julio-agosto 2017, AÑO XI, Nº 62

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libros & liebres
Columnas en Nicolau

Descubro, gracias a Facebook, que la colección de la revista Nicolau –jornal de cultura, más bien– está digitalizada en la web de la Biblioteca Pública de Paraná. En realidad, no descubro nada. El posteo en el muro pertenece al poeta y editor Douglas Diegues; en todo caso es él, para mí, el que vio ese increíble material y lo puso en circulación –como habrán hecho otros usuarios– en la red, para que lo veamos todos los que somos “sus amigos”.

A darle likes, entonces. Y entrar al archivo (extraordinario). Para mí, Nicolau siempre fue sinónimo de Wilson Bueno. Está, en mi cabeza, en la órbita de Mar paraguayo. Supe de Nicolau a comienzos de los noventa. Recuerdo una noche en Curitiba. Una esquina, alguien fumaba maconha frente a un bar. A su lado, un joven policía lo dejaba hacer. Había ahí una convivencia circunstancial y sorprendente, y hay que decirlo, de falsa paz. Porque como se sabe, todas las postales mienten.

Volvamos a Nicolau. Leer sus números, entonces, será rearmar a su vez esa excursión por Curitiba y sus zonas de influencia, hacer que aparezcan otros nombres, lugares que ya no recuerdo o de los cuales nunca supe de su existencia. ¿Por cuál entrar? ¿En orden? No tengo esa premeditación académica ni su propulsión a organizar, así que pico en la Nicolau Nº 8, año 1988, lo fundacional que quede para después. Pantallazo de notas que van de la literatura o la política a cuestiones medioambientales: la navegación en superficie acorta, abre diagonales; reconozco y desconozco poemas –Ferreira Gullar, Helena Kolody, la firma de Josely Vianna Baptista–, las caras que nunca vi y los paisajes se acumulan. Ya habrá tiempo para imprimir y leer de otra manera, ¿habrá tiempo?

Me detengo en un artículo escrito por el urbanista Rafael Greca de Macedo sobre una casa en medio de la floresta, hay algo ahí que me interroga desde una construcción exquisitamente codificada en medio de la naturaleza salvaje. Hablo del Palácio do Pinho, la residencia que el dueño de un aserradero, Alberico Xavier de Miranda construyó en el año 1912 en medio de la Floresta Nacional de Irati, en Paraná. Una vivienda familiar –500 metros cuadrados distribuidos en 40 espacios– que destaca por estar casi íntegramente hecha de madera encastrada, al modo de las mansiones angloamericanas del siglo XIX, con unos interiores increíbles donde el imprevisto art nouveau y las figuraciones propias del art dèco compiten con los frescos de inspiración neoclásica. Alucinante.   

La hacienda donde se ubica el caserón de tres pisos –levantada por obreros alemanes y brasileros– pertenece al Instituto Agronómico de Paraná. En internet, las fotografías más nuevas muestran el deterioro natural y la falta de conservación. Hay fotos viejas que la exhiben con un optimismo hoy inexistente. Pasó más de un cuarto de siglo de aquel artículo publicado en Nicolau y de la decisión gubernamental de que el inmueble pase a la órbita estatal bajo el rótulo de patrimonio histórico. Hoy espera una restauración completa y muy costosa.

En el artículo hay una descripción minuciosa del caserón –decirle palacio es mantener una palabra con la que tal vez se lo ha nombrado en otras épocas–, se lo asocia con Curitiba –que para mí es sinónimo de Wilson– y se habla de la necesidad de declararlo patrimonio cultural, propuesta que se materializó pocos años después a la publicación de ese número de Nicolau.

Y una foto con un detalle de las columnas, en cuyo pie se lee: “Na varanda, os capitéis coríntios da colunata; um toque de clássico junto à paisagem de araucárias”. Miro, vuelvo a mirar. Otro golpe de ojo. Eso no es corintio, pienso. Es jónico. La rapidez viene a cuento de habérmelas confundido tanto tiempo en un reverbero escolarizado –¡dórico, jónico, corintio!, golpes de dedo incluidos– como un mantra disociado de cualquier materialidad. El “pórtico solene” de las columnas también es mencionado en el cuerpo del artículo: “no terraço da casa grande, os pinhais emoldurados por robustas colunas de capitéis coríntios…”; en fin, no es tan importante el error, acaso involuntario (¡no soy un purista!): el artículo de Greca de Macedo es muy bueno, insiste en iniciar en la región de Irati, más allá de la tinta legal, una política de valorización de la identidad y de la cultura.

Lo corintio del asunto también se contradice en el libro Espirais do Tempo, publicado por la Secretaría de Cultura de Paraná en 2006 –donde nuestro palacio se pierde en un sinnúmero de edificios “tombados”, puestos en custodia por su valor cultural–; allí se dice que “é significativo também o classicismo que impregna a arquitetura através do rigor simétrico da composição, o emprego de colunas jônicas no imponente pórtico principal”.

En fin, las columnas no son corintias. Son jónicas (bien para mí). El que proyectó el palacio a pedido de Alberico se valió de las increíbles maderas circundantes pero tomó la decisión de eximir el estilo corintio de los capiteles. Jónico, entonces. Fuera las hojas de acanto. Y acá escribo lo que le dio origen y razón a esta columna: la disposición de capiteles corintios en Irati sería un insulto a la floresta.

Y con la floresta, como bien sabemos, no se juega.

 

(Actualización noviembre 2014 - febrero 2015/ BazarAmericano)

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646