septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Un cuervo en el Vaticano

La noticia recorrió los medios del planeta (¿hay otros?): a fines de enero de este año, una niña y un niño de la Acción Católica de Roma liberaron, en el marco de la Caravana de la paz, dos palomas desde un balcón del Vaticano.

Este “gesto simbólico por la paz” fue puesto en peligro cuando otras aves atacaron a las palomas, entre ellas un cuervo. El hecho fue retratado por “fieles y fotógrafos presentes en la plaza San Pedro”.

Revisemos la nota periodística: “Ante la vista de miles de personas reunidas en la plaza de San Pedro, una gaviota y un cuervo negro grande se abalanzaron contra las palomas apenas fueron liberadas desde una ventana del Palacio Apostólico”.

Cuervo y gaviota, gaviota y cuervo.

¡A lo Hitchcock!

Sabemos que el corvus corax “picoteó repetidamente” a una de las palomas y que “se  desconoce la suerte final” de las aves soltadas desde el Vaticano. El reportero detalló que “incluso Francisco los ayudó [a los niños], en particular incitándolos a dirigirlas hacia lo bajo”.

La escena tiene su antecedente en un cuento de Dino Buzzati, “Un cuervo en el Vaticano”, publicado en el año 1955 y traducido por J. R. Wilcock el mismo año. En él, el doctor laico en teología, Antonio Huber, se entrega al pecado como el lechón a una pileta de barro: mujeres alegres, malignidad, envidia, vanidad, amor con desenfreno, y claro, “el gusto por las desdichas de los demás”.

Camino a Roma –“un peregrino en automóvil” – confía en que la indulgencia vaticana valdrá más que cualquier otra. Todavía en la carretera, los efectos de la resaca –¡esas mujeres, por Dios!– se acumulan. El cigarrillo cae de los dedos y el deseo de una siesta perentoria hace mancuerna con “los trémulos espejismos del asfalto”. El sueño funde a negro y el torbellino que lo saca de la siesta es negro también; cuervos, cientos de ellos.

El doctor en teología, transformado en cuervo –disculpen que les cuente esta escena del relato de Buzzati– entiende lo que pasa: “los cuervos eran diablos, mensajeros del Malvado apostados alrededor de Roma para cazar almas”. Y encuentra una solución, bañarse en agua bendita del Vaticano para romper el hechizo.

Recién en otoño divisa la cúpula de San Pedro. En el Vaticano, toca con su pico las ventanas de “las cien mil habitaciones”, pero los eclesiásticos están advertidos y no le abren.  Tendrá que ser el Santo Padre el que ofrezca una solución. El final no se los cuento, aunque pueden adivinarlo; hay un aire de fábula moral canonizante –la palabra viene como anillo al dedo–, dato que está de más para los que leyeron a Buzzati.

En el cuervo que atacó las palomas hay un Antonio Huber que busca la salvación por cuenta propia. De la boca de alguno, en la plaza, habrán salido estas palabras salidas del Ritual Romano de 1614, hechas para conjurar: “Ergo draco, maledicte et omnis legio diabolica, adjuramus te per Deum” (las mismas que pronuncia un eclesiástico en el relato de Buzzati).

 

Pero el Papa, como advirtió alguien en Facebook, es “cuervo”.

Y “santo”. Un santo de Boedo.

 

 

(Actualización julio – agosto 2014/ BazarAmericano)

 




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ISSN 2314-1646