julio-agosto 2017, AÑO XI, Nº 62

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Olor a escuela
Palitos chinos*

Unos días después de mi cumpleaños, en julio de 2001, nos encontramos con Maite en un café que está ubicado en diagonal al Congreso de la Nación en la esquina de Hipólito Irigoyen y Entre Ríos.

En ese encuentro Maite me regaló una caja de madera que contenía el juego de los palitos chinos: treinta palitos y una argolla cuya función es la de ordenar los palitos para luego desordenarlos en el momento en que la levantamos en el aire: los palitos quedan dispersos, la mayoría superpuestos, pocos quedan sin tocarse entre sí, por más que uno levante la argolla de manera subrepticia, rápida y lo más elevada posible.

Desde el desorden de los palitos dispersos accederemos a un nuevo orden que es el que traman los jugadores enfrentados que van desplazando cada uno a su turno los palitos hacia la periferia del agrupamiento de palitos solapados y sin que se produzca ningún movimiento producto de la torpeza o de la brusquedad.

Dentro de la caja hay además un instructivo en el que se indica, entre otras cosas, el puntaje que cada jugador obtiene cuando se hace poseedor de cada palito, según su color. Los verdes valen 5, los amarillos 10, el azul 15, el rojo 20 y por el único palito negro, el jugador obtiene generosos 40 puntos.

En general, regalamos lo que nos gusta: Maite poseía una colección de juegos, nos recuerda Yaki Setton en el Prólogo del libro que hoy presentamos. El juego de los palitos chinos que atesoro es ahora el talismán, ofrecido por Maite, que me guía para poder referirme a un particular modo de incidir que Maite desplegaba en todos los que tuvimos el privilegio de trabajar con ella.

Recuerdo haber descubierto en el año 1986 en los estantes de una librería de Mar del Plata, mi ciudad natal, el mítico libro del Grupo GRAFEIN publicado en la editorial Altalena de España. Ese despliegue de consignas rigurosamente formuladas pero que en su particular lógica permitían un enunciado del tipo “Escribir un texto dorado en sus puntas” me conmovió de manera particular; también me sorprendió el deslumbrante apartado escrito por María del Carmen Rodríguez donde se presentaba “la teoría” de GRAFEIN que entre Tel quel y Derrida, era casi coincidente con la teoría literaria que los de mi generación habíamos aprendido con una década de demora, dictadura mediante, en las aulas de la maternidad de Marcelo T. de Alvear, sede de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA en la vuelta de la democracia. GRAFEIN, una red de grupos de escritura, tuvo la ocasión de hacer uso de esa teoría una década antes en el interregno posible de los 70. En ese libro que marcó para siempre mis concepciones y mis desafíos acerca de la enseñanza, tuve noticia por primera vez del nombre de Maite Alvarado. Y si las cuentas no me fallan, Maite que había nacido a fines de 1953, en los tiempos de GRAFEIN tenía apenas veinte años. Parece que en esa época, en esa generación, todos hacían las cosas siendo muy jóvenes.

Decía que en la librería marplatense descubrí el libro de GRAFEIN. De nuevo en Buenos Aires, un año más tarde, 1987, un antiguo compañero de la facultad que estaba a cargo de la secretaría de la recién creada carrera de Comunicación de la UBA leyó en mi curriculum que yo había dictado un Taller de escritura en la escuela técnica “Comandante Luis Piedrabuena” del puerto de Mar del Plata (junto con Ana Porrúa), a la sazón mi primera experiencia como profesor. Ahí había aplicado a rajatabla, sin animarme a transgredir una línea, aquellas consignas fulgurantes que tanto me entusiasmaban y que entusiasmaron a esos chicos del puerto. La presencia de esa línea en mi curriculum, casi la única, además de la referida al título obtenido, fue la que decidió a mi viejo compañero a pasarme los teléfonos de Gloria Pampillo y de Maite Alvarado.

Mi relato es un relato provinciano. Decidí llamar a Maite porque de las dos era la más joven: un sentimiento de zozobra me atravesaba: ¿cómo encararía esa conversación? ¿cómo me presentaría? ¿qué estaba esperando que Maite me dijera? Mi ex compañero me había dado el teléfono de Maite Alvarado, una las coautoras del libro de GRAFEIN, esa llamada era muy importante. En épocas de departamentos alquilados y de pocos teléfonos, llamé al 951 del barrio de Once desde un teléfono público de una esquina ruidosa y en esa primera llamada fui invitado por Maite para conversar sobre lo que me interesaba: la enseñanza de la lengua y de la literatura. El azar de unos pocos datos y situaciones que se enhebran y marcan destinos tiene algo de esa lógica del juego que deslumbraba a Maite y la inmediatez de su invitación reconoce algo de la apuesta lúdica: ella creyó que era valioso encontrarnos y sé sobradamente que lo fue. Maite abrió el juego; es decir, confió. Y sabemos que es muy importante lo que nos pasa cuando confían en nosotros.

