nomás, por más que resucitase al tercer día –copia infiel a su vez de la resurrección de Lázaro, que moriría dos veces, y a quien Nikos Kazantzakis, en La última tentación, imaginó como una especie de momia rediviva pero hedionda o como un zombie). Algo de ese Dios, digamos algo de su lógica inhumana, –es decir de su lógica menos cristiana que judía–, hay en el “Poema de los dones” de Borges (“… la maestría / de Dios que con magnífica ironía / me dio a la vez los libros y la noche”: ahí quemados quedan no los textos sino los ojos que leían, como los del tormentoso amado de Jane Eyre).

En ese cuento del regateo fracasado del patriarca Abraham con su dios, entonces, hay, como digo, una paradoja que abre una o infinitas puestas en abismo. Me refiero a todos los líos y dilemas que produce la omnisciencia del supremo.

Es decir, Dios como falso copión: no sé bien cuándo me asaltó una especie de módico descubrimiento, por llamarlo de algún modo, posiblemente inane: en “Tema del traidor y del héroe” se nos dice que Nolan, urgido por el escaso tiempo de que dispone –tirano, como en la TV o en la detectivesca o en Ricardo III– escribió el libreto de la rebelión y del martirio de Kilpatrick copiando de memoria escenas de Shakespeare. Lo que Borges no dice es que también copiaron (el narrador del cuento, él) el relato evangélico de la entrada de Yehoshua de Nátzarah en Jerusalem (juraría que no es pedantería: es que así suena tantísimo más bello; pero no me creerían) y de las cosas que el Mesías hizo en la ciudad los días previos a ser capturado y crucificado. Borges resume, escribe una condensación de lo que en los cuatro evangelistas se narra con pormenores, episodios y detalles: “El condenado entró en Dublín, discutió, obró, rezó, reprobó, pronunció palabras patéticas y cada uno de esos actos que reflejaría la gloria, había sido prefijado por Nolan”. Resuena nítida la música de todas las traducciones al español del Nuevo Testamento. Corrijo: Borges no declara ese texto copiado pero lo da a entender más o menos del mismo modo cifrado en que Nolan “intercala” indicios en su libreto shakespeareano para que “una persona, en el porvenir, diera con la verdad”. En efecto, Borges compara a Kilpatrick con Moisés, que es una sabida prefiguración del Crucificado, y usa la palabra bíblica que conocemos por el pasaje del Génesis en que Dios crea al primer hombre: “a semejanza de Moisés –escribe Borges- que, desde la tierra de Moab, divisó y no pudo pisar la tierra prometida, Kilpatrick pereció en la víspera…”.

Como otros personajes de la literatura, Ryan, el bisnieto de Kilpatrick, oculta sus descubrimientos, se los niega a la posteridad y, por patriotismo, como su bisabuelo, se los niega a sus compatriotas y a la patria. Así como el otro fue traidor y a la vez héroe de la historia, Ryan lo es de la historiografía y la tradición y la verdad, que siempre es a medias inventada como tanto se ha dicho. Pero lo que me interesa (para volver al tema de estas notas, si lo tuviesen) es que Kilpatrick y Nolan y el resto de los conjurados, como el Yahvé que finge negociar con Abraham, saben todo de antemano. También cuando yo era niño –lo recuerdo con la nitidez de quien ha sido, diría el evangelista, escandalizado, y teme abrir la boca– me sentía estafado por el desparpajo con que Cristo se mostraba desembozadamente –creía yo– cual grosero impostor que en lugar de hacerse una vida la copiaba de manera deliberada de las Escrituras: antes de entrar en Jerusalem, Jesús se ve obligado a mandar a Pedro a que le consiga un “pollino”, un asno, para ingresar a la ciudad santa en esa montura, “como está escrito”.

Jesús también planifica, entonces, para que se cumpla lo prefijado por los profetas, que es lo prefijado por Dios. O sea es inauténtico… ¡pero él es Dios! El Nazareno acataba un libreto pero era el Hijo: no hacía más que seguir el plan que él mismo se había trazado cuando estaba/era en/con el Padre, y cuya letra les había soplado antes a los profetas para que llegado el momento los simples mortales viésemos, por semejanza con los vaticinios, que se trataba nomás del mismísimo dios encarnado.

Cuando cuento esto, alguien me insta a escribir un estudio serio del asunto porque –argumenta– Borges es todo el tiempo la taimada vacilación entre la repulsión y el amor a la semejanza. Mientras sospecho que (debido a que se trata de Borges) ese estudio ya debe estar escrito aunque uno lo ignore, conjeturo que “Tres versiones de Judas” se vuelve recursivo, se abisma y marea sin remedio: si fuimos hechos a imagen y semejanza de Él, y para rebajarse de veras a la condición humana Dios se hace Judas (no Jesús)… ¿por qué suponer que la semejanza reside en nuestra santidad y no en nuestra ignominia más atroz? ¿Por qué suponer que Él se parece más bien a Gandhi que al Führer? El dogma del pecado original sería, en tal sentido, lo que los epistemólogos solían llamar “hipótesis ad-hoc” (pero las Escrituras y la literatura mágica –de Homero a J.K. Rowling– están repletas de “hipótesis ad-hoc”). Si en algo es sabia la teología es en el modo en que le saca el jugo a la ancestral y nada inhumana figuración del “misterio”: no se puede vivir sin eso, ni hablar media frase se podría. Taimado, Borges se aprovecha toda vez que puede o le sale.

En la escuela, copiar la tarea es una obligación repetida, pero copiarse es una contravención. Muy otra cosa es que Dios sea el que puede copiarse cada vez que le pluguiere, porque se tratará siempre de una auto-cita. Nosotros somos su autocita defectuosa, fallida, siempre en reparaciones. En Él, en cambio, la originalidad de la copia de sí por Él mismo es indefectible, propiamente una fatalidad.

Hay linajes de copiones y otros de copistas. El Bartleby de Melville; el “Copión” de Saer en Lugar pero antes el Gato Garay –copia u original de su hermano Pichón–  mecanografiando o ensobrando copias en la casa de Rincón; el Mr. Gwyn de Baricco que le inventa una variación al tema del artista que abandona, y pasa de escritor a “copista” por encargo (copia gente, personas, o cuerpos).

Si me sale, tal vez prosiga un día con este otro argumento: engendros como los géneros literarios y las teorías de los géneros (o peor, el “corpus”, ese dogma pretensioso de la crítica universitaria que todo coleccionista sabe corroer aun sin notar que lo hace), pretenden aliviar la ansiedad de la semejanza postulándola con alcances monstruosos. Siempre fracasan en lo singular y en la contingencia, que son irreductibles y son el predio del arte y la literatura: nada es como nada, porque no hay géneros sino, tal vez, similitudes o semejanzas que siempre –como todo cuerpo– arrojan su resto.

 

 

(Actualización noviembre  2015 /  febrero 2016)

 

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646