marzo-abril 2017, AÑO XI, Nº 60

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La charla interminable

Para Daniel Alvaro

 

Llegaría tarde a Bataille, desde cierto punto de vista. Una obra para la etapa joven de la vida, algo con lo que poder fascinarse y, después, superar por cosas más serias. Una obra para la etapa mística, esotérica, de un lector académico que necesariamente irá madurando y olvidando las zonas oscuras de su estereotipada juventud.

(Esta conclusión la extraigo de la charla con un amigo porteño, tomando un café en San Telmo. Él se divierte, creo, con la paradoja de que yo me tome en serio a un escritor que se toma todo a risa, incluso porque le cuento que mientras lo leo yo mismo siento que estoy embarcado en mi propia operación soberana, aunque el término “propio” es aquí inapropiado).

No estoy tan seguro de esa idea. Bataille puede ser, también, un autor que uno encuentra en la ocasión: no porque la ocasión proporcione las condiciones del encuentro, sino porque el encuentro con Bataille trama la ocasión, anulando la lógica de las “etapas” de la vida. Pero incluso suscribiendo esa lógica podría pensarse que es al revés: a Bataille es ideal encontrarlo en el comienzo de la madurez, cuando uno corre riesgo de aburguesarse y aclimatarse. Hay que leerlo por primera vez cuando ronda el peligro del conformismo constructivo que trabaja en el presente en pos de un mañana seguro y cómodo. Hay que descubrirlo, en suma, cuando uno está a punto de invertir y, entonces, en una epifanía, comprende que es hora no de cuidar, sino de gastar. Como toda obra necesaria, su lectura no proporciona ganas de escribir, sino de vivir.

Deploro haber prestado a una dama, irreversiblemente, el primero que me compré del autor, El erotismo. Mejor dicho: lo deploré durante años. Ya no: ahora más bien se lo agradezco. Iba a empezar por ahí, un poco al azar, y se lo di sin haberlo abierto. Cuando la dama desapareció, también lo hizo el libro. Y como esa historia tuvo una herida, yo asociaba mi fallida entrada a la obra con el fracaso amoroso, asociación tanto más irónica por tratarse de ese texto. Traumado, esquivé a Bataille durante años. Esotéricamente, un desencuentro reflejaba al otro, ella se llevaba literalmente El erotismo y me dejaba sin éxtasis, sin inmanencia, sin experiencia interior.

Sin imposible.

Sin operación soberana.

Procrastinar el comienzo de la lectura de una obra es también fascinarse con el desconocimiento (es decir, con la ausencia) de ese escritor. Ese desconocimiento tiene la forma del mito, encarnado en la mención de los otros, como cuando el joven estudiante de letras descubre el nombre de Bataille porque Barthes dice deberle la elección de Sarrasine para emprender su célebre S/Z. Dicho sea de paso, en esa mención, que la edición de siglo XXI recoge al final del libro, Sarrazine (Bataille lo escribe con “z” y Barthes lo marca con un “sic”) se coloca al lado de L’Arrêt de Mort, poco después de Eugénie de Franval. Bataille aclara con un pie de página los autores de las tres obras (no lo hace con otras, suficientemente célebres, como El rojo y el negro o El idiota): Sade, Balzac y Blanchot son los escritores que están detrás de esos oscuros títulos. Ya que Balzac quede atrapado en esa red perfila, anticipa, la importancia que dará Barthes al entrelazamiento de corporalidad y escritura, articulado por los famosos códigos psicoanalítico y retórico. Bataille no se limita, entonces, a señalarle el texto, sino que también lo coloca en una serie que anticipa a S/Z. La referencia es del prólogo a la novela Le Bleu du Ciel. Barthes cita el prólogo hasta que aparece la mención de Sarrasine. En la edición de Siglo XXI, los primeros dos párrafos reproducen lo que en la novela de Bataille está redactado solo en uno. No sé si esa separación suplementaria es de Barthes o de Nicolás Rosa, pero acentúa el estilo taxativo, axiomático y rudo de Bataille. Ese estilo, que puede ser llamado también exasperado, resulta muy seductor para el que se fascine con el autor y seguramente insoportable para quien no lo haga.

Otro momento de desconocimiento feliz de Bataille me lo proporcionó, en reiteradas relecturas, el comienzo del ensayo sobre Levinas, “Conocimiento de lo desconocido”. Blanchot plantea ahí una pregunta “anacrónica”: ¿qué es un filósofo? Y propone una respuesta “moderna” diferente de la platónica: antes era alguien que se admiraba y, ahora, es “alguien que tiene miedo”. La expresión, dice Blanchot antes de introducirla, es de Georges Bataille. Supongo que leer La experiencia interior después de fatigar a Blanchot es hacer la experiencia de “Kafka y sus precursores”. Al mismo tiempo, Blanchot tiene esa extraordinaria capacidad de desaparecer cada vez que escribe sobre la obra de otro (misteriosa desaparición en la que no cesa de presentarse con una dulce fuerza inquietante). Exactamente lo contrario de Derrida, que cada vez que escribe sobre otro no deja de proyectar su propia sombra. Esta proyección resulta muy atrayente para el aficionado a Derrida, pero a veces puede fatigar un poco, y la dulzura blanchotiana, que vuelve todo resplandeciente cuanto más se disuelve en la oscuridad, jamás lo hace. Lo digo también a propósito del ensayo del argelino sobre Bataille que está en La escritura y la diferencia. Simplificado por mi olvido, Derrida parece incluso achacarle sus defectos de formación filosófica. Es un poco forro: Bataille mismo dice que no escribe para los filósofos, aunque se vea obligado a expresarse con algunos de sus conceptos.

(Mi amigo es el derridiano, claro. Él dice que Bataille y Blanchot no temen contradecirse, mientras que en Derrida no puede encontrarse una sola contradicción. Le gusta mi idea de la “proyección de la propia sombra”. Yo pienso en Aira, pero no digo nada. Lo pienso por eso de no temerle a la contradicción. Inconmensurabilidad de la literatura y la filosofía. Bataille y Blanchot, ¿qué escriben? En el ida y vuelta a Buenos Aires me leí El santo, como corresponde a un acólito. Los protagonistas de las novelas airianas son pura operación soberana, puro gasto, pura inmanencia. Aira debe haberlo sabido y, en esta novela, decidió incluir ¡al erotismo! Le falta la mística, a menos que esté en una novela que yo no haya leído. Dicho sea de paso, Parménides, el chiste airiano sobre la filosofía, es justamente su novela sobre la amistad. El paréntesis se me fue largo, pero este tema se engancha el final de mi texto).

Hugo Santiago recoge el episodio del encuentro entre los dos amigos en su película Maurice Blanchot. Se trata de un momento extraordinario, pero el film, sin perder nunca el hilo de la paradoja que propone como punto de partida (captar en imágenes al escritor que más esfuerzo hizo por desaparecer), deja el episodio en penumbras. O en una brillante opacidad. En ese tramo de la película, Michel Surya plantea preguntas sobre ese verdadero acontecimiento y cuenta que Bataille, mientras escribe La experiencia interior, durante la guerra (se conocen a comienzos de los años cuarenta), le lee fragmentos a Blanchot, lo que provoca charlas y discusiones. En efecto, La experiencia interior alude a esas conversaciones y la palabra oral de Blanchot se cita por escrito.

Imagino una película sobre esa charla interminable. Filmada por Jim Jarmusch.

 

 

 

(Actualización septiembre – octubre 2015/ BazarAmericano)




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ISSN 2314-1646