marzo-abril 2017, AÑO XI, Nº 60

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Mis encuentros con René Char, 2

Writers se llama un libro con cincuenta retratos de escritores hechos por fotógrafos de la Agencia Magnum. Lo tengo desde hace bastante. Recuerdo que en la librería me dio vergüenza mostrárselo a la chica con la que estaba, y que a ella le dio vergüenza que yo cediera a la tentación y me lo comprara. ¡Fotos de escritores!, me dijo. (¡Fotos de fotógrafos! ¡¡Fotos de obreros!! ¡¡¡Fotos de internautas!!!, se me ocurre ahora). La vergüenza era similar a la que yo sentía cuando veía fotos de escritores en casas de escritores. Vergüenza no por ellos sino por mí, claro, porque ellos sí eran escritores, y tenían derecho. En realidad, la vergüenza de ser algo es retórica pura, orgullo encubierto; la verdadera vergüenza es desear serlo.

Cuando le mostré el libro al novio de una hermana de mi amiga, me dijo que las fotos eran malísimas. Todas se apoyaban en la idea de que lo que rodeaba al escritor era el predicado que definía las características de su obra. Detrás de Philip Roth, sentado en medias blancas en un sillón giratorio de cuero, sobre una alfombra bien mullida, había una mesa con su máquina de escribir eléctrica, y una cama de una sola plaza, por ejemplo.

Creo que lo que le molestaba al novio de la hermana de mi amiga era la existencia de los predicados: la posibilidad de unir un sujeto con un predicado. Más de una vez, medio en chiste, me había dicho que yo era un autoritario.

Entre las fotos que ahora nunca me habían llamado la atención, hay una de René Char. Me gustaría reproducirla; el hallazgo de esta imagen constituye el primero de mis Encuentros con el poeta. Char está sentado casi contra la pared. Detrás suyo hay una radiador, un cuadro que no se puede ver por los reflejos de la luz, unas cortinas oscuras, largas, que parecen un telón, y una puerta abierta. Char tiene el brazo derecho extendido, agarrado a un parante cuya función se me escapa; con la mano izquierda se sostiene el rostro. Mi descripción no es muy precisa.
Ahora comprendo que son el rostro y la ropa de Char lo que me interesa. Es la ropa de los escritores lo que me interesa de Writers. Las botitas de gamuza de Genet, el saco a cuadros claros de Choukri, la remera blanca de Le Clezio, el moño de hilo de Simenon, la camiseta a rayas de Steinbeck; finalmente: los pies desnudos de Francoise Sagan.

(¿Y esa foto de Aira leyendo, “en París”, atravesado en una bañadera vacía, con un buzo deportivo a rayas? ¿Qué es lo que hace que una imagen permanezca en nuestra memoria?)
La ropa informal de Char no me dice nada sobre su poesía. ¿O sí? En todo caso, por su vestimenta, lo que escribe no debería tener demasiado que ver con lo que escriben Mauriac, Cohen, Aragon o Gide, pero sí algo que ver con lo de Camus y Breton. Después está Claudel, al final de todo, retratado por Cartier Bresson, en 1951.

¿Y si fuese con él con quien estoy encontrándome, a través de Char? ¿Mis encuentros con Paul Claudel, a través de mis encuentros con René Char? ¿Y por qué no voy y los leo directamente? ¿Por qué no saco mis propias conclusiones?

Ahora vengo pensando que nos gustan relativamente más las cosas que conocemos desde hace tiempo. No sé si tiene que ver con una cuestión de cantidad y probabilidades, con una cuestión estructural, de cómo se ha ido organizando lo que incorporamos, o con cierta tendencia a la consolidación.

Por ejemplo: como muchos de los “jóvenes” de mi generación, estoy formado en la lectura de la poesía norteamericana. Sin embargo, no hay vez en que con mis amigos hablemos de poesía francesa en que no salga a ponderar la antología de poesía francesa contemporánea que hizo Jorge Fondebrider. Ahí están Denis Roche (el de La poesía es inadmisible), Jacques Robaud (el del libro de los poemas sobre las calles de París) y... y... Bueno, sí: a lo mejor mis amigos tienen razón. Dos buenos poetas “nuevos” en semejante libraco. De los franceses contemporáneos rescato más la actitud que los resultados, de cualquier forma. Los yanquis, en cambio, están el perfeccionamiento de los resultados, porque casi todos tienen la misma actitud.
Ya sé, feroces internautas, “perritos de ceniza”: ¿a quién le importa lo que a mí me gusta? No a ustedes, claro. Bien duro deben tener el culo de estar descubriendo cosas por Internet. Y disculpen mi atrevimiento. Solamente decía esto porque hace unos meses estuve leyendo un libro de Pierre Jean Jouve. Pero les evito el comentario.

No hay foto de Pierre Jean Jouve en Writers. Tampoco está en la antología surrealista de Aldo Pellegrini, en la que sí figura Char. “Pertenece a la segunda generación del surrealismo, que se inicia en 1929 con la crisis provocada por el segundo manifiesto de Breton. Se separa del movimiento en 1934. De la experiencia en la lucha clandestina del maquis surgieron las Páginas de Hypnos. Su estrella creció rápidamente en los últimos años, elogiado por la crítica oficial, que ve en él a uno de los poetas máximos de Francia”. Uf. Hay bibliografía hasta 1975, y cuatro poemas reproducidos. Busco su nombre en el índice. No lo había marcado: no me había gustado.

Como siempre, releo la primera estrofa del primer poema de Duprey: “Los estuches de las lombrices en tierra/ son serpientes que se cristalizan/ y para cambiar el mar en aire/ adquieren el color de la Transparencia y pican”. “Poeta, pintor, escultor”, enfrente del poema está su foto. De pie en la amplia bohardilla en la que trabaja, debajo de la luz intensa que ingresa por el techo, al lado de una mesa con esculturas, despeinado, con una camisa de vestir clara, de mangas largas y un pantalón pinzado, sin cinturón, cruzándose el estómago con un gesto extraño del brazo izquierdo… Como si recién se hubiese despertado, fuma, y parece feliz.
Jean-Pierre Duprey se suicidó en París en 1959, antes de cumplir los treinta. Roberto Piva lo definió en dos versos: “Tallado en la parte/más dura del viento”.
Lo propio y las conclusiones no me interesan.

 

 

(Actualización junio-julio 2010/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646