Todos los que hemos trabajado con Maite, muchos de los que hoy estamos en esta sala, sabemos que el encuentro que cada uno tuvo con ella marcó para siempre nuestros recorridos. Maite era una esclarecedora maestra sin proponérselo; y su magisterio surgía de su entusiasmo visible, de la originalidad de sus intereses, de sus modos particulares de posicionarse dentro del mundo académico, del mundo docente y del mundo editorial. Una maestra fuera del molde de las mezquindades y las especulaciones que suelen caracterizar ciertas formas de recorrer algunos espacios institucionales que tienen algunos y algunas. Si la obra de Maite puede definirse como una original pedagogía de la cultura escrita, la construcción de esta pedagogía encarna en lo que yo llamaría “una ética de las relaciones” que era el modo en que Maite tramaba la tarea con cada uno de los que trabajábamos con ella. Dice Todorov en La vida en común que “no hay plenitud fuera de la relación con los otros; el reconfortamiento, el reconocimiento, la cooperación, la imitación, la competencia, la comunión con el otro pueden ser vividos en la felicidad”. La felicidad de la tarea compartida, el ejercicio de su magisterio espontáneo generaba un respeto y un reconocimiento inolvidable hasta hoy; ella nos colocó para siempre en el espacio de la inquietud y la pregunta, en ese lugar donde la invitación al juego del conocimiento y a la invención prevalece. A todos, a los que estamos felices por la aparición de este libro que hoy presentamos.

Así fue su relación con el conocimiento y con la academia: desde siempre fue generadora o participó de proyectos que vinieron a configurar una agenda heterodoxa respecto de aquella que la academia reconocía en el lugar central. De este modo, el taller de escritura convertido en cátedra universitaria, espacio creado junto a Gloria en la Carrera de Comunicación de la UBA, sus recorridos de investigación en la historia de la enseñanza de la escritura, su intervención crítica y teórica referida a ese objeto inconcebible para la academia que es la literatura infantil, sus circuitos de publicación como el entrañable proyecto “Libros del Quirquincho”, llevado adelante por la brillante editora, traductora y escritora Graciela Montes, marcaron –dentro de un clima de época– el recorrido futuro de toda una constelación de compañeros preocupados por la lectura, la escritura, la literatura, la enseñanza y la edición.

Ese modo de producir enseñanza en la universidad, el del taller de escritura, me había llamado la atención y lo que más me sorprendía era que los estudiantes de la carrera de Letras, muchos de ellos futuros profesores, no tuvieran oportunidad de transitar esa experiencia. Fui muy insistente para que Maite aceptara retomar en un seminario de grado aquella experiencia de extensión universitaria que había llevado adelante con Gloria Pampillo entre 1984 y 1990. Su aceptación vino acompañada con la exigencia de que yo también participara en el dictado del taller. Fue así que en 1991 o 1992 se inscribieron en el taller que estaba dedicado al género poesía, unos cien alumnos, cincuenta de los cuales estaban ahí porque querían escribir en la carrera de Letras y otros cincuenta porque sabían que iban a ser profesores que les enseñarían a escribir a otros: dos públicos aparentemente irreconciliables. Ahí tuve el privilegio de ver en acción el modo en que opera una forma de trabajo con el saber particularísima, que es la que desarrollan los coordinadores de talleres de escritura, esta vez, en la cátedra universitaria. Dada la consigna, en este caso consignas cuyo resultado sería un texto breve, un poema, se producía una puesta en común que consistía en la lectura oral de los textos recién producidos y el comentario del coordinador del taller acerca de cada uno de ellos. Ahí tuve el privilegio, como mero colaborador, de ver a Maite en esa compleja y sutil intervención que es la que realiza un coordinador de taller: primero la escucha atenta del texto del otro que es leído oralmente, la tarea de construir una representación del proyecto de escritura que se juega en cada texto, el de iniciar el comentario siempre –como regla– destacando algún aspecto positivo, y luego intervenir para producir una reescritura del texto, que a su vez, este comentario sea interesante de ser escuchado por los otros participantes del taller y así sucesivamente en relación con cada uno de los textos.

Aquella experiencia ocurrida en la sede de la calle Puán no volvió a repetirse, pero puso en escena una importante desmentida a ciertos enunciados que mucho preocupaban a Maite como graduada de la carrera de Letras y de los que habla en uno de los artículos recuperados en este libro: “Ni que hablar de la escritura literaria. ‘No es el lugar’ suele ser el argumento para desalentar a los novatos que esperan de la carrera de Letras alguna formación escrituraria. Ingenuamente, algunos se preguntan cuál es entonces ese lugar. La respuesta flota en el ambiente: el lugar no existe, a escribir no se aprende”. 

