marzo-abril 2017, AÑO XI, Nº 60

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El vino del mediodía
Las dos lapiceras

El 20 de setiembre de 1918 Katherine Mansfield escribe en su diario: “Espero que esta lapicera funcione. Sí.” La frase es despampanante, la vedette de las frases de un diario. ¿En qué exacto momento Mansfield comprueba que la lapicera funciona? ¿Trazando ya qué letra? ¿Cuándo? Antes, mucho antes, una galaxia antes de terminar su frase, de tal modo que la constatación le ha impuesto a su escritura el injusto designio del puro presente, lo ha ampliado hasta el paroxismo pero para ponderar su instantaneidad (“Si uno no se relaja y le dice al instante, a este mismo instante: quédate ¡eres tan hermoso!, entonces, ¿de qué habrá servido todo a la hora de la muerte? No: quédate, instante”, anota Virginia Woolf el sábado 31 de diciembre de 1932). Así, aun una diarista de lucidez tan radical como Mansfield no puede dejar de escribir su sospecha de que la lapicera funcione con una lapicera que sí funciona, que ya funciona; está atrapada en la duración que va de la duda a la certeza y, en consecuencia, está completamente afuera del ínfimo intervalo en que esa duración se resuelve. Fuera de sí, fatídica y diacrónica, Mansfield ya tiene, sin quererlo, porque la dualidad la enferma tanto como la tuberculosis, dos lapiceras, dos lapiceras que cargar, los dos tiempos de esas dos lapiceras y ninguna, quiero decir, absolutamente ninguna coincidencia. “Lunes. La sincronización. Eso es lo peor. Sincronizar el trabajo de escribir con lo escrito... Las palabras con el significado, el sentido con el sentido. Vérselas con el tiempo, con el sólo tiempo del que está hecha nuestra vida, es pavoroso. ¡Pero dos tiempos! Eso supera toda incomodidad imaginable.” (César Aira, Diario de la hepatitis).

El tiempo de Mansfield se divide con el de las dos lapiceras (“Oh, Dios, sigo dividida”, y, también, “Otra prueba de mi naturaleza escindida. Todo está desunido”); hasta tal punto que, como paradigma del género, su diario parece contar la historia de ese quebranto y de esa clonación. Porque en los lindes de la escritura íntima (“lo realmente privado”, es la fórmula de Mansfield) se trata menos de construir o siquiera ordenar una vida como sucede en los relatos memorialistas o aun en la novela, que de experimentar y anotar diariamente el azar de sus divergencias y sus secuelas disolventes. “Yo soy la desintegración”, escribe la pintora Frida Kahlo en su diario de ilustraciones, expandiendo el imperialismo endémico del predicado hacia el sujeto; y Mansfield: “Domingo. [Diciembre, 1915]. Las cuatro y diez. Estoy segura de que este domingo es el peor de toda mi vida. He tocado fondo. Hasta mi corazón ya no late. (...) Mi reloj suena alto, con fuerza sobre la mesa de noche, como si estuviese repleto de una vida diminuta, mientras yo me desvanezco... muero.” El “muero” patético de la diarista carga la misma precipitación de tiempo que su lapicera, y la misma discordancia. A menos que Mansfield se considere un “caso” (y por qué no, si todo diarista se considera un “caso”), un doble femenino del señor Valdemar, la eventualidad de decir “muero”, su coincidencia vital con la muerte, es tan quimérica como la de la lapicera que escribe con la lapicera que quizá no. En ese trance que Mansfield, paradigmática, señala y padece, los diaristas, como verdaderos valdemares, dirimen su ejercicio y las secuelas de un destino instantáneo.

Se trata de un trance íntimo y ruinoso que, sin embargo, con crucial paradoja, se sostiene en una sólida prevención de anterioridad. Hay en el diarista una superstición petulante de linaje romántico: antes de todo (y sobre todo), antes del tiempo y del espacio o de cualquier otra coordenada imposible, antes del diario y de lo que se va a escribir, está el yo, y un yo en “fase de expresión”, es decir, una conciencia que percibe, recuerda, siente; fecha y anota. Esa conciencia activa, que en su sondeo personal del mundo se vuelve sobre sí misma en escisiones y pliegues prodigiosos, es requisito indefectible: en el diario, en la extensión narcisista del género, puede muy bien no haber mundo pero no puede no haber yo. Y aún, y forzosamente, como instancia a impugnar en el presente, porque esa anterioridad básica es la que se juega en la escritura íntima, la que juega su mismísima existencia ahora —y, además, en el sentido perentorio en que se dice “me juego la vida”—.

“[París] 21 de diciembre de 1960. Anoche tomé agua hasta las tres de la madrugada. Estaba un poco ebria y lloraba. Me pedía agua a mí como si yo fuera mi madre. Yo me daba de beber con asco.” La entrada del diario de Alejandra Pizarnik que calca ritmo y dimensión de sus poemas, repite, también, uno de sus asuntos formales predilectos: la distorsión del yo conectada al malditismo romántico en su versión “personaje alejandrino”. A diferencia de otros escritores que, en tren de espontaneidad, descargan en el diario las presiones estilísticas de la tarea literaria para sufrir otras, mucho peores, por ejemplo, las de la espontaneidad, el ámbito vivencial, en la entrada de Pizarnik, no se diferencia del poético y, centralmente, porque en sus términos, categóricos y monotemáticos, no existe ninguna diferencia entre ellos: la vida está bajo el exclusivo régimen de la poesía, y no hay afuera de ese vínculo dominante. La poesía, entonces, va por sus fueros, impone la condensación como procedimiento nuclear antagónico a la distribución narrativa y define tiempo, vida y sintaxis bajo las cláusulas del instante; es decir refractarias al prorrateo, las transiciones, las líneas de avance y continuidad constitutivas de cualquier relato. “Tal vez el mito del poeta que sufre —escribe la poeta en una carta a León Ostrov — cuyos ‘únicos instrumentos son la humillación y la angustia’ viene de esta imposibilidad de hallar un ritmo de creación, una continuidad, un hacer día a día”. (Pizarnik asienta en su diario algunos propósitos novelescos, pero cuesta imaginar una novela de quien, surrealista aquí, confiesa no poder escribir jamás la frase “Fuimos a tomar café con leche”, una modulación argentina de “La marquesa salió a las cinco” que André Breton rescata de Paul Valéry). Muchas de sus entradas al diario, a semejanza de sus poemas, responden celosamente a esa actitud neta, se regodean en ella, vuelven una y otra vez a los asuntos literario-vivenciales que la asaltan, no más de dos o tres que, incluso, pueden resumirse en uno, axiomático, propio de cualquier diarista que se enfrenta al presente y a la intimidad bajo la hegemonía de la fecha de hoy: “No comprendo el lenguaje y es lo único que tengo”.

 

 

(Actualización julio – agosto 2014/ BazarAmericano)

 

 




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ISSN 2314-1646