 

Cualquier lugar era un lugar posible para que el entusiasmo de Maite dejara su marca. Su entrada como coordinadora del área de Lengua en el Ministerio de Educación de la Nación en el año 2000 provocó un giro copernicano en los modos de gestionar y de producir dentro del espacio de la gestión educativa. También en los paradigmas teóricos y metodológicos a partir de los cuales tramar una didáctica de la lengua y la literatura. Y aunque Maite a veces se sintiera desbordada por los avatares de las lógicas de negociación eminentemente política que se juegan en esos espacios, sus intervenciones fueron contundentes: el material didáctico complejo llamado Trengania, realizado junto con algunas colegas del Ministerio, puso en evidencia que el espacio de la gestión puede ser positivamente afectado por la lógica de la creatividad. Láminas, grandes y pequeñas, al uso de las tradicionales láminas escolares, tarjetas, juegos de ensamblajes de cabezas y cuerpos de distintos animales (un anticipo del Animalario del Dr. Revillod que publicó años después el Fondo de Cultura Económica), un cd con audio que incluía variaciones lingüísticas regionales y cuadernillos por ciclos eran los componentes de un recurso que llevó al terreno de la producción editorial estatal la inventiva de una línea de trabajo con el lenguaje que ya venía probando su potencia en las sucesivas ediciones de la saga de los tres Lecturones (pequeño, I y II) y de El nuevo escriturón, éste último adaptado y reproducido por 175.000 ejemplares por la Secretaría de Educación Pública de México. De esos tiempos ministeriales, cuando ese recurso complejo era todavía un proyecto imaginábamos con Maite la posibilidad de que Trengania incluyera un reloj de arena. Por aquello postulado por GRAFEIN de que toda buena consigna tiene algo de valla y algo de trampolín, el tiempo medido con el reloj de arena sería férrea valla en los procesos de escritura de los miles de chicos y chicas destinatarios de Trengania. La escala de 15.000 ejemplares previstos para esa producción nos puso en la perplejidad de imaginarnos ese encargo desmesurado a un fabricante: ¿Quién produciría en el país 15.000 relojes de arena para el Ministerio de Educación?  Era fascinante la sola idea de mandar a producir esos relojes en el fuego cruzado de la sutileza de la invención artesanal y la exigencia de gran escala de las políticas públicas.

 

Maite nos dejó a todos trabajando, a quienes se hicieron cargo de su cátedra, a quienes continúan su labor en el área de lengua del Ministerio (me falta el dato de cuántas veces Trengania fue reimpreso en las gestiones de estos últimos años), a quienes pueden retomar esa línea productiva que comenzaba a ser el desarrollo de su tesis doctoral sobre la enseñanza de la escritura en la escuela primaria argentina, a quienes venimos ocupándonos de que su obra siga presente –volviendo a diseñar e ilustrar en algunos casos, a compilar y a prologar como es el caso de este libro que presentamos–. Porque se trata de seguir leyendo a Maite e de invitar a que sea leída por nuevas generaciones de maestros y profesores, en formación, en actividad, que son los que hoy siguen siendo interpelados por sus propuestas, por su palabra, por su mirada. Esa mirada, la de una niña que parecía estar invitando todo el tiempo a las otras niñas y también a los varones a jugar. Una niña antigua, como yo a veces le decía a Maite, la niña de su propia experiencia de lectura infantil, una niña que, por fin y pese a mi ironía, parecía ser una niña de todos los tiempos. Toda una pedagogía del lenguaje que desde lo lúdico (y desde lo humorístico por añadidura) ejerce un poder de seducción poco habitual en el discurso escolar, en los modos de formular las tareas, en las maneras de decir el conocimiento. “Los chicos se adelantan a resolver las consignas”, “hacen más consignas de las que les pedimos” me han dicho muchas veces, en muchos lugares del país, maestros y maestras refiriéndose al uso de los Lecturones y de El nuevo escriturón en las aulas.

“Escritura e invención en la escuela”, el título de uno de los artículos pilares de la producción de Maite no podría ser reemplazado por otro mejor a la hora de recuperarlo como título para este libro, Yaki. Ese artículo constituye un hallazgo en la insistente búsqueda de Maite para encontrar esa gramática de la invención, esa argolla que alinee a los palitos chinos para luego poder dispersarlos y por fin reordenarlos otra vez.

“Escritura”, “invención”, “escuela”, un trío de palabras que sintetizan lo mejor de la jugada maestra de Maite Alvarado. Gracias al Fondo de Cultura Económica y a su maravillosa “Colección amarilla”, gracias amigo Yaki por esta tarea. Gracias Maite.

 

 

*Este texto  fue leído en la presentación de Escritura e invención en la escuela, de Maite Alvarado, el domingo 27 de abril de 2014.

 

 

(Actualización mayo – junio 2014/